Publicado en El Mono Revista Cultural, Feminismo

Gatombres

Artículo publicado en el Número 66 "Especial MAIU" de Revista El Mono

Y aquí tocaría hablar, por supuesto, del mito de la solterona frente al del soltero de oro. De lo negativa que es considerada la soltería en una mujer y lo positiva en un hombre. Pero creo que ya se ha escrito demasiado sobre ello, sabemos ya que las mujeres heteras no casadas (viudas, solteras o divorciadas) alargan su esperanza de vida, mientras que en el caso de los hombres heteros lo hacen los casados o en pareja. (Aún no hay estudios en el caso de parejas homosexuales, estoy deseandito que investiguen)

¡Ay!, que emparejarse con un hombre siendo mujer es un factor de riesgo. Algo que no ocurre con los gatos. Que también estresan, ¿eh? Por ejemplo, al igual que muchos (#notall) hombres, se mean fuera y dejan el lavabo lleno de pelos. Y luego no lo limpian. Por lo menos no dicen eso de “es que no me lo has pedido” o “tengo prisa, tengo una reunión”, no limpian, pero tampoco se te ríen a la cara.

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Viñeta del cómic de Emma Clit. Traducido por eldiario.es

Los gatos son bastante independientes y pueden vivir perfectamente sin tu ayuda, pero es más cómodo si les das de comer, les das amor y les riñes cuando entran en algún tipo de conducta autodestructiva. Vamos, como si te toca un novio un pelín yonki, que para salir y currar se apaña solito pero para superar crisis existenciales resulta que no. Pues los gatos igual, a su bola todo el día y luego a la noche, ahí, con el ronroneo. Que por lo visto no saben ronronearse solitos. Pero les perdonamos porque en invierno te dan mucho calorcico, también un poco como nuestros amantes, que según una amiga los mejores son “calentitos y suaves” y es que Mordor, es Mordor, y follar no sé, pero ganas de calorcico, muchas.

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Se suele acusar a los gatos (y gatas, que hoy me estoy pasando todo lo inclusivo por el lomo) de ser muy interesados. Yo he comprobado que no, que me quieren igual aunque se me olvide darles comida. No como algunos (#notall) tíos, que si no les contestas en 2 minutos en el Tinder te riñen (por que ligar presionando siempre ha funcionado, ¿no?).

Lo que no hacen los gatos es mentir. No te dicen “es que paso una mala época” cuando lo que quieren decir es “mira, paso”. No, las gatas (y los (#notall) gatos) te miran a lo lejos con indiferencia, te dan la espalda y se largan a su rincón del sofá, el que un día fue tuyo. Y si quieren algo lo piden, no se hacen ni los mártires, ni los ofendidos, ni los “lobos solitarios”. Maúllan, y rascan, y golpean, y maúllan otra vez. Que aquí adivinas no somos nadie.

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Por suerte también hay muchas personas y hombres agatados, de esas que respetan espacio sin dejar de frotarse contigo, que te observan de lejos hasta que saben cuando acercarse y que te ronronean hasta que te duermes en tus días de resaca. Pero suelen ser un poco callejeras y no siempre les gusta quedarse mucho rato en un mismo sitio. No importa, yo ya tengo tres gatos y se me va la pasta en comida como si tuviera un marido.

Publicado en El Mono Revista Cultural, Feminismo

Pobres mujeres

Artículo publicado en el Número 65 "Especial Pobreza" de Revista El Mono

Hay más mujeres pobres que hombres. ¡Sorpresa! No os esperabais que a las mujeres nos tocara algo chungo en el reparto de cosas como derechos, dinero o chocolatinas. Nosotras, privilegiadas de la humanidad, hemos encontrado una falla en nuestra felicidad, somos más pobres. Bueno, en realidad lo encontraron en los años setenta, que entonces como no había Netflix, ni memes, ni estábamos tan obligadas a tener una vida sexual superactiva para ser guays, pues se estudiaban cosas y se hacían preguntas. Pues eso, en los setenta se dieron cuenta de esto y lo llamaron “feminización de la pobreza”. Que no es ponerle purpurina y pintar coños en una chabola, sino que en proporción (de cantidad y diferencia) las mujeres somos más pobres mires donde mires.

