Publicado en Feminismo, Te cuento mi vida

No conozco hombres feministas, ¿o sí?

Chicos, chavales, hombres, muchachos, tíos que afirmáis en mi cara que queréis ser feministas, que no sois machistas, que estáis contra el maltrato y los asesinatos a mujeres, bien, olé por tener corazón y algo de moral. Aplauso.

¿Puedo seguir?

Cuando venís de majos a desmontar los argumentos con los que defiendo la igualdad, señalando la violencia de género simbólica e institucional, me preguntáis por el “hembrismo”, las denuncias falsas, lo duro que es que se espere de vosotros que folléis siempre (pobres, nosotras preocupadas por que nos violen y sin ponernos en vuestro lugar)… Cuando venís así invalidáis todo lo anterior.

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Y si os lo hago ver queréis que os ilumine con mis supuestos superconocimientos de feminismo aportándoos estudios, datos, definiciones… No sé si sabéis que apenas hay estudios reglados de feminismo, aunque por suerte estén aumentando. Hay mujeres y plataformas que hacen un gran trabajo de enseñanza y educación. Pero hasta donde sé, lo justo se habla del movimiento sufragista en los libros de historia, filosofía y ciencias sociales de los colegios. Y eso que es la parte favorita del patriarcado, “ya podéis votar, ahora callaros, dejad de leer y molestar y votad lo que os digamos” (a veces me pongo de un Victoria Kent que atufo).

O sea, que yo no tuve un hada madrina que subió del maravilloso infierno feminista donde se queman todas las brujas a darme clases especiales y a imbuirme pensamiento crítico y ganas de hacer algo con una varita mágica. Fui yo, poquito a poco, con la ayuda de mis compañeras quien se fue empapando, quien se hizo preguntas y buscó las fuentes para contestarlas, quien se acercó a mujeres que sabían más y preguntó para escuchar respuestas (preguntar para contraargumentar no ayuda mucho a aprender, o sea, que la próxima vez que queráis preguntar “¿y las denuncias falsas, qué?” o lo hacéis para que te explique este artículo de Miguel Lorente o no pienso gastar más saliva que la que emplee en decir “adiós”). Cuando yo preguntaba, se me daba una cortita explicación y seme remitía a artículos de sociólogas, comunicadoras, filósofas, investigadoras, políticas y periodistas duchas en la materia. Y yo leía esos artículos, incluso algún libro. ¡Ey, sorpresa! Leyendo se puede aprender mucho. Si me parecía interesantes los compartía, los recomendaba y los comentaba. Fue mi primera aportación a la lucha contra la violencia machista, la cultura de la violación, la cultura de la pederastia y la lucha feminista. Antes incluso de entender que lo personal es político y empezar a realizar cambios más profundos.

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Me encuentro tíos que me dicen que quieren hacer algo para que no nos maten, pero ni siquiera son capaces de leer un artículo que explique las causas de esos asesinatos, no digo buscarlo, ¡por favor!, digo leerlo cuando se lo envías. Y si no son capaces de leer sobre aquello que dicen querer evitar, ¿cómo van a hacer algo para evitarlo? También hay artículos sencillitos sobre qué pueden hacer para que dejen de matarnos. Incluso en formato revista, como este en forma de lista.

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Y que incluso hay documentales para quien no quiera leer. O entrar en Facebook y compartir las cifras de asesinatos machistas.

Como seguro que hay alguien que me dice que todo es mentira y que le dé datos, he hecho un experimento casero:

Tengo 656 contactos en mi perfil personal de FB. De los cuales 223 se han categorizado como hombres y 372 como mujeres (61 son páginas profesionales). De los 223 hombres de mi Facebook sólo 17 (un 7,6%) han compartido contenido que promueve la igualdad en el último mes (mes en el que incluyo San Fermín y en el que se ha llegado a los 69 asesinatos de mujeres a manos de hombres, en el que Juana Rivas ha tenido que esconder a sus hijos de un maltratador condenado y en el que un chaval de 15 años ha violado a una niña de 9).

