Publicado en Poesía

Llévame a la cama

Destápame
y hazme cosquillas
ahuyenta las arañas
que comienzan a tejer
las penélopes que ocultarán
la pena de Medea.

Devuélveme a mí.

Cierra la caja
sella la cueva
oblígame a enfrentar
la intemperie
y cuida los sueños
que corren a despertarse.

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Publicado en Feminismo, Recomiendo libros

Ya sólo quiero leer a mujeres

Hace ya casi tres años que sólo leo libros escritos por mujeres. El primer año os lo conté en este artículo, donde estaba sorprendida de lo fácil que me estaba resultando. Año y medio después de escribirlo, soy mucho más consciente de lo que me ha aportado y estoy mucho más enganchada a ciertas autoras.

¿Qué leía antes de leer a mujeres?

Durante mi época de educación obligatoria, apenas leí libros escritos por mujeres. Ni de ficción ni de no ficción ni poesía. Es decir, durante 15 años, el sistema educativo me vetó a muchas autoras. Podía haber recurrido a ellas por mi cuenta. Y así lo hice, ayudada por mi familia que me regalaba libros de Gioconda Belli, Carmen Martin Gaite, Isabel Allende, Rosalía de Castro, Amelie Nothomb… Pero siempre eran libros que dejar a un lado cuando las exigencias académicas me pedían leer a Jorge Manrique, Luigi Pirandello, Leopoldo Alas “Clarín”, Gabriel García Márquez, Truman Capote, etc. Si alguien me preguntaba por mi escritor favorito (por que nadie usaba el femenino en esta pregunta) mi respuestas iban de Delibes a Tolstoi pasando por Neruda.

Cuando llegué a la universidad la cosa no cambió. Claro, que estudié en una universidad donde la Biblia y las “Confesiones” de San Agustín eran pilares fundamentales en nuestra educación. Pero tampoco conocí a muchas mujeres que escribieran, ni a muchas filósofas, sociólogas, antropólogas o comunicadoras. En aquella época, además, lo que se llevaba fuera del aula era leer a Bukowsky y ver pelis de Tarantino. Si eras mujer y querías molar, lo mejor era parecerte a un hombre o por lo menos leer literatura masculina.

La calidad o el mito de “yo elijo lo que leo”

Luego me instalé en el discurso de “la calidad”. Yo no leía según el sexo, sino que leía lo que me gustaba. Era mentira. En realidad, leía lo que me encontraba en las librerías, lo que me recomendaban mis amistades, lo que anunciaban en la tele o lo que me llamaba la atención en la biblioteca. Hombres, en la mayoría de los casos. Y me gustaba, hay escritores muy buenos. Una vez incluso me leí a  Pérez-Reverte. Y además, leía escritores “de calidad”. También me llevé decepciones. “On the road” y “Madame Bovary” me hicieron sentirme estafada. El primero porque igual lo leí muy vieja, el segundo porque no tenía sentido. No conocía a ninguna mujer que pudiera sentir (o sentir tan poco) como la protagonista. Ese libro clásico no hablaba apenas de cómo vivía ella la opresión, de su deseo, de sus incoherencias internas. Era el personaje principal más plano que había conocido. No entendía aún que es muy difícil para un hombre contar el sentir de una mujer. Además, los escritores no están acostumbrados a escribir desde el punto de vista de una mujer. Apenas tiene modelos de personajes no masculinos reales, sólo los que ellos han creado. Y a eso lo llaman normalidad. Una normalidad impuesta desde la omnipresencia y el imposición masculinas.

Como explica muy bien Laura Freixas en su artículo “`Normalidad’ y género”:

“se reclama una `normalidad’ consistente en hacer como si el sexo no existiera…, mientras se mantiene un statu quo en el que quienes juzgan pertenecen muy mayoritariamente a uno de los dos sexos, y aplican criterios sexuados”.

Y cuando hablamos de juzgar la calidad nos encontramos con que la mayoría de quienes la juzgan son hombres y que ya hay estudios que demuestran que eso influye en la promoción de la literatura escrita por mujeres. Kate Mosse, fundadora del Premio de Ficción para Mujeres, lo explica así para The Guardian:

“Y luego la crítica se convierte en una disciplina. Es una disciplina masculina, y por lo tanto no me sorprende que las mujeres como escritoras pierdan sus posiciones, porque son hombres que escriben sobre escritores masculinos, y comienza  a distanciar a las mujeres. Ves esto en la hisotira y en la música, es igual, y luego, cuando la crítica comienza a ser importante, las contribuciones de las mujeres se infravaloran.”