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Si no te apetece rayarte mucho y te quedas en el primer mundo, pues esta eso de que te cobren más por una cuchilla de afeitar de color rosa que por ese pack de 20 de azul oscuro con el que tiras un año entero. Y está lo de la brecha salarial, el techo de cristal y todo eso que una precaria como yo se plantea como muy lejos. Yo es que ahí me imagino a tías como la Merkel o la Botín, que aún no se han leído ni el “Todos deberíamos ser feministas” (¡vaya traducción de título todo feminista ahí!) de Chimamanda Ngozi, con un martillico de estos de los trenes picando cristal y diciendo: “si quieres, puedes”. ¡JA!

Luego te puedes venir por aquí, que ni primer ni segundo mundo ni décimo mundo, estamos un poco ahí, en tierra de nadie entre la sangría y que si cambiamos el horario de invierno. Pues si te vienes aquí y eres tía y te apetece, no sé, tener familia, de esa con personas que envejecen y que nacen, pues ya la has liado. Seguramente te cojas curros de media jornada o de esos en los que los complementos no existen o una excedencia para cuidar. Ya lo de estudiar o montar negocios es para ellos. Eso de estar todo el día con el culo en la silla es de machos. Tú a mover pesos muertos después de currar, delicada princesita.

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Y no quería irme yo tan lejos, que soy vaga y dudo de que usara hasta el teletransporte, pero como nos vayamos al tercer mundo (mira, yo ya lo que quiero es irme a otro universo, ¿alguien me pasa DMT de esa?) pues ya ¿pa’qué? Que si las mujeres ni currar pueden, que para estudiar lo mismo necesitas un salvoconducto y ponerte pantalones y dejar de depilarte el bigote (ojalá pudiéramos hacer eso y que no nos dijeran que somos tíos, pero eso otro día). ¡Ojo!, que hay países donde abortar está prohibido. Bueno, que aborten las tías. Los tíos con largarse ya lo han hecho, y ni consecuencias físicas, ni legales, ni morales, ni ná. Y eso que la vasectomía sí que es legal, libre y gratuita. Pues ná, ellos embarazan, se largan y luego ella ya se quita de comer y de ahorrar porque VIVA LA VIDA, VIVA VICTORIA, AFRODITA.

Publicado en El Mono Revista Cultural, Te cuento mi vida

El mito de la serie perfecta

Artículo publicado en el Número 64 "Especial Crimen Organizado" de Revista El Mono

Mucho se ha hablado ya del amor romántico. Ya sabéis, esa invención para que nosotras nos quedemos quietecitas esperando que la felicidad nos la dé otra persona, mientras ellos se dedican a ser felices y a reflejarse en nuestras miradas de admiración. Y que viste los celos de algo bonito, y la violencia de pasión. Bueno, que eso ya lo sabéis. Pues venía yo pensando, que ahora hemos cambiado el mito del amor romántico por el mito de la serie perfecta. Ya no hablamos de nuestros amoríos como trofeos, ahora los dejamos para el ratito de la despedida en cualquier conversación. Ahora hablamos de series pero con el mismo fervor que antes hacíamos juegos para ver a qué edad nos íbamos a casar, de qué color y cuántas criaturas íbamos a parir.

  • “Pues Netflix va a sacar una de una princesa y que es como Los Simpson pero en plan Hora de Aventuras que es un caramelito.”
  • ¡Me la pido!

 

  • “Tú, tú, tú, ayer toooodaaa la noche dándole a esa. La de la HBO.”
  • ¡Tío, córtate!

 

  • “Me siento vacía, ayer fue el final. ¡El final! Ni una spinoff, ni nada. La directora dice que hasta aquí. ¿Qué voy a hacer?”
  • Tía, no te rayes, hay muchas series en internet.
  • “Ninguna como esta.”