Por que sé que me lo vais a preguntar, de las 372 mujeres, han compartido contenido en pro de la igualdad en el último mes 128 (un 34,4%)
O sea, todos esos tíos que a veces me dicen que no son machistas o que no quieren que nos maten, no han sido capaces ni siquiera de darle a un botón desde su móvil u ordenador. Y sí, os he repasado a todos y todas. Me ha llevado 4 horas, pero no me he dejado a nadie.

Y sí, hay algunos de vosotros que apenas comparten contenido, pero sí he visto contenido compartido en pos de la igualdad de clase, contra determinadas políticas, en defensa de unos principios o valores en concreto, pero mira, en defensa de la igualdad y de los derechos de la mitad de la población, incluso en la defensa de las fiestas de San Fermín desde el punto de vista de su lucha contra las agresiones sexistas, pues no.

Que no digo yo que compartir artículos, vídeos o memes que fomenten la igualdad sea lo único que se pueda hacer, pero sí que es de lo más sencillito. Tampoco digo que hagáis el tremendísimo esfuerzo de dejar de hacer chistes machistas, salirte del grupo Fototetas o decirle a tu colega que deje en paz a esa chica borracha en el bar, ¡dónde vamos a parar! ¡no vayamos a cambiar la sociedad demasiado!

Pero joder, 69 asesinatos en menos de 8 meses. Entro en Facebook y me encuentro lo que os digo. Pues mira, no vengáis a decirme que queréis que dejen de matarnos. Queréis que dejemos de morirnos y de molestar, no queréis cambiar nada. Para cambiar las cosas hay que actuar y no, no lo estáis haciendo. Majos.

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AVISO: No considero el número de publicaciones en Facebook un barómetro del comportamiento machista o no. Muchas mujeres y hombres de mis contactos realizan un activismo y se comportan de manera no machista y no publican nada en sus redes. Este artículo habla de quienes dicen querer cambiar las cosas, pero no hacen N A D A.
Para quienes se han sentido señalados, vuelvo a remitir al artículo: https://especialistaenigualdad.blogspot.com.es/2017/06/25-cosas-que-puedes-hacer-cada-dia-para.html

 

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Miedo, asco y orgullo en San Fermín

San Fermín. Sanfermines. Fiestas de San Fermín. Varias formas de nombrarlos e infinitas de vivirlos. Este año yo los he vivido un poco más que otros. Me he quedado todos aunque no haya salido todos los días. No sé, me ha parecido que había menos gente, pero no tengo mucho con que comparar porque llevo muchos años pisándolos de hurtadillas. Recuerdo hace más de una década pasar por Jarauta y notar manos en mi culo y cintura. También recuerdo mear en esa misma calle atestada de gente y que nadie se molestara en mirarme.

En San Fermín se torturan toros y se bailan gigantes preciosos. Se mea en la calle y se reutiliza el vaso para no generar desperdicios. Hay venta ilegal y bares que legalmente abusan en los precios. He estado en otras fiestas, en festivales, en ciudades turísticas en temporada alta y he visto más o menos el mismo nivel de contradicciones e incoherencia. A veces me pongo seria e intento cambiar las cosas hacia la dirección que yo creo que deben cambiar. Otras me canso y me río de todo con colegas con quienes nunca estaré de acuerdo. No sé, en unas décadas todo me lo sudará bastante.

Pero ayer sentí orgullo. El año pasado vi a Iruña pararse y unirse para dejar claro que no se iban a tolerar agresiones sexistas. No era la primera vez que ocurría pero sí la primera vez que yo lo vivía. Me sorprendió la respuesta. Es cierto que sigue habiendo agresiones de primera y de segunda (leed por favor este artículo de Amelia Tiganus sobre los puteros en SanFermines y la doble moral que no nos falta nunca) pero qué queréis que os diga, también es cierto que a veces me apetece fijarme en algo bueno. Este años volvimos a salir a la calle. No sólo eso. Dos chicas se atrevieron (porque aún hay que atreverse a ello, porque somos unas exageradas, porque “vaya histéricas”, porque “vosotras también tocáis culos”, porque “ya te has quejado tampoco la líes”), digo que se atrevieron a denunciar que las tocaran sin su permiso, que las sobaran, que las trataran como objetos a disposición de unos deseos totalmente controlables. Se atrevieron, denunciaron y ¡las tomaron en serio! Detuvieron a los agresores y a uno de ellos lo multaron. ¡Joder!, pues a mí que por fin se tome en serio una denuncia así me da esperanza. Ojalá los machirulos dejaran de tocar porque está mal, ojalá un día les dé la cabeza para entender por qué violar es horrible, pero mientras no les llegue la sangre a la cabeza que por lo menos tengan miedo a una multa, la cárcel o la castración química, lo que sea, pero que dejen de agredir y acosar.

