Publicado en Feminismo, Recomiendo libros, Te cuento mi vida

Carmen Conde: más allá de la académica

En el master de Formación de Agentes de Igualdad de la UNED que he comenzado este año, la primera actividad de evaluación consistía en elegir una escritora entre las 10 que proponen en el portal “Escritoras Españolas” del Instituto Cervantes y explicar por qué debe ser reivindicada social y culturalmente.

He elegido a Carmen Conde por mi preferencia por la generación de poetas del 27  (aunque en ocasiones se la ha incluido en la generación del 36) y su periplo desde la situación de igualdad creativa respecto a sus coetáneos hombres, pasando por períodos de alta actividad social y artística y otros de invisibilización en antologías, planes de estudios y divulgaciones culturales, hasta la recuperación de su prestigio en el siglo XXI reconvertidas en las SinSombrero.

Carmen Conde con Amanda Junquera
Carmen Conde con Amanda Junquera

Carmen Conde, académica de la lengua y mucho más

Carmen Conde es conocida y reconocida por ser la primera mujer en ocupar un sillón en la Real Academia Española, hecho que ocurrió en 1978, un año en el que demostrar la apertura social y política convenía a todas las instituciones españolas. Sin embargo, la trayectoria y obra de Carmen Conde va mucho más allá de este nombramiento, ella defendió el derecho a la educación a través de su acción. Su obra poética fue extensa y, aunque muy enfocada en el amor y el erotismo, no renunció a la crítica social. En su discurso de ingreso en la academia dijo: “quienes crean poesía lealmente porque sí, saben de la necesidad de su verdad y de la defensa desinteresada de las causas perdidas”. También en su discurso de ingreso, alabó a poetas que admiraba como Rosalía de Castro, a la que consideraba la precursora de cuantas escriben poesía. Al mencionarla, Carmen Conde destaca que la poeta gallega demostró que, al interesarle más lo humano, las escritoras ya no eran tan débiles ni se conformaban con los temas predeterminados por la sociedad como femeninos.

La académica fue poeta, relatora, profesora, activista, bisexual, memorialista y gestora. Cultivó prácticamente todos los géneros literarios: poesía, relatos, teatro, memorias, literatura infantil y juvenil y ensayo. Yo quiero centrarme es su activismo cultural y su defensa de la educación.

Carmen Conde como activista defendió causas republicanas, sociales y feministas. A través de artículos y libros expresó sus ideas avanzadas sobre la educación femenina, la escuela rural, la educación musical… Fue una de las pocas artistas de su generación que no se exilió durante el franquismo, sino que llevó a cabo una resistencia interior, a través de la educación, la gestión de entidades (orfanatos, etc.) y de su pertenencia a círculos feministas como el Lyceum Club de Madrid.

Se preocupó de acercar la cultura a quienes tenían un acceso más limitado a ella. Con esa idea funda junto a su marido Antonio Oliver la primera Universidad Popular de Cartagena. No lo configuran únicamente como centro de estudios, sino como un centro de acceso al conocimiento y las artes que cuenta con biblioteca de personas adultas, una de las primeras bibliotecas infantiles del estado y sala de proyecciones. Celebraban exposiciones, audiciones, conferencias y debates. Por la institución pasarían figuras de las letras como Miguel Hernández, Elena Fortún, Ramón Sijé, María de Maeztu…

También junto a Antonio Oliver, la escritora dirigirá las campañas de Misiones Pedagógicas, cuyo objetivo era llevar la educación popular a poblaciones que no tenían un fácil acceso. Pero Carmen Conde tendrá que dimitir un año después por no querer colaborar con las autoridades municipales.  Aún no había estallado la Guerra Civil y la revolución cultural que pretendía el matrimonio ya encontraba trabas. La guerra parecía que acabaría con su activismo, pero se mantuvo como docente tanto en escuelas nacionales como impartiendo clases a adultas analfabetas en la Casa de la Mujer de la Agrupación de Mujeres Antifascistas en Murcia.
En la misma línea de facilitar el acceso a obras artísticas, Carmen Conde recopiló la obra de su marido, Antonio Oliver, y gestionó la custodia de la obra de Rubén Darío.