Así que yo pensaba que leía lo que quería y resultaba que leía lo que me decían que debía leer o, en el mejor de los casos, lo que me dejaban elegir. Aún así, mi autor favorito seguía siendo un Tolstoi machista y maltratador que sentenciaba a Ana Karenina al sufrimiento por elegir una vida contra la norma social.

¿Por qué leer sólo mujeres?

En mi caso, empecé a leer sólo a mujeres para ver qué pasaba, para experimentar algo que no me habían permitido, para conocer el sentir de mis iguales, para reconocerme en alguien. Lo hice en un momento de mi vida en el que sentía que no encajaba en los ideales de una sociedad patriarcal, en el que necesitaba referentes, sentirme igual a alguien y comprendida. Empecé a leer opiniones de mujeres, estudios de mujeres, investigaciones de mujeres y eso me llevó a sus libros. En medio se cruzó el artículo de Clara Lis y decidí imitarla. Hay quien lo ha hecho de una manera no intencionada, como Hannah-Rose Yee, y también lo ha pasado bien. Ya os conté mis conclusiones del primer año entonces, pero ahora he descubierto la necesidad de que no sólo yo lea más mujeres, sino de que todas lo hagamos y lo contemos.

Leer a mujeres nos visibiliza

No conocía yo apenas a Carmen Conde. Tenía la “Antología de “poetisas” (sic) del 27” en el que aparecía, pero me salté los prólogos y las poesías largas que a los 17 me parecían aún más largas. Leí a estas grandes poetas, me lo callé y a lo sumo mencionaba algún poema suyo tras algún desengaño. Pero con el tiempo fui contando lo que leía, interesándome por sus vidas, rebuscando en su biografía, prestando libros, escribiendo artículos, compartiendo documentales.

Cuando algo te gusta, lo cuentas, y descubres que le gusta a más gente. De una autora pasas a otra y ves que no es que no hubiera autoras, que no es que no tengan calidad, que no les faltan obras. Lo que ocurre es que se nos han ocultado, se nos han negado, y ahora nos estamos iluminando.

Leer a mujeres nos regala referentes

¿Quién no quiso ser escritora como Jo March tras leer “Mujercitas”? ¿Quién no se imaginó eligiéndose a una misma por encima del amor a otro? Te leías el libro y te sentías poderosa. Ibas a ser lo que quisieras e ibas a serlo le pesara a quien le pesara.

mujercitas Flavita Banana
Flavita Banana sabe bien lo que leer

Luego ya, llegaba “Cien años de soledad” con el sacrificio femenino a la familia, “La isla del tesoro” (quizá uno de los libros que más veces me haya leído) y su tripulación exclusivamente masculina,  “Los Siete Secretos” con ellas dedicadas a preparar emparedados y Neruda y su “cállate, que me gustas más”.

Nuestras referentes somos nosotras y por ello las novelas protagonizadas por nuestras vidas nos dan ejemplo, nos consuelan y nos abren las alas. Comprobamos que existen mujeres como nosotras o que podrían existir y nos abren los ojos a las posibilidades.

Leer a mujeres nos coloca en la historia

Leí “Jane Eyre” de Charlotte Brönte este año. Me indigné de que no fuera una lectura obligatoria pues aún trata temas que afectan a cualquier persona y que siguen afectando a cualquier mujer: la familia, la vocación, la discriminación por sexo, el amor, el ansia de aventuras, la autoestima. Es una novela que degusté y paladeé y cuyo descubrimiento compartí con una amiga. Mi amiga me dijo que el final no le gustó, demasiado “amor romántico” http://pareceamorperonoloes.com/el-amor-romantico-y-sus-mitos/#sthash.oafudWMW.dpbsSe esperaba un final como el que elegiríamos nosotras. Pero “Jane Eyre” fue escrita a finales del siglo XIX, cuando elegir una profesión antes que a un marido era, cuando menos, polémico. Sólo que la protagonista se plantee esa posibilidad fue revolucionario en esa época. Ello nos llevó a una discusión sobre la situación de la mujeres en la época de Charlotte Brönte y del activismo a través de la literatura. De repente, estábamos indagando en la historia del feminismo inglés que nunca nadie nos contó en el instituto.