Ayer hubo algo más que me hizo sentir un poco de orgullo. Creo que se puede hacer mucho más, creo que los hombres tienen que implicarse más en evitar ya no agredirnos sino en evitar que nos agredan (tengo a fuego la imagen de la chica a hombros de un chico defendiéndose de un tío que le mete mano y todo su alrededor riendo sin intervenir).

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Me gusta esta toma porque se ve la cara del agresor que es la que debe verse y la actitud de ella. Por desgracia también cómo se ríe el resto.

Creo que deben hacerlo y que además llegan tarde. Pero también veo que se hacen cosas. Desde la campaña de Acción contra la Trata #metachodemacho hasta la iniciativa de AHIGE (Asociación de Hombres por la Igualdad de Género). Y la sociedad en su conjunto también va poco a poco no sólo tomando conciencia del problema sino interviniendo. Las dos chicas agredidas sexualmente con intimidación en los últimos días en una peña han podido ver a sus agresores detenidos. De nuevo por su valentía de hablar (insisto, con culpabilización de las víctimas aún tan presente, hablar es una hazaña, ¡bravas!) y después la colaboración de quienes estaban en el local para parar la agresión y detener a los violadores (que no consiguieran violar no quiere decir que no lo sean, y no voy a poner supuestos porque no me da la gana). Además de eso las calles se llenaron de personas que teniendo más o menos claro de donde vienen estas agresiones (pues anda que no he acudido yo a manis de estas con la tontería esa en mi boca de “yo soy igualista” mea culpa) queremos que dejen de producirse.

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Y sí, ver este cartel en un montón de bares y peñas, ver que se toma en serio un tema que lo es y que se antepone la protesta a la fiesta, a mí me hace sentir orgullo. Hay días que quiero os muráis y la humanidad se extinga, y otros en los que creo que aún queda un poco de esperanza y quizá podamos dejar de jodernos. Soy un poco contradictoria, como todas las persona y todas las fiestas, incluidas los SanFermines, una fiestas en busca de la igualdad.

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Mi voz

La recuperé. Mi voz. O igual me la estoy inventando. Puede que la esté creando mientras la libero. He recuperado algo más que mi manera de decir las cosas, he encontrado lo que quiero decir. Todo el rato. Ya no me callo. No ha sido algo de golpe. Ni premeditado. Tuve que escuchar muchas voces que me habían sido negadas. Leerlas. Prestar oído a sus coños. Sentir sus voces y saberlas parte de mí. Descubrir sus colores. Descolgar cortinas de prejuicios. Comprender que todo lo que yo sentía, he sentido y sentiré ya ha sido sentido por otras. Y que está bien. Reconocerme en ellas como nunca antes me había reconocido en ningún libro, artículo, canción…

Yo* siempre he querido escribir y algunas veces he escrito cosas. Algunos años no pude escribir nada. Últimamente tengo que vomitarlo todo a través de un boli. Siempre me paralizaba una cosa: tenía que escribir bien, ser buena, lograr ver algo publicado. Así que nunca lo hice y, si lo hacía, el regusto era amargo, incapaz de releer una sola línea. Pero estuve leyéndolas a ellas, escuchando a mis compañeras, descubriendo voces que hablaban un lenguaje muy familiar. Por primera vez no quiero estar a la altura de “lOs clásicOs” o nada. Ya no quiero contar una historia que no sea la mía ni embellecer versos que no siento. Por que mi historia, mi sentir, mi vida no es para nada más importante que ninguna otra, pero es tan diferente como las demás y en ella vivo el mismo dolor, ilusión, angustia y felicidad que el resto. Y por eso quiero contarlo, porque al contarlo ellas, desatascaron mi voz. Por que un coro de voces llena las canciones de matices.