Y así, nos van comiendo la cabeza. Otra vez directas al compromiso. A anularnos. ¿Os acordáis aquellos tiempos de películas sin compromiso? Hora y media, dos a lo sumo, y cada una a su casa. Hasta podías ir al cine a verlas. Era otra sociedad. Una en la que lo importante era lo que te contaban, la sensación que te dejaban, no los cinco últimos minutos de un capítulo que te engancha al siguiente donde no pasa nada hasta los último cinco minutos de un capítulo que te engancha al siguiente donde no pasa nada hasta los último cinco minutos de un capítulo que te engancha al siguiente donde no pasa nada hasta los último cinco minutos de un capítulo que…

PNL

Yo ahora estoy triste. Se ha acabado MI SERIE. Ochentera, con purpurina, cardados, su dosis justa de feminismo, sus risas, sus lágrimas, sus chistes fuera de lugar… Y que no era mejor que el resto que estaba conociendo. Pero fueron dos días. Dos maravillosos días que yo sabía efímeros pero intensos, y que los ha convertido en eternos. No estará a la altura de otras muchas, pero joder, cómo conectábamos. En el plan ese de cuando conoces a alguien que sabes que no va a ninguna parte pero el sexo, bufff, enganche total de ese de “cállate, que me vas a dejar de gustar, y usa la boca para otra cosa”. Pues así con mi serie. Ahora me siento triste, apesadumbrada, con un montón de tiempo libre que ninguna película consigue llenar, con escarceos hacia otras series que me hacen sentir culpable, con tentaciones de volver a verla. Pero ¡no!, seré fuerte, la revolución exige fuerza. Si el amor romántico no pudo conmigo, no podrá la mafia audiovisual que nos quiere aborregadas frente a una pantalla. Me bajo al bar. A ver si cazo algún pokemon. Eso no puede fallar.

Publicado en El Mono Revista Cultural, Te cuento mi vida

Follar en baños (Parte II)

Artículo publicado en el Número 63 "Especial Fobias" de Revista El Mono

Hola de nuevo, higadillos. Continuamos donde lo dejamos en la entrada anterior: FOLLAR EN BAÑOS (Parte I). No he añadido ninguna de vuestras aportaciones porque esto ya estaba escrito y no voy a ponerme ahora a reescribir, que ya hace calorcito (JA, JA, JA, que vivo en Iruña!) y tengo otras manera de perder el tiempo.

La entrada

Contextualicemos, vas a follar en un baño en mitad de la madrugada de un bar petado de la vieja Iruña. ¡Vas a follar! Bueno, en realidad vas a magrearte un poco y suerte, pero eso te lo explico luego. Te has encontrado con tu polvo pendiente, aún podéis articular alguna palabra y coordinar movimientos (si no es así, aborta o te plantearas el aborto en breve), la luna está llena con ascendente en ofiuco y habéis elegido baño. ¡Perfecto! Ahora os toca poneros a la cola, mantener las formas sin que se baje el calentón mientras esperáis y entrar a la vez en el baño sin que os la líen mucho. Sí, hay bares donde esto es más fácil porque hay, digamos, una cierta cultura de entrar al baño en compañía, pero nunca van a ser los más limpios y pocas veces tendrán pestillo. Aún así entrad al baño con seriedad y paso firme, como si fuera el código de etiqueta estipulado.

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El durante

Contemporicemos, vas a follar en un baño en mitad de la madrugada en un bar petado de la vieja Iruña. Muy largo el polvo no va a ser. Mucho no vas a poder gritar. Pocos movimientos y maniobras vas a poder hacer. Así que a lo básico. Si ya os habéis catado, mejor, así vais a tiro hecho a lo que os pone. Si es la oportunidad de vuestra vida, no esperéis cumplir expectativas, tendréis que mejorar vuestra conversación. Me han dicho y he oído por ahí que es aconsejable calentarse con unos bailables de refrotes previos, que luego la concentración se distrae un poco con la gente pegando en la puerta. Lo dicho, a lo básico, no practiques tu nueva técnica de lamida genital, ni esa postura que te dijo tu colega el otro día que leyó en un tratado maya de sexo. En serio. Los trabajos manuales suelen ser muy agradecidos porque puedes mantenerte de pie, sin arrastrar tu ropa por ese “curioso” líquido que inunda el suelo y te permiten mantener cierta estabilidad.