Leer a mujeres nos da voz

Caitlin Moran da este consejo:

“No leáis ningún libro escrito por hombres. Manteneos alejadas de ellos, o al menos hasta que seais mayores… Porque si hay algo que tal vez me ha hecho más feliz y más segura para escribir la verdad, y menos propensa a criticarme por mi apariencia, peso, volumen y diferencia que otras muchas, muchas mujeres, es que nunca leí libros de hombres cuando era más joven.”

Caitlin Moran, como muchas de nosotras, se reconoce en los libros que ha leído y a partir de ahí puede encontrarse, reconocerse en emociones que otras han descrito, imaginarse cómo actuar si le ocurriera lo mismo. Eso ayuda a tener una voz propia, a sentir el aliento de muchas de nosotras en la espalda, a expresarnos sabiendo que somos una más y a la vez diferentes y que nuestra historia, nuestra opinión, nuestro estilo, cuentan.

Como vuelve a explicar la escritora:

“Mi mundo, en resumen. Mi vida. Todo lo que pensaba y sentía se reflejaba en estos libros: me sentí amistosa con estas chicas imaginarias, diseminadas a través de los siglos. Me sentí como si estuviéramos todas en esto juntas. Me sentí normal. Sentí que mi vida también era una historia, algo en lo que regocijarme; para compartir sin miedo, vergüenza o tropezar para encontrar las palabras correctas. Sentí, como se debería sentir a esa edad, que yo y las chicas como yo éramos el centro del mundo y éramos importantes.”

Y ahora, ¿qué leo?

Puede que ahora en algún momento lea algún libro escrito por hombres. Ya siento que he equilibrado un poco la balanza. Sin embargo, ya no me llaman tanto esas historias. Con la poesía lo llevo un poco mejor, pero las novelas y los ensayos se me atragantan a las pocas páginas. No me siento cercana, en ocasiones el machismo se me clava en el ojo (también me puede ocurrir esto con libros escritos por mujeres, no veáis qué mal lo pasé con “La Masai Blanca”) y encima siento que podría estar leyendo algo mejor. Supongo que se me pasará, pero es cierto que mi manera de leer ha cambiado, que busco algo más que una historia que atrape. Ahora busco personalidades más verosímiles, mundos más originales, relatos que se salgan de la norma que nos lleva persiguiendo tantos siglos. Y, de momento, lo estoy encontrando en libros escritos por mujeres. Así que creo que seguiré así un poquito más.

 

 

 

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Carmen Conde: más allá de la académica

En el master de Formación de Agentes de Igualdad de la UNED que he comenzado este año, la primera actividad de evaluación consistía en elegir una escritora entre las 10 que proponen en el portal “Escritoras Españolas” del Instituto Cervantes y explicar por qué debe ser reivindicada social y culturalmente.

He elegido a Carmen Conde por mi preferencia por la generación de poetas del 27  (aunque en ocasiones se la ha incluido en la generación del 36) y su periplo desde la situación de igualdad creativa respecto a sus coetáneos hombres, pasando por períodos de alta actividad social y artística y otros de invisibilización en antologías, planes de estudios y divulgaciones culturales, hasta la recuperación de su prestigio en el siglo XXI reconvertidas en las SinSombrero.

Carmen Conde con Amanda Junquera
Carmen Conde con Amanda Junquera

Carmen Conde, académica de la lengua y mucho más

Carmen Conde es conocida y reconocida por ser la primera mujer en ocupar un sillón en la Real Academia Española, hecho que ocurrió en 1978, un año en el que demostrar la apertura social y política convenía a todas las instituciones españolas. Sin embargo, la trayectoria y obra de Carmen Conde va mucho más allá de este nombramiento, ella defendió el derecho a la educación a través de su acción. Su obra poética fue extensa y, aunque muy enfocada en el amor y el erotismo, no renunció a la crítica social. En su discurso de ingreso en la academia dijo: “quienes crean poesía lealmente porque sí, saben de la necesidad de su verdad y de la defensa desinteresada de las causas perdidas”. También en su discurso de ingreso, alabó a poetas que admiraba como Rosalía de Castro, a la que consideraba la precursora de cuantas escriben poesía. Al mencionarla, Carmen Conde destaca que la poeta gallega demostró que, al interesarle más lo humano, las escritoras ya no eran tan débiles ni se conformaban con los temas predeterminados por la sociedad como femeninos.