No fue fácil. Empezar a usar mi voz. No la reconocía. Raspaba. Me obligaba a ser consciente de mí. Ya no era muda y por eso no podía permanecer sorda a mí. Me perdí en murmullos y me gasté en gritos. A veces, mi voz escapaba en un ritmo rápido, con aliento convulso. Aún lo hace. Se desgarra en verdades afiladas y luego entona suaves susurros de consuelo. Se agrava. Baja el tono. Es una sábana más en mi cama en las noches de verano y un pelo de mis gatos en mi chaqueta. Ya viene siempre conmigo. Ya no la dejo en casa para que no moleste, para que no hable, para que no contradiga.

Ahora no necesito que nadie escuche esta voz. Mi voz ya no es un proyectil dirigido a oídos ajenos, sino que es una flor que rompe la semilla que fui, que soy (¿cuándo desaparece una semilla?) y su único fin es existir. Ser parte de ese jardín que otras valientes voces habitan.

 

 

*"En verdad, decir "yo" es un acto de fe" 
Alejandra Pizarnik en una  carta a su amiga Ivonne Bordelois. 
Pizarnik. Nueva Correspondencia (1955-1972) Ed. Lumen
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Me depilo para gustar

Sí. No me depilo por que me guste a mí. Mis pelos no me molestan mucho. Pero me molesta que alguien que me guste se fije en ellos. Así que me depilo. Para gustar. Yo, feminista, me depilo. Sin otro motivo que la aprobación ajena. En concreto de un chico muy mono que no se depila para gustarme, pero que a veces se afeita para verme.

Antes también me depilaba. Mucho más a menudo. Entonces a mí misma me gustaba más depilada. No como ahora, que me da un poco igual. Entonces no sabía que me depilaba para gustar. Pensaba que era una asquerosidad ir con pelos en los sobacos o que yo era un monstruo peludo. Pensaba que lo que estaba mal era yo por tener pelos.

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Ahora sé que mis pelos están bien. Que yo estoy bien. Y que si me depilo, es para gustar. Y ahora elijo un poco más. Elijo si quiero gustar depilada o sin depilar. Elijo si gustar vale más que arrancarme pelos. Elijo pasar de mandatos de género o adaptarme un ratito a ellos (que estar a la contra también cansa.

Eso es lo que me da poder. Lo que me empodera si queremos usar palabras de moda. No es depilarme o no. Sino saber. Saber por qué hago las cosas. Saber qué opresión estoy viviendo y decidir cómo lucho contra ella, en qué me enfoco. Yo hoy me depilo para gustar, pero eso no significa que gustar más depilada esté bien. No significa que tener que cambiar para que me miren sea correcto. Sé que no lo es. Sé que hay algo más si tengo que arrancarme parte de mí para encajar en un modelo de belleza. Sí, me gusta gustar a quien me gusta. Y también me canso de tener que luchar yo contra una opresión que no he pedido. Pero ahora que sé por qué lo hago, me siento un poco mejor. Hay quien no se depila, las admiro un poco, pero yo ahora no puedo. Y está bien así. De momento.

tener poder o empoderarse

 

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Prima tristeza

Recuerdo la primera vez que leí en mi libro de Psicología de la Emoción que la tristeza y la ira tenían funciones adaptativas. Resulta que son emociones y como cualquier emoción la evolución nos las ha puesto ahí por algo.

También recuerdo algo muy curioso que me dijo un psicólogo para el que trabajé: no se puede estar triste y enfadada a la vez. Son emociones antagónicas. De esto no he encontrado mucha literatura, aunque lo tengo bastante comprobado en la práctica.

De lo otro si guardo algún apunte que ahora no encuentro y varios enlaces que sí se encuentran por internet. Por lo visto, la tristeza tiene una función social y otra más introspectiva. La función social es la de conseguir ayuda y consuelo. Es imposible no ser más amables con una persona que está triste, aunque la odiemos un poco o mucho. Una persona que está triste da pena y fomenta nuestra compasión. Y cuando estamos tristes también sentimos apatía, con lo que nos dejamos ayudar más fácilmente. Hay personas que nos acostumbramos a no dejarnos ayudar o no sabemos pedir ayuda y cuando llega la tristeza aprendemos algo nuevo. No sólo a pedir ayuda, sino también a aceptarla con alivio, a sentirnos vulnerables sin miedo. Reconozco que empiezo a acostumbrarme a que me cuiden, me abracen y a decir que no a planes porque sólo tengo ganas de llorar. Ser vulnerable me hace sentir más fuerte. No me siento menos capaz por estar triste, al contrario, siento que poder estar triste es un regalo.