Ocasionalmente se asocia el papel de escritoras a figuras pasivas socialmente, a acompañantes de escritores, a personas introspectivas y centradas únicamente en las emociones y los sentimientos… Carmen Conde fue una figura determinante en el desarrollo educativo y cultural de España, junto a su marido, y también más allá de él. Su activismo cultural de marcado talante progresista provocó que fuera juzgada durante años. Aunque la causa se sobreseyó, durante años se escondió entre Madrid y El Escorial y utilizó seudónimos en su extensa actividad literaria. Fueron las consecuencias de no partir al exilio como otras intelectuales y artistas afines al bando republicano.

En los años 40 su creación poética fue elevada y publicó mucha obras. Para poder hacerlo, no buscó la publicidad y se mantuvo más o menos discreta, lo que evitó que fuera tan conocida como su obra merecía. Es a partir de los años 50 cuando empieza a recibir premios por su labor poética. La siguiente década, comienza con becas y pensiones para su creación poética, que estos años vuelve a mirar al amor y al erotismo. Finaliza la época con premios nacionales y con la publicación de sus antologías y estudios sobre poetas mujeres. A lo largo de estas décadas también trabajó para la editorial Alhambra, colaboró con la Sección Bibliográfica del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y en la sección de publicaciones de la Universidad de Madrid.

Por qué visibilizar a Carmen Conde

Visibilizar a Carmen Conde es poner el foco en una generación de poetas y artistas marginadas de las antologías, de los medios, de las bibliotecas y de los museos por su condición de mujeres, por ende, poner el foco en dicha marginación histórica. Una marginación y discriminación que se intentó resarcir con la concesión a Carmen Conde de un sillón en la Real Academia de la Lengua Española. Pero ese acto no da cuenta de la magnitud de toda la actividad desplegada por la escritora. Es por ello que sus creaciones y su activismo deben ser conocidos. Visibilizarla a ella es también poner en valor la labor de tantas mujeres en el terreno cultural, sus esfuerzos por mantener una base de alfabetización que llegue a todas las clases sociales, su actividad en pro del cambio y del feminismo a través de la educación y la literatura.

 

 

 

REFERENCIAS:

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Publicado en Emociones, Feminismo, Te cuento mi vida

Sola, solita, soltera

“¿Cómo te va? ¿Sigues sola?” Es una pregunta que me han hecho alguna vez desde que se acabó mi última relación. Me choca que nunca me preguntaran, estando emparejada, si me sentía sola. Pero ahora bastantes personas dan por sentado que estoy sola. Sinceramente, no creo haber estado sola nunca en mi vida. Sentirme sola, sí, muchas veces. Estar soltera, alguna menos. Pero estar sola, sin una sola persona con quien contar, creo que nunca. Por eso esa palabra me sorprende y por eso esa pregunta, “¿sigues sola?” me deja muda.

Estar sola

Para asegurarme de que mi percepción se acerca algo a lo que la sociedad ha definido como real, he buscado la definición de “sola” en la RAE.

soltera

Creo que los significados que más nos encajan son los relativos a personas que vienen a ser “Sin compañía” y “Que no tiene quien le ampare, socorra o consuele en sus necesidades o aflicciones”.

¿Lo tenemos? Analicemos nuestro entorno, sin entrar en si alguien está en pareja, en mil relaciones o en una cabaña perdida en un árbol perdido en un bosque. ¿Conocéis a alguien que no tenga absolutamente a nadie, nunca, quien le ampare, socorra o consuele en sus necesidades o aflicciones? Sí, hay personas que viven situaciones de exclusión social extremas, pero seguramente si estás leyendo esto, tengas la opción de acudir a Servicios Sociales y hablar con una profesional de la psicología, o coger un teléfono y llamar a una excompañera de trabajo, o bajar a un centro cultural y apuntarte a unas clases donde conocer personas que si no te amparan, por lo menos te hagan compañía.

Estar sola en esta sociedad es muy difícil, a pesar del individualismo imperante. La mayoría de personas tenemos redes familiares, amistosas, laborales… Personas que nos acompañan en determinados momentos, que brindan con nuestras alegrías, que escuchan nuestras rutinas.

Sentirse sola

¡Ay! Pero no estar sola no evita que nos sintamos solas en algún momento. La soledad es ese brebaje que lo mismo sirve como remedio que como veneno. Y pocas veces tiene que ver con la compañía que nos proporcionen otras personas. La soledad es un sentimiento, lo que implica una carga de interpretación por nuestra parte. Por eso diferencio entre “estar sola” y “sentirse sola”. Un sentimiento se define como la autopercepción que la mente hace de unas determinadas emociones o de un determinado estado emocional. Si por ejemplo, percibimos la soledad asociada a emociones como la tristeza, la viviremos como un sentimiento negativo. Si la asociamos a un estado emocional de relajación, la viviremos como un sentimiento positivo.