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La salida

Centrémonos, has follado en un baño en mitad de la madrugada en un bar petado de la vieja Iruña. ¡Logro desbloqueado! La gente te odia porque se está meando (o también quieren follar, o vete a saber qué otros vicios raros) y, aunque a ti se te haya hecho corto, no lo ha sido. Así que no les hagáis perder más el tiempo, salid a la vez. Ya han sacado una conclusión entre dos opciones: o no teníais un papel decente que enrollar o estabais follando. Lo dicho: cabeza alta, un poco de disimulo en la sonrisilla y tocaros un poco la nariz por si en la cola están las personas de quienes os ocultáis.

 

Para instrucciones sobre la vida, mejor visiten el blog de Diana Aller.

Publicado en Feminismo

Brecha salarial

En el máster de Formación de Agentes de Igualdad de la UNED  nos tocó analizar la brecha salarial respondiendo a preguntas como: ¿cuáles son los ámbitos laborales donde se aprecia más la brecha salarial en España? y ¿cuáles pueden ser los factores explicativos del paulatino incremento de la brecha salarial en España? Así como los resultados de la primera pregunta apenas me sorprendieron, la segunda pregunta me sorprendió en sí misma ¿tanta igualdad, tantos avances como nos hacen creer y la brecha salarial sigue aumentando? La respuesta no fue sencilla pero sí lógica: la brecha salarial no solo se basa en el salario en un puesto de iguales características.

Puedes leer el artículo completo en mi web: http://www.nereaaguadoalonso.com/brecha_salarial_no_solo_sueldo/

Publicado en Poesía

Llévame a la cama

Destápame
y hazme cosquillas
ahuyenta las arañas
que comienzan a tejer
las penélopes que ocultarán
la pena de Medea.

Devuélveme a mí.

Cierra la caja
sella la cueva
oblígame a enfrentar
la intemperie
y cuida los sueños
que corren a despertarse.

Publicado en El Mono Revista Cultural, Te cuento mi vida

Follar en baños (Parte I)

Artículo publicado en el Número 62 "Especial Aventura" de Revista El Mono

baño portatil abiertoHe recibido varias peticiones para hablar de este tema. Parece ser que es una inquietud común entre la juventud navarra. Sí, el otro día me enteré que en Navarra la ley dice que se es joven de los 16 a los 35 años. ¿Por qué nos quitan el Carnet Joven antes? ¿Son conscientes del trauma que causan? ¿Es necesario el Carnet Joven para follar en un baño? Sólo en las fiestas trap del Txintxarri. Bueno, que a raíz de tanta petición he decidido preguntar a mis amistades. Por que yo, en baños, nunca. De hecho, entre lo poco que meo y lo poco que salgo, pocos baños piso. Pero mis amistades sí y me han dado unos consejos.

El baño

Lo ideal sería que el baño reuniera cuatro cualidades básicas: limpieza, pestillo (que no pestecilla), amplitud y poca concurrencia. Pensad en uno así en Iruña. ¿Lo tenéis? Si lo tenéis escribid ahora mismo un email a revistaelmono@gmail.com, para mis amistades, que me han dicho que buscan. Si no habéis escrito el correo, sabréis que es difícil pensar en uno que reúna no digo ya las cuatro, sino al menos dos de dichas cualidades. Intentad memorizarlo, que luego os va a bailar la memoria. Yo priorizaría pestillo, que así te concentras más y no tienes que utilizar obligatoriamente una postura que implique sujetar la puerta. Pero bueno, si sois muy tiquismiquis, podéis pensar en la limpieza; y si tenéis algo de vergüenza en la poca concurrencia. Aunque si sois alguna de esas dos cosas no sé qué leches vais a hacer follando en un baño. Y la amplitud… Pues yo qué sé, que si os ponéis exigentes mejor ahorrad para un hotel.

La persona

Una vez has follado una vez en el baño de un bar ya sólo repites por dos motivos: o le has cogido vicio y ya puedes dejar de leer y escribir un correo a revistaelmono@gmail.com con tus mejores recomendaciones y consejos, o no te queda. Y si no te queda otra suele ser por la persona que eliges: o ahí hay algún tipo de cuernos por medio (si eres poliamor, de relaciones abiertas o indefinidas, que se lleva más, lo llamarás distinto pero te esconderás igual) o no te vas a ver en otra igual para estar en esa situación con esa persona. También puede ser que seas ese tipo de personas para las que follar es sólo una fase en la noche y no quieras interrumpir tu comida de cuadrilla por un orgasmo en condiciones. Que sepas que ahí estás perdiendo posibilidades de repetición, pero joder, es que comidas de cuadrilla como esta igual te quedan dos.

El momento

El momento depende también de si es algo a escondidas y furtivo, que entonces será cuando podáis y punto, o si es porque no te vas a ver en otra igual, que entonces es ahora y punto. Si follas es un baño es porque no te dan las ganas o las excusas para hacerlo en otro sitio. A no ser que repitas por vicio, que entonces lo vas a hacer en cualquier momento. Si es tu caso, escribe un correo a revistaelmono@gmail.com, podemos ayudarte.

Hasta aquí los bañoconsejos de hoy, corazones. En el próximo número hablaremos de cómo entrar, qué hacer dentro del baño y cómo salir. Podéis ir practicando este mes y mandándonos vuestras impresiones a revistaelmono@gmail.com.

Publicado en Feminismo, Recomiendo libros

Ya sólo quiero leer a mujeres

Hace ya casi tres años que sólo leo libros escritos por mujeres. El primer año os lo conté en este artículo, donde estaba sorprendida de lo fácil que me estaba resultando. Año y medio después de escribirlo, soy mucho más consciente de lo que me ha aportado y estoy mucho más enganchada a ciertas autoras.

¿Qué leía antes de leer a mujeres?

Durante mi época de educación obligatoria, apenas leí libros escritos por mujeres. Ni de ficción ni de no ficción ni poesía. Es decir, durante 15 años, el sistema educativo me vetó a muchas autoras. Podía haber recurrido a ellas por mi cuenta. Y así lo hice, ayudada por mi familia que me regalaba libros de Gioconda Belli, Carmen Martin Gaite, Isabel Allende, Rosalía de Castro, Amelie Nothomb… Pero siempre eran libros que dejar a un lado cuando las exigencias académicas me pedían leer a Jorge Manrique, Luigi Pirandello, Leopoldo Alas “Clarín”, Gabriel García Márquez, Truman Capote, etc. Si alguien me preguntaba por mi escritor favorito (por que nadie usaba el femenino en esta pregunta) mi respuestas iban de Delibes a Tolstoi pasando por Neruda.

Cuando llegué a la universidad la cosa no cambió. Claro, que estudié en una universidad donde la Biblia y las “Confesiones” de San Agustín eran pilares fundamentales en nuestra educación. Pero tampoco conocí a muchas mujeres que escribieran, ni a muchas filósofas, sociólogas, antropólogas o comunicadoras. En aquella época, además, lo que se llevaba fuera del aula era leer a Bukowsky y ver pelis de Tarantino. Si eras mujer y querías molar, lo mejor era parecerte a un hombre o por lo menos leer literatura masculina.

La calidad o el mito de “yo elijo lo que leo”

Luego me instalé en el discurso de “la calidad”. Yo no leía según el sexo, sino que leía lo que me gustaba. Era mentira. En realidad, leía lo que me encontraba en las librerías, lo que me recomendaban mis amistades, lo que anunciaban en la tele o lo que me llamaba la atención en la biblioteca. Hombres, en la mayoría de los casos. Y me gustaba, hay escritores muy buenos. Una vez incluso me leí a  Pérez-Reverte. Y además, leía escritores “de calidad”. También me llevé decepciones. “On the road” y “Madame Bovary” me hicieron sentirme estafada. El primero porque igual lo leí muy vieja, el segundo porque no tenía sentido. No conocía a ninguna mujer que pudiera sentir (o sentir tan poco) como la protagonista. Ese libro clásico no hablaba apenas de cómo vivía ella la opresión, de su deseo, de sus incoherencias internas. Era el personaje principal más plano que había conocido. No entendía aún que es muy difícil para un hombre contar el sentir de una mujer. Además, los escritores no están acostumbrados a escribir desde el punto de vista de una mujer. Apenas tiene modelos de personajes no masculinos reales, sólo los que ellos han creado. Y a eso lo llaman normalidad. Una normalidad impuesta desde la omnipresencia y el imposición masculinas.

Como explica muy bien Laura Freixas en su artículo “`Normalidad’ y género”:

“se reclama una `normalidad’ consistente en hacer como si el sexo no existiera…, mientras se mantiene un statu quo en el que quienes juzgan pertenecen muy mayoritariamente a uno de los dos sexos, y aplican criterios sexuados”.

Y cuando hablamos de juzgar la calidad nos encontramos con que la mayoría de quienes la juzgan son hombres y que ya hay estudios que demuestran que eso influye en la promoción de la literatura escrita por mujeres. Kate Mosse, fundadora del Premio de Ficción para Mujeres, lo explica así para The Guardian:

“Y luego la crítica se convierte en una disciplina. Es una disciplina masculina, y por lo tanto no me sorprende que las mujeres como escritoras pierdan sus posiciones, porque son hombres que escriben sobre escritores masculinos, y comienza  a distanciar a las mujeres. Ves esto en la hisotira y en la música, es igual, y luego, cuando la crítica comienza a ser importante, las contribuciones de las mujeres se infravaloran.”

Así que yo pensaba que leía lo que quería y resultaba que leía lo que me decían que debía leer o, en el mejor de los casos, lo que me dejaban elegir. Aún así, mi autor favorito seguía siendo un Tolstoi machista y maltratadorque sentenciaba a Ana Karenina al sufrimiento por elegir una vida contra la norma social.

¿Por qué leer sólo mujeres?

En mi caso, empecé a leer sólo a mujeres para ver qué pasaba, para experimentar algo que no me habían permitido, para conocer el sentir de mis iguales, para reconocerme en alguien. Lo hice en un momento de mi vida en el que sentía que no encajaba en los ideales de una sociedad patriarcal, en el que necesitaba referentes, sentirme igual a alguien y comprendida. Empecé a leer opiniones de mujeres, estudios de mujeres, investigaciones de mujeres y eso me llevó a sus libros. En medio se cruzó el artículo de Clara Lisy decidí imitarla. Hay quien lo ha hecho de una manera no intencionada, como Hannah-Rose Yee,y también lo ha pasado bien. Ya os conté mis conclusiones del primer año entonces, pero ahora he descubierto la necesidad de que no sólo yo lea más mujeres, sino de que todas lo hagamos y lo contemos.

Leer a mujeres nos visibiliza

No conocía yo apenas a Carmen Conde. Tenía la “Antología de “poetisas” (sic)del 27” en el que aparecía, pero me salté los prólogos y las poesías largas que a los 17 me parecían aún más largas. Leí a estas grandes poetas, me lo callé y a lo sumo mencionaba algún poema suyo tras algún desengaño. Pero con el tiempo fui contando lo que leía, interesándome por sus vidas, rebuscando en su biografía, prestando libros, escribiendo artículos, compartiendo documentales.

Cuando algo te gusta, lo cuentas, y descubres que le gusta a más gente. De una autora pasas a otra y ves que no es que no hubiera autoras, que no es que no tengan calidad, que no les faltan obras. Lo que ocurre es que se nos han ocultado, se nos han negado, y ahora nos estamos iluminando.

Leer a mujeres nos regala referentes

¿Quién no quiso ser escritora como Jo March tras leer “Mujercitas”? ¿Quién no se imaginó eligiéndose a una misma por encima del amor a otro? Te leías el libro y te sentías poderosa. Ibas a ser lo que quisieras e ibas a serlo le pesara a quien le pesara.

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Flavita Banana sabe bien lo que leer

Luego ya, llegaba “Cien años de soledad” con el sacrificio femenino a la familia, “La isla del tesoro” (quizá uno de los libros que más veces me haya leído) y su tripulación exclusivamente masculina,  “Los Siete Secretos” con ellas dedicadas a preparar emparedados y Neruda y su “cállate, que me gustas más”.

Nuestras referentes somos nosotras y por ello las novelas protagonizadas por nuestras vidas nos dan ejemplo, nos consuelan y nos abren las alas. Comprobamos que existen mujeres como nosotras o que podrían existir y nos abren los ojos a las posibilidades.

Leer a mujeres nos coloca en la historia

Leí “Jane Eyre” de Charlotte Brönteeste año. Me indigné de que no fuera una lectura obligatoria pues aún trata temas que afectan a cualquier persona y que siguen afectando a cualquier mujer: la familia, la vocación, la discriminación por sexo, el amor, el ansia de aventuras, la autoestima. Es una novela que degusté y paladeé y cuyo descubrimiento compartí con una amiga. Mi amiga me dijo que el final no le gustó, demasiado “amor romántico” http://pareceamorperonoloes.com/el-amor-romantico-y-sus-mitos/#sthash.oafudWMW.dpbsSe esperaba un final como el que elegiríamos nosotras. Pero “Jane Eyre” fue escrita a finales del siglo XIX, cuando elegir una profesión antes que a un marido era, cuando menos, polémico. Sólo que la protagonista se plantee esa posibilidad fue revolucionario en esa época. Ello nos llevó a una discusión sobre la situación de la mujeres en la época de Charlotte Brönte y del activismo a través de la literatura. De repente, estábamos indagando en la historia del feminismo inglés que nunca nadie nos contó en el instituto.

Leer a mujeres nos da voz

Caitlin Moranda este consejo:

“No leáis ningún libro escrito por hombres. Manteneos alejadas de ellos, o al menos hasta que seais mayores… Porque si hay algo que tal vez me ha hecho más feliz y más segura para escribir la verdad, y menos propensa a criticarme por mi apariencia, peso, volumen y diferencia que otras muchas, muchas mujeres, es que nunca leí libros de hombres cuando era más joven.”

Caitlin Moran, como muchas de nosotras, se reconoce en los libros que ha leído y a partir de ahí puede encontrarse, reconocerse en emociones que otras han descrito, imaginarse cómo actuar si le ocurriera lo mismo. Eso ayuda a tener una voz propia, a sentir el aliento de muchas de nosotras en la espalda, a expresarnos sabiendo que somos una más y a la vez diferentes y que nuestra historia, nuestra opinión, nuestro estilo, cuentan.

Como vuelve a explicar la escritora:

“Mi mundo, en resumen. Mi vida. Todo lo que pensaba y sentía se reflejaba en estos libros: me sentí amistosa con estas chicas imaginarias, diseminadas a través de los siglos. Me sentí como si estuviéramos todas en esto juntas. Me sentí normal. Sentí que mi vida también era una historia, algo en lo que regocijarme; para compartir sin miedo, vergüenza o tropezar para encontrar las palabras correctas. Sentí, como se debería sentir a esa edad, que yo y las chicas como yo éramos el centro del mundo y éramos importantes.”

Y ahora, ¿qué leo?

Puede que ahora en algún momento lea algún libro escrito por hombres. Ya siento que he equilibrado un poco la balanza. Sin embargo, ya no me llaman tanto esas historias. Con la poesía lo llevo un poco mejor, pero las novelas y los ensayos se me atragantan a las pocas páginas. No me siento cercana, en ocasiones el machismo se me clava en el ojo (también me puede ocurrir esto con libros escritos por mujeres, no veáis qué mal lo pasé con “La Masai Blanca”) y encima siento que podría estar leyendo algo mejor. Supongo que se me pasará, pero es cierto que mi manera de leer ha cambiado, que busco algo más que una historia que atrape. Ahora busco personalidades más verosímiles, mundos más originales, relatos que se salgan de la norma que nos lleva persiguiendo tantos siglos. Y, de momento, lo estoy encontrando en libros escritos por mujeres. Así que creo que seguiré así un poquito más.