VÍDEO: El poder de la vulnerabilidad

En la tristeza se da una bajada de la energía y nos volvemos hacia dentro. Analizamos todo, repasamos cada detalle, nos volvemos un poco locas y lloramos y miramos al suelo. Es la parte introspectiva, la que nos va a dar claves para superar la situación que ha causado la tristeza. También nos paraliza. Nos obliga a dormir, a no quitarnos el pijama, a hibernar un poco y a coger fuerzas. Mientras el resto del cuerpo para, el cerebro no descansa. Se aprecia un aumento de la actividad neurológica. Y es que cuando estamos tristes no paramos de darle vueltas a eso que ocurrió hace 10 años, a lo que no hicimos el año pasado, a lo que no tendremos en unos meses…

Cunningham considera que la tristeza tiene la función de fomentar el auto-examen constructivo y se valoran otros aspectos de la vida que antes de la pérdida no se les prestaba atención.

La atención se vuelve hacia dentro, ya no prestamos atención a cosas externas y estas pierden importancia. De hecho, cuando estoy triste estoy menos estresada, cosas que serían un problemón en otro momento de repente me la sudan bastante. También me ocurre que vuelvo mucho a mi adolescencia, a ese momento en el que la tristeza estaba guay. No me pilló el movimiento “emo”, pero casi. La tristeza entonces era poética, lírica, daba bien en cámara… Así que ahí estoy, volviendo a escribir poesía, rescatando libros adolescentes y comiendo galletas oreo. Y tiene su punto. En serio. Me quejo mucho de estar triste, pero es en este agujero donde algunas estrellas lucen más y los ruidos del exterior apenas llegan. Hay que saber llevarlo y cuesta, cuesta mucho, pero saber que sirve para algo y tener con quien reírte de ello, ayuda. Mucho.

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Ilustración de SantaSuki

 

 

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Nubosidad variable – Carmen Martín Gaite

Hay en mi ciudad una librería que compra libros usados y luego los vende. Me encanta ganar el tiempo allí. Hace poco, en plena búsqueda de soluciones vitales, leí el libro de Marie Kondo “La magia del orden” y me desprendí de un montón de cosas, entre ellas 120 libros. Ame, del blog Incondicionalmente, fue más allá, su post me animó a conseguir el libro. No sé cómo lo hice, pensaba que los libros eran algo de lo que nunca sería capaz de desprenderme, pero bueno, me encanta sorprenderme a mí misma.

Tan emocionada estaba que se lo conté a todo el mundo y mi madre, que andaba sepultada entre cajas de libros desde que se mudó hace un año, decidió seguir mi ejemplo. Llamó a la librería, se llevaron un buen puñado de libros y también se sintió liberada.

Bien, ¿y esto por qué lo cuento? Pues porque el otro día, leyendo el libro “Nubosidad variable” de Carmen Martín Gaite pensé en esas extrañas conexiones. El libro lo compré en la librería a la que mi madre y yo habíamos vendido los libros. De hecho, el libro me sonaba ya, quizá por eso lo elegí. Lo estaba leyendo en la cama y me di cuenta que sus esquinas habían sido dobladas anteriormente, y me recordó a la manera que tiene mi madre de doblar las esquinas de los libros. Que, me diréis, tampoco hay muchas manera de doblar la esquina de un libro. Pues no. Pero yo hasta ese momento no conecté ese libro con mi madre, ni con la librería.

“Nubosidad variable”

Nubosidad Variable de Carmen Martín Gaite
El libro que ¿recuperé? en una librería

Yo nunca leo sólo un libro, ahora mismo andaré con uno 5 dando vueltas por mi cama, mi orejero, mi mesilla y mi mochila. Y mientras leo, suelo apuntar frases o reflexiones. El otro día, leyendo el Diario de Anaïs Nin y sintiendo que me leía a mí misma, apunté “¿Elegimos nosotras las lecturas o las lecturas nos eligen a nosotras?”. Así me siento esta semana leyendo esta novela de Carmen Martín Gaite. Y ahora sí, entro en el tema.

La novela, como dice su sinopsis, es “la historia de dos mujeres, amigas en su infancia, a las que la vida ha hecho tomar caminos distintos: ama de casa la una, psiquiatra de éxito la otra. Tras treinta años de separación, un fortuito reencuentro reavivará una amistad que perdura a través del tiempo, lo desamores y los deteriores personales y desencadenará en ambas una profunda revolución interior”.

Yo aún no he llegado a la parte de la revolución interior de las protagonistas, pero ya la voy oliendo. Os recomiendo muy mucho este libro desde antes de acabármelo, pero hacedlo si estáis dispuesta a replantearos cosas de vuestra vida o las tenéis ya muy claras. A mí me está suponiendo una revisión de mi estado actual en muchos ámbitos.

Las protagonistas, Sofía y Mariana, se escriben cartas. No sé muy bien si se las escriben a la otra o se escriben a sí mismas aunque luego las envíen por correo. Algo parecido me pasa con mi amiga Elena, hemos recuperado de alguna manera esa manera de comunicarnos. Y cada vez que empiezo una carta no sé si me dirijo a ella o a mí.

Resumiendo, son dos amigas que se encuentran pasados 30 años de su último encuentro y empiezan a ponerse al día. Remueven lo que las distanció en el pasado, se cuentan cómo eso las hizo cambiar y se autodescubren actuando de maneras extrañas en una vida que se les hace distante vista desde el prisma de la adolescencia que recuerdan. A mí me está gustando, pero tengo que tomarlo en pequeñas dosis. Ayer lo abracé con cariño, tras estar con mi amiga de siempre que ya no es la de siempre, volvía a pensar si este libro no me habrá elegido a mí.

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Mi amiga de siempre que ya no es la de siempre

Hoy una gran amiga ha empezado un blog. El mismo día que yo estreno este. Hacía meses que no nos veíamos y se nos ha puesto la piel de gallina a la vez. Nos hemos leído en palabras de otras personas y nos hemos reconocido. No es con la única persona con quien me pasa. Tengo la suerte de tener grandes amistades, cada una especial y distinta.

Pero hoy he estado con ella. Nos conocemos desde hace más de 15 años. Conectamos pronto. Nos queremos. No nos vemos mucho. No hace falta. Podemos pasar temporadas sin vernos, incluso sabiendo muy poco la una de la otra. Y eso que vivimos en la misma ciudad. No nos importa mucho. A mí no me importa. Creo que a ella tampoco. Lo sé por que cuando nos vemos es como si hubiera pasado mucho tiempo. Sí, ya sé, lo normal es decir “¡parece que no ha pasado el tiempo!” o “cada vez que nos vemos es como si nos hubiéramos visto ayer“. Pues no, en nuestro caso el tiempo pasa, y en ese tiempo nos ocurren muchas cosas. Y cambiamos. O no cambiamos. A veces los cambios son tan grandes que no se notan por fuera y otras veces son simples cambios en la vida: nuevo trabajo, nueva discusión, nueva afición…

Hoy, que yo sentía que estaba con mi amiga de siempre, hablando de las cosas de siempre (o sea, de nosotras y nuestros cambios), solucionando nada como siempre, ella me ha dicho algo que me ha dejado pensando: “ya no podemos tener la misma conversación que hace siete años, evolucionamos, las personas cambiamos”. Y tiene razón, mi amiga de siempre que ya no es la de siempre.

Todo esto echa un poco por tierra la idea de que las buenas amigas no cambian. ¿O no? Para mí la magia de la amistad radica en eso, en reencontrarte siempre, con todos tus cambios. Ella anda su camino, yo ando el mío. Salimos de distintos puntos. Pero siempre compartimos un trozo del trayecto, o pasamos noche bajo el mismo techo. Ella lleva un ritmo. Yo llevo otro. Pero siempre hay un momento y en ese momento, todo es distinto, pero la conexión es la misma.

No me podéis decir que eso no es magia de la buena, que siendo tan distintas, pasando experiencias distintas, teniendo ritmos distintos, cambiando de distinta manera, sigamos conectadas. Y queriéndonos mucho.

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