En la percepción negativa de la soledad, lo que habitualmente expresamos como “me siento sola” suele estar asociada a sentimientos de incomprensión, tristeza e inseguridad. En realidad no es que estemos solas, es que hemos perdido cierta conexión con las personas que configuran nuestro entorno habitual. O quizá alguna otra barrera nos impida abrirnos a esas personas. Como ese estado nos genera más tristeza e inseguridad, corremos el riesgo de alimentarlo más al retraernos y evitar interactuar.

Soltera

Y llegamos ya al punto. Soltera. Estoy soltera. No sola. Bueno, según la RAE no, porque sí me casé aunque ahora ande divorciada.

soltera

Pero según Google yo estoy soltera.

soltera

En ningún punto pone falta de compañía o hace referencia a la soledad. Sino a un estado civil y, si me apuras, más administrativo que otra cosa. Vamos, que la soltería poco tiene que ver con la soledad.

La soltería es una manera más de las miles que hay de establecer relaciones con el resto de personas. No es ni mejor ni peor que la vida en comunidad, en pareja o en familia. No implica mayor soledad ni mayor libertad. Se puede ser muy libre en pareja (¡se debería ser muy libre en pareja!) igual que una se puede sentir muy sola en una relación donde no es escuchada ni cuidada. También se puede ser muy dependiente estando soltera (de amistades, de “ligues”, del trabajo…) o sentirse muy acompañada y apoyada.

Creo que asociar soltería a soledad ha hecho mucho daño a las personas que viven (elegida o circunstancialmente) en esta manera de relacionarse con el mundo. Porque la soledad, por mucho que sea necesaria y maravillosa, sigue teniendo connotaciones negativas, sigue siendo un estado que pretendemos evitar. Y si la asociamos con la soltería, buscaremos aliviarla con la búsqueda de una pareja. Y no, la soledad no se alivia tirándonos de cabeza a relaciones en las que buscamos salvación. Nadie que no seamos nosotras puede salvarnos de nuestra manera de interpretar la realidad.

soltera
Bueno, quizá Jane Fonda nos dé un motivo para buscar pareja…
Publicado en Feminismo, Te cuento mi vida, veganismo

Autorevolución

Entrada publicada hace un año en Proyecto Kahlo
Ilustrada por Patricia Corrales
Enlaces añadidos a posteriori

 

Lo personal es político

Lo personal es político.

No recuerdo cuando fue que oí o leí esta frase por primera vez, pero sé que no la entendí. Quizá ahora empiece a hacerlo. Son cuatro palabras que dicen demasiado.

Recuerdo aún cuando yo decía “ni machismo, ni feminismo, yo creo en la igualdad”, me da vergüenza admitirlo, pero fui de esas. De las que no sabían lo que era el feminismo. Pero a la vez me llena de orgullo haberlo sido y haberme movido lo suficiente para ser feminista.

A mí el feminismo me ha dado mucho. Gracias al feminismo voto y gracias al feminismo dejo de competir con mujeres para comenzar a abrazamos. El feminismo me ha abierto las puertas al autocuidado y me ha permitido acercarme a otras culturas con otra mirada.

Y como soy agradecida de nacimiento o de socialización, pues yo pensaba qué podía hacer yo por el feminismo, es decir, por mis hermanas. No tengo el don de la oratoria, ni tengo una profesión de esas que cambian el mundo, tampoco el arrojo para darlo todo por las personas más desfavorecidas. Entonces empecé a hacer lo mío: estudiar, aprender y descubrir nuevas cosas.

Investigué sobre mi menstruación. La amé (la amo), la veneré (la venero), la acogí (la acojo) y lo proclamé. Mis dolores premenstruales desaparecieron, mi entorno empezó a conocer sus fases menstruales, la copa menstrual estaba en boca de todo el mundo, yo cancelaba citas para descansar mientras mi endometrio se contraía. Algo había cambiado. Mi mundo había cambiado. Me contagiaba de mundos cambiantes y contagiaba a otros mundos mi cambio.

Lo menstrual se hacía político.

Empecé a pasar más tiempo con mis gatos. Empecé a leer sobre especismo. Empecé a leer sobre consumo sostenible. Pregunté y más gente se hizo esas preguntas conmigo. Soy vegana. Mi nevera ha cambiado. Mi relación con mi entorno ha cambiado. Siento que decido más con mi cartera que con mi voto. Cada día tomo decisiones que van más allá de mi interés personal. Mi percepción ha cambiado.

El consumo se hacía político.

Oí hablar de micromachismos, de mansplainning, de ocupación de espacios… Observaba en el bus urbano cómo actuaba cada persona definida como hombre o como mujer. Jugué. Si un hombre invadía mi espacio abriéndose de piernas, yo me abría más e invadía el suyo. Guerreaba en cada viaje al trabajo. Expresiones de disgusto, de sorpresa, de desagrado. Me empezaba a sentir cómoda en mi cuerpo, en mi sitio, ocupando espacio y moviéndome a mi antojo. Mi presencia había cambiado. Las personas me veían y algunas me imitaban.

El cuerpo se hacía político.

Me cansé de cuidar. Me arranqué el rol de cuidadora del resto de personas. Me cuidé a mi misma. Busqué mi sitio, mi fortaleza, me acomodé en mi para estudiarme a mí. Me analicé, me disfruté, me reencontré. Bailé (bailo) desnuda, abracé (abrazo) a mi niña interior, volví (estoy) a la magia, poemé (poemo) en los semáforos. Y entonces lo vi. La revolución no cambia el mundo. La revolución cambia a las personas que cambian el mundo.

Lo personal es político.

Publicado en Emociones, Te cuento mi vida

Miedo, tengo miedo

Tengo miedo. Tengo los ovarios en la garganta, el estómago en el pecho y el corazón callado. De nuevo, he tomado una decisión que nunca antes había tomado, no sé qué viene después. Lo veo todo de mil colores, veo multitud de caminos, tantas opciones a mi alcance que me paralizo. Y paralizarme me aterra. Así que vuelvo a lo conocido, a los cursos, los libros, la acción, dejarme llevar… Mis vísceras me gritan, ¡para! Y yo les susurro “callad, sólo un poco más, sólo hasta que esté segura”. Pero nunca lo estoy. Y según veo nunca lo estaré.

Decidir ser, más allá de hacer, conseguir o querer, es muy arriesgado. Todo se vuelve del revés. He decidido hacer caso a alguien que no tiene ni idea de la vida, A MÍ. ¿Y ahora qué? He dado otro paso alejándome de lo que ya no quiero, pero cómo estar seguro de que me acerca a lo que quiero. ¿Cómo me aseguro de que lo que quiero es lo que quiero? ¿Y si mañana cambio de idea, tendré que desandar el camino?

Es cierto, que noto una extraña confianza en la vida y en mí misma. Pero, claro, esa sensación también es nueva. Y cuando algo es nuevo, suelo pensar que trae algo oculto. Así que ante la confianza me muero de miedo por pensar que es temeridad o ingenuidad. Y vuelta otra vez.

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Sólo conozco dos manera de superar ese miedo y a ellas me aferro. La primera es el deseo. Si no tengo muy claro hacia donde tirar, voy a hacer lo que me apetezca, que por lo menos voy a disfrutar mientras tanto. Esto lleva implícito también la acción, aunque estoy aprendiendo también a parar y vaciarme, para llenarme de deseos renovados. No sé por qué pero esto funciona de una manera mágica. No me da de comer, pero me llena de tranquilidad y de momentos muy especiales.

La otra manera es admirar a personas que también han tenido miedo. Tengo la enorme suerte de estar rodeada de mujeres maravillosas que han atravesado sus miedos o los están atravesando y no ocultan nada del proceso. No me ayudan nada los casos de éxitos, los “la crisis me ayudó a conocer mi vocación y triunfar”. No, a mí me gusta cuando gente que hace lo que quiere explica que ser autónoma da lo justito para pagar el alquiler, pero te regalan entradas para conciertos. Me gusta cómo lo cuenta Diana Aller en su blog, me gusta cuando Erika Irusta cuenta la de vueltas que ha dado para crear su gran proyecto Soy1Soy4 o para compartirse en “Diario de un Cuerpo”, me gusta cuando mis mejores amigas se sienten perdidas y agobiadas ante proyectos que yo sé que son más que capaces de llevar a cabo o cuando deciden perderse a propósito yendo a Santiago. Me gusta ver a mujeres capaces enfrentando sus inseguridades y los obstáculos que nos pone esta sociedad. Así no me siento engañada. No he elegido un camino fácil, no he elegido hacerme rica, he elegido intentar vivir como yo quiero y eso no va a ser sencillo. Pero las veo a ellas, veo a Amelia sonriendo en tras dar una charla, a Patricia inventando cada día una nueva manera de mejorar el mundo y luego tomándose su merecida caña o Fátima creando un proyecto tras otro e insuflando fuerza a todas quienes le rodeamos desde su modesto piso de alquiler y sé que puede merecer la pena. Sé que a ellas les merece la pena.

Sigo muerta de miedo, ellas me han contado todo el esfuerzo que requiere vivir a la manera de una. Sin embargo, me siento muy acompañada en ese miedo y eso da fuerzas. Muchas.

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Mi madre no llora

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Mi madre no llora.

Mi madre, que de niña soñaba con casarse y hoy está divorciada, no llora.
Mi madre, que se sentía fuerte cuidando y hoy le ayudan a ducharse, no llora.
Mi madre, que enjugó nuestras lágrimas y ahora ve como caen por ella, no llora.
Mi madre, que siempre escuchó a todo el mundo y ahora tiene un teléfono mudo, no llora.
Mi madre, que luchó por mi independencia y ahora depende de mí, no llora.

Mi madre no llora y lloro yo por ella.

Son tantas sus lágrimas reprimidas que me ahogan la garganta,
me llenan el estómago,
se derraman por mi útero,
asfixian mis pulmones.

Lloro sus lágrimas.
Porque mi madre no llora.

Mi madre no llora porque la llamaron tonta y se lo creyó.
Mi madre no llora porque la dejaron sola y no supo por qué.
Mi madre no llora porque recuerda y sabe que hizo bien.
Mi madre no llora porque cada mañana es su lucha.

Mi madre no llora.
Porque para llorar hay que poder.

Y yo le escupo lágrimas de impotencia.
Y yo le lanzo lágrimas de desesperación.
Y yo le acerco mis lágrimas de culpa.
Y yo le suplico lágrimas.

Le mojo su piel seca.
Le empapo su pena. Que es la mía. Empapadas se confunden.
Le inundo su no vida.

Me derramo y me vacío.

 

Lloro.
Mi madre no llora.

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Yo, ¿soy?

Entrada publicada hace un tiempito ya en El Camino Rubí.

Yo. ¿Soy? ¿Quién soy? ¿Soy la que lloró los tres primeros años de su vida sin parar? ¿Soy una veces la “campeona” que alcanzaba la cima y la “falsa” que se quejaba antes de hacerlo? ¿Soy la que necesitaba que su madre la cuidara o la que la cuidaba a ella? ¿Soy la que sacaba buenas notas? ¿Soy vaga? ¿Soy la que se volvió loca a los 18 años? ¿Soy la madura y centrada que aprovechó esa locura para aprender a no quejarse?

Soy la que se reconstruyó para poder romperse ahora de nuevo. Soy la que no para de apuntalarse, destrozarse y volverse a levantar. La que teme mirar de frente sus ruinas. La que se siente atraída por ellas.

Ante mí, un precipicio. Me atrrae y me aterra (sí, “atrrae” con doble r, con las misma letras que “aterra” porque para mí siempre han sido sinónimos, ¿o no? ¿o me estoy inventando un “siempre” que me de la coherencia que ninguna vida ni personalidad tiene?).

El precipicio que más miedo me ha dado desde que aprendí a descubrir mis precipicios. Aquel al que siempre me asomo y al que nunca salto.

Llega el momento. Se acabaron las excusas. Toca conocerme. Y estoy muerta de miedo.

Lo que más miedo me da de mí es no gustarme, decepcionarme, odiarme, perder mi derecho a ser querida (mi terapeuta me dijo que en el momento en que existimos ya merecemos amor, sólo por existir, ¿os lo podéis creer? Nacer y que te quieran sin haber hecho nada aún, sin haber logrado nada. Lo fuerte es que yo fui querida, pero nunca creí que fuera por existir. Es algo que aún no me entra en la cabeza. ¿Así, amor gratis, sin pagar nada a cambio?).

Llevo años construyendo un sistema de apoyos, recursos y herramientas propias que yo misma me he construido para ser feliz, para que las cosas no duelan tanto, para vivir en la fantasía de que yo soy lo que yo construyo, que yo me merezco ser querida porque “mira mamá, mira papá, ya no doy problemas, ya soy autosuficiente, autónoma, os cuido y ¡hasta os riño!” ¿Y si en el fondo no quiero esto, o no soy así, y si yo sólo quiero…? ¿Qué quiero?

Vale, venga, voy a por ello, me descubro, me conozco y me responsabilizo.

¿Me responsabilizo? Uuuhhh, eso no sé si me mola tanto. Hasta ahora si algo salía mal, como lo había hecho por no decepcionar a mi padre, o por cuidar a mi madre, o para calmar a mi tía, o para defenderme de mi hermana, podía eludir la responsabilidad, tenía un motivo para haberla cagado, haber hecho daño, culpar a otras personas, fustigarme por ser “demasiado buena”. ¡¡¡EXCUSAS!!! Ahora ya no las tendré. Cuando me conozca, tocará aprenderme, luego quererme y finalmente responsabilizarme. Ya no habrá motivos, sólo uno: YO LO DECIDIRÉ TODO MÁS LIBREMENTE. ¿Asusta o no?

Sin embargo, me muero de ganas. Me impaciento por ver qué decido, qué elijo, cómo manejo mi vida desde la mayor libertad a la que puedo aspirar. ¿Me atreveré? ¿Se romperá mi mundo? ¿Me romperé yo? ¿Me reconstruiré igual o tomaré otra forma?

Sigamos con este arranque de sinceridad. Venga, en voz alta:

ME DA MIEDO NO GUSTAR A NADIE. ME DA MIEDO QUE ME IMPORTE NO GUSTAR A NADIE.

Tantos años trabajando para que la opinión ajena me resbale, cuidando mi autoestima, disfrutando la soledad, pero me sigue dando miedo exactamente lo mismo. Es más, en mi más absoluta falta de modestia diré que me aterra (y ahora no me atrae) no ver nada extremo en mí, ni bueno ni malo. Descubrirme como una persona plana, tibia, mediocre, del montón. Ese tipo de persona a quien yo siempre he despreciado desde mi pedestal de barro de creer que debajo de mí brilla algo distinto.

Pero vamos a pensarlo bien. ¿Conozco a ese tipo de personas que digo despreciar? ¿Ni una? ¿Por qué tengo tanto miedo a no ser especial, o a que todas las personas seamos especiales y por lo tanto ser especial sea lo común. ¿Qué es ser especial? Especial es el antónimo de común, y común es cuando algo se repite, con lo cual, tanto especial como común necesitan de otras personas, de la comparación con ellas. Si dejamos de compararnos ambas etiquetas pierden sentido. ¿Es posible dejar de compararnos? Como seres sociales que somos siempre vamos a relacionarnos con otras personas, incluso la no relación es una manera de interactuar. ¿Implica eso necesariamente la comparación?

Volvamos a mí, que entre lo que me cuesta usar la primera persona y lo que me gusta filosofar, sigo bordeando el precipicio. Miro mi cuerpo. Este cuerpo que cambia cada año, engorda, adelgaza, se tonifica, se ablanda, se quiere, se odia. Hace meses, cuando entré en esta maravillosa casa, descubrí que soy un cuerpo. Y ahora me escucho. Y sé que soy más sabia. Y cuando no quiero estar conmigo sé que algo va mal. Pero también soy algo más que cuerpo. Puede que el cuerpo sea el puente, pero no sé cómo bajarlo, no sé cómo cruzarlo aún. (Cómo bajarme, cómo cruzarme) Chirría y se mueve. (Chirrío y me muevo) Muchas veces cambia de sitio. Puede que esa sea yo, un ente en constante cambio. También puede que cambie tanto para huir de quien soy. En serio, esto no puede ser tan difícil. Estoy llorando y me siento absurda, me siento perdida.

Ahora no quiero saltar el precipicio, no quiero hacer el esfuerzo para encontrarme algo que no me guste.

Sí, quiero saltar. Estoy inquieta, efervescente, huidiza, replegada en mí, abierta al mundo. Un fuerte impulso late, me pide que salte al precipicio. Ya he deconstruido mi educación, a mi madre, a mi padre, puedo seguir deconstruyendo todo mi alrededor y luego volver a construir todo un poblado junto al precipicio. Pero tengo que saltar, tengo que mirarme cara a cara, abrazarme, arriesgarme a deconstruirme yo misma. No sé cómo hacerlo. Exorcizar estos miedos me parecía el primer paso lógico. No me siento mejor, no me siento peor. Me siento yo.

Yo siento. Yo siento. Yo siento.

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