La académica fue poeta, relatora, profesora, activista, bisexual, memorialista y gestora. Cultivó prácticamente todos los géneros literarios: poesía, relatos, teatro, memorias, literatura infantil y juvenil y ensayo. Yo quiero centrarme es su activismo cultural y su defensa de la educación.

Carmen Conde como activista defendió causas republicanas, sociales y feministas. A través de artículos y libros expresó sus ideas avanzadas sobre la educación femenina, la escuela rural, la educación musical… Fue una de las pocas artistas de su generación que no se exilió durante el franquismo, sino que llevó a cabo una resistencia interior, a través de la educación, la gestión de entidades (orfanatos, etc.) y de su pertenencia a círculos feministas como el Lyceum Club de Madrid.

Se preocupó de acercar la cultura a quienes tenían un acceso más limitado a ella. Con esa idea funda junto a su marido Antonio Oliver la primera Universidad Popular de Cartagena. No lo configuran únicamente como centro de estudios, sino como un centro de acceso al conocimiento y las artes que cuenta con biblioteca de personas adultas, una de las primeras bibliotecas infantiles del estado y sala de proyecciones. Celebraban exposiciones, audiciones, conferencias y debates. Por la institución pasarían figuras de las letras como Miguel Hernández, Elena Fortún, Ramón Sijé, María de Maeztu…

También junto a Antonio Oliver, la escritora dirigirá las campañas de Misiones Pedagógicas, cuyo objetivo era llevar la educación popular a poblaciones que no tenían un fácil acceso. Pero Carmen Conde tendrá que dimitir un año después por no querer colaborar con las autoridades municipales.  Aún no había estallado la Guerra Civil y la revolución cultural que pretendía el matrimonio ya encontraba trabas. La guerra parecía que acabaría con su activismo, pero se mantuvo como docente tanto en escuelas nacionales como impartiendo clases a adultas analfabetas en la Casa de la Mujer de la Agrupación de Mujeres Antifascistas en Murcia.
En la misma línea de facilitar el acceso a obras artísticas, Carmen Conde recopiló la obra de su marido, Antonio Oliver, y gestionó la custodia de la obra de Rubén Darío.

Ocasionalmente se asocia el papel de escritoras a figuras pasivas socialmente, a acompañantes de escritores, a personas introspectivas y centradas únicamente en las emociones y los sentimientos… Carmen Conde fue una figura determinante en el desarrollo educativo y cultural de España, junto a su marido, y también más allá de él. Su activismo cultural de marcado talante progresista provocó que fuera juzgada durante años. Aunque la causa se sobreseyó, durante años se escondió entre Madrid y El Escorial y utilizó seudónimos en su extensa actividad literaria. Fueron las consecuencias de no partir al exilio como otras intelectuales y artistas afines al bando republicano.

En los años 40 su creación poética fue elevada y publicó mucha obras. Para poder hacerlo, no buscó la publicidad y se mantuvo más o menos discreta, lo que evitó que fuera tan conocida como su obra merecía. Es a partir de los años 50 cuando empieza a recibir premios por su labor poética. La siguiente década, comienza con becas y pensiones para su creación poética, que estos años vuelve a mirar al amor y al erotismo. Finaliza la época con premios nacionales y con la publicación de sus antologías y estudios sobre poetas mujeres. A lo largo de estas décadas también trabajó para la editorial Alhambra, colaboró con la Sección Bibliográfica del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y en la sección de publicaciones de la Universidad de Madrid.

Por qué visibilizar a Carmen Conde

Visibilizar a Carmen Conde es poner el foco en una generación de poetas y artistas marginadas de las antologías, de los medios, de las bibliotecas y de los museos por su condición de mujeres, por ende, poner el foco en dicha marginación histórica. Una marginación y discriminación que se intentó resarcir con la concesión a Carmen Conde de un sillón en la Real Academia de la Lengua Española. Pero ese acto no da cuenta de la magnitud de toda la actividad desplegada por la escritora. Es por ello que sus creaciones y su activismo deben ser conocidos. Visibilizarla a ella es también poner en valor la labor de tantas mujeres en el terreno cultural, sus esfuerzos por mantener una base de alfabetización que llegue a todas las clases sociales, su actividad en pro del cambio y del feminismo a través de la educación y la literatura.

 

 

 

REFERENCIAS: