Publicado en Feminismo, Te cuento mi vida, veganismo

Autorevolución

Entrada publicada hace un año en Proyecto Kahlo
Ilustrada por Patricia Corrales
Enlaces añadidos a posteriori

 

Lo personal es político

Lo personal es político.

No recuerdo cuando fue que oí o leí esta frase por primera vez, pero sé que no la entendí. Quizá ahora empiece a hacerlo. Son cuatro palabras que dicen demasiado.

Recuerdo aún cuando yo decía “ni machismo, ni feminismo, yo creo en la igualdad”, me da vergüenza admitirlo, pero fui de esas. De las que no sabían lo que era el feminismo. Pero a la vez me llena de orgullo haberlo sido y haberme movido lo suficiente para ser feminista.

A mí el feminismo me ha dado mucho. Gracias al feminismo voto y gracias al feminismo dejo de competir con mujeres para comenzar a abrazamos. El feminismo me ha abierto las puertas al autocuidado y me ha permitido acercarme a otras culturas con otra mirada.

Y como soy agradecida de nacimiento o de socialización, pues yo pensaba qué podía hacer yo por el feminismo, es decir, por mis hermanas. No tengo el don de la oratoria, ni tengo una profesión de esas que cambian el mundo, tampoco el arrojo para darlo todo por las personas más desfavorecidas. Entonces empecé a hacer lo mío: estudiar, aprender y descubrir nuevas cosas.

Investigué sobre mi menstruación. La amé (la amo), la veneré (la venero), la acogí (la acojo) y lo proclamé. Mis dolores premenstruales desaparecieron, mi entorno empezó a conocer sus fases menstruales, la copa menstrual estaba en boca de todo el mundo, yo cancelaba citas para descansar mientras mi endometrio se contraía. Algo había cambiado. Mi mundo había cambiado. Me contagiaba de mundos cambiantes y contagiaba a otros mundos mi cambio.

Lo menstrual se hacía político.

Empecé a pasar más tiempo con mis gatos. Empecé a leer sobre especismo. Empecé a leer sobre consumo sostenible. Pregunté y más gente se hizo esas preguntas conmigo. Soy vegana. Mi nevera ha cambiado. Mi relación con mi entorno ha cambiado. Siento que decido más con mi cartera que con mi voto. Cada día tomo decisiones que van más allá de mi interés personal. Mi percepción ha cambiado.

El consumo se hacía político.

Oí hablar de micromachismos, de mansplainning, de ocupación de espacios… Observaba en el bus urbano cómo actuaba cada persona definida como hombre o como mujer. Jugué. Si un hombre invadía mi espacio abriéndose de piernas, yo me abría más e invadía el suyo. Guerreaba en cada viaje al trabajo. Expresiones de disgusto, de sorpresa, de desagrado. Me empezaba a sentir cómoda en mi cuerpo, en mi sitio, ocupando espacio y moviéndome a mi antojo. Mi presencia había cambiado. Las personas me veían y algunas me imitaban.

El cuerpo se hacía político.

Me cansé de cuidar. Me arranqué el rol de cuidadora del resto de personas. Me cuidé a mi misma. Busqué mi sitio, mi fortaleza, me acomodé en mi para estudiarme a mí. Me analicé, me disfruté, me reencontré. Bailé (bailo) desnuda, abracé (abrazo) a mi niña interior, volví (estoy) a la magia, poemé (poemo) en los semáforos. Y entonces lo vi. La revolución no cambia el mundo. La revolución cambia a las personas que cambian el mundo.

Lo personal es político.

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Publicado en Emociones, Te cuento mi vida

Miedo, tengo miedo

Tengo miedo. Tengo los ovarios en la garganta, el estómago en el pecho y el corazón callado. De nuevo, he tomado una decisión que nunca antes había tomado, no sé qué viene después. Lo veo todo de mil colores, veo multitud de caminos, tantas opciones a mi alcance que me paralizo. Y paralizarme me aterra. Así que vuelvo a lo conocido, a los cursos, los libros, la acción, dejarme llevar… Mis vísceras me gritan, ¡para! Y yo les susurro “callad, sólo un poco más, sólo hasta que esté segura”. Pero nunca lo estoy. Y según veo nunca lo estaré.

Decidir ser, más allá de hacer, conseguir o querer, es muy arriesgado. Todo se vuelve del revés. He decidido hacer caso a alguien que no tiene ni idea de la vida, A MÍ. ¿Y ahora qué? He dado otro paso alejándome de lo que ya no quiero, pero cómo estar seguro de que me acerca a lo que quiero. ¿Cómo me aseguro de que lo que quiero es lo que quiero? ¿Y si mañana cambio de idea, tendré que desandar el camino?

Es cierto, que noto una extraña confianza en la vida y en mí misma. Pero, claro, esa sensación también es nueva. Y cuando algo es nuevo, suelo pensar que trae algo oculto. Así que ante la confianza me muero de miedo por pensar que es temeridad o ingenuidad. Y vuelta otra vez.

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Sólo conozco dos manera de superar ese miedo y a ellas me aferro. La primera es el deseo. Si no tengo muy claro hacia donde tirar, voy a hacer lo que me apetezca, que por lo menos voy a disfrutar mientras tanto. Esto lleva implícito también la acción, aunque estoy aprendiendo también a parar y vaciarme, para llenarme de deseos renovados. No sé por qué pero esto funciona de una manera mágica. No me da de comer, pero me llena de tranquilidad y de momentos muy especiales.

La otra manera es admirar a personas que también han tenido miedo. Tengo la enorme suerte de estar rodeada de mujeres maravillosas que han atravesado sus miedos o los están atravesando y no ocultan nada del proceso. No me ayudan nada los casos de éxitos, los “la crisis me ayudó a conocer mi vocación y triunfar”. No, a mí me gusta cuando gente que hace lo que quiere explica que ser autónoma da lo justito para pagar el alquiler, pero te regalan entradas para conciertos. Me gusta cómo lo cuenta Diana Aller en su blog, me gusta cuando Erika Irusta cuenta la de vueltas que ha dado para crear su gran proyecto Soy1Soy4 o para compartirse en “Diario de un Cuerpo”, me gusta cuando mis mejores amigas se sienten perdidas y agobiadas ante proyectos que yo sé que son más que capaces de llevar a cabo o cuando deciden perderse a propósito yendo a Santiago. Me gusta ver a mujeres capaces enfrentando sus inseguridades y los obstáculos que nos pone esta sociedad. Así no me siento engañada. No he elegido un camino fácil, no he elegido hacerme rica, he elegido intentar vivir como yo quiero y eso no va a ser sencillo. Pero las veo a ellas, veo a Amelia sonriendo en tras dar una charla, a Patricia inventando cada día una nueva manera de mejorar el mundo y luego tomándose su merecida caña o Fátima creando un proyecto tras otro e insuflando fuerza a todas quienes le rodeamos desde su modesto piso de alquiler y sé que puede merecer la pena. Sé que a ellas les merece la pena.

Sigo muerta de miedo, ellas me han contado todo el esfuerzo que requiere vivir a la manera de una. Sin embargo, me siento muy acompañada en ese miedo y eso da fuerzas. Muchas.

Publicado en Emociones, Te cuento mi vida

Mi madre no llora

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Mi madre no llora.

Mi madre, que de niña soñaba con casarse y hoy está divorciada, no llora.
Mi madre, que se sentía fuerte cuidando y hoy le ayudan a ducharse, no llora.
Mi madre, que enjugó nuestras lágrimas y ahora ve como caen por ella, no llora.
Mi madre, que siempre escuchó a todo el mundo y ahora tiene un teléfono mudo, no llora.
Mi madre, que luchó por mi independencia y ahora depende de mí, no llora.

Mi madre no llora y lloro yo por ella.

Son tantas sus lágrimas reprimidas que me ahogan la garganta,
me llenan el estómago,
se derraman por mi útero,
asfixian mis pulmones.

Lloro sus lágrimas.
Porque mi madre no llora.

Mi madre no llora porque la llamaron tonta y se lo creyó.
Mi madre no llora porque la dejaron sola y no supo por qué.
Mi madre no llora porque recuerda y sabe que hizo bien.
Mi madre no llora porque cada mañana es su lucha.

Mi madre no llora.
Porque para llorar hay que poder.

Y yo le escupo lágrimas de impotencia.
Y yo le lanzo lágrimas de desesperación.
Y yo le acerco mis lágrimas de culpa.
Y yo le suplico lágrimas.

Le mojo su piel seca.
Le empapo su pena. Que es la mía. Empapadas se confunden.
Le inundo su no vida.

Me derramo y me vacío.

 

Lloro.
Mi madre no llora.

Publicado en Emociones, Te cuento mi vida

Yo, ¿soy?

Entrada publicada hace un tiempito ya en El Camino Rubí.

Yo. ¿Soy? ¿Quién soy? ¿Soy la que lloró los tres primeros años de su vida sin parar? ¿Soy una veces la “campeona” que alcanzaba la cima y la “falsa” que se quejaba antes de hacerlo? ¿Soy la que necesitaba que su madre la cuidara o la que la cuidaba a ella? ¿Soy la que sacaba buenas notas? ¿Soy vaga? ¿Soy la que se volvió loca a los 18 años? ¿Soy la madura y centrada que aprovechó esa locura para aprender a no quejarse?

Soy la que se reconstruyó para poder romperse ahora de nuevo. Soy la que no para de apuntalarse, destrozarse y volverse a levantar. La que teme mirar de frente sus ruinas. La que se siente atraída por ellas.

Ante mí, un precipicio. Me atrrae y me aterra (sí, “atrrae” con doble r, con las misma letras que “aterra” porque para mí siempre han sido sinónimos, ¿o no? ¿o me estoy inventando un “siempre” que me de la coherencia que ninguna vida ni personalidad tiene?).

El precipicio que más miedo me ha dado desde que aprendí a descubrir mis precipicios. Aquel al que siempre me asomo y al que nunca salto.

Llega el momento. Se acabaron las excusas. Toca conocerme. Y estoy muerta de miedo.

Lo que más miedo me da de mí es no gustarme, decepcionarme, odiarme, perder mi derecho a ser querida (mi terapeuta me dijo que en el momento en que existimos ya merecemos amor, sólo por existir, ¿os lo podéis creer? Nacer y que te quieran sin haber hecho nada aún, sin haber logrado nada. Lo fuerte es que yo fui querida, pero nunca creí que fuera por existir. Es algo que aún no me entra en la cabeza. ¿Así, amor gratis, sin pagar nada a cambio?).

Llevo años construyendo un sistema de apoyos, recursos y herramientas propias que yo misma me he construido para ser feliz, para que las cosas no duelan tanto, para vivir en la fantasía de que yo soy lo que yo construyo, que yo me merezco ser querida porque “mira mamá, mira papá, ya no doy problemas, ya soy autosuficiente, autónoma, os cuido y ¡hasta os riño!” ¿Y si en el fondo no quiero esto, o no soy así, y si yo sólo quiero…? ¿Qué quiero?

Vale, venga, voy a por ello, me descubro, me conozco y me responsabilizo.

¿Me responsabilizo? Uuuhhh, eso no sé si me mola tanto. Hasta ahora si algo salía mal, como lo había hecho por no decepcionar a mi padre, o por cuidar a mi madre, o para calmar a mi tía, o para defenderme de mi hermana, podía eludir la responsabilidad, tenía un motivo para haberla cagado, haber hecho daño, culpar a otras personas, fustigarme por ser “demasiado buena”. ¡¡¡EXCUSAS!!! Ahora ya no las tendré. Cuando me conozca, tocará aprenderme, luego quererme y finalmente responsabilizarme. Ya no habrá motivos, sólo uno: YO LO DECIDIRÉ TODO MÁS LIBREMENTE. ¿Asusta o no?

Sin embargo, me muero de ganas. Me impaciento por ver qué decido, qué elijo, cómo manejo mi vida desde la mayor libertad a la que puedo aspirar. ¿Me atreveré? ¿Se romperá mi mundo? ¿Me romperé yo? ¿Me reconstruiré igual o tomaré otra forma?

Sigamos con este arranque de sinceridad. Venga, en voz alta:

ME DA MIEDO NO GUSTAR A NADIE. ME DA MIEDO QUE ME IMPORTE NO GUSTAR A NADIE.

Tantos años trabajando para que la opinión ajena me resbale, cuidando mi autoestima, disfrutando la soledad, pero me sigue dando miedo exactamente lo mismo. Es más, en mi más absoluta falta de modestia diré que me aterra (y ahora no me atrae) no ver nada extremo en mí, ni bueno ni malo. Descubrirme como una persona plana, tibia, mediocre, del montón. Ese tipo de persona a quien yo siempre he despreciado desde mi pedestal de barro de creer que debajo de mí brilla algo distinto.

Pero vamos a pensarlo bien. ¿Conozco a ese tipo de personas que digo despreciar? ¿Ni una? ¿Por qué tengo tanto miedo a no ser especial, o a que todas las personas seamos especiales y por lo tanto ser especial sea lo común. ¿Qué es ser especial? Especial es el antónimo de común, y común es cuando algo se repite, con lo cual, tanto especial como común necesitan de otras personas, de la comparación con ellas. Si dejamos de compararnos ambas etiquetas pierden sentido. ¿Es posible dejar de compararnos? Como seres sociales que somos siempre vamos a relacionarnos con otras personas, incluso la no relación es una manera de interactuar. ¿Implica eso necesariamente la comparación?

Volvamos a mí, que entre lo que me cuesta usar la primera persona y lo que me gusta filosofar, sigo bordeando el precipicio. Miro mi cuerpo. Este cuerpo que cambia cada año, engorda, adelgaza, se tonifica, se ablanda, se quiere, se odia. Hace meses, cuando entré en esta maravillosa casa, descubrí que soy un cuerpo. Y ahora me escucho. Y sé que soy más sabia. Y cuando no quiero estar conmigo sé que algo va mal. Pero también soy algo más que cuerpo. Puede que el cuerpo sea el puente, pero no sé cómo bajarlo, no sé cómo cruzarlo aún. (Cómo bajarme, cómo cruzarme) Chirría y se mueve. (Chirrío y me muevo) Muchas veces cambia de sitio. Puede que esa sea yo, un ente en constante cambio. También puede que cambie tanto para huir de quien soy. En serio, esto no puede ser tan difícil. Estoy llorando y me siento absurda, me siento perdida.

Ahora no quiero saltar el precipicio, no quiero hacer el esfuerzo para encontrarme algo que no me guste.

Sí, quiero saltar. Estoy inquieta, efervescente, huidiza, replegada en mí, abierta al mundo. Un fuerte impulso late, me pide que salte al precipicio. Ya he deconstruido mi educación, a mi madre, a mi padre, puedo seguir deconstruyendo todo mi alrededor y luego volver a construir todo un poblado junto al precipicio. Pero tengo que saltar, tengo que mirarme cara a cara, abrazarme, arriesgarme a deconstruirme yo misma. No sé cómo hacerlo. Exorcizar estos miedos me parecía el primer paso lógico. No me siento mejor, no me siento peor. Me siento yo.

Yo siento. Yo siento. Yo siento.

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Publicado en El Mono Revista Cultural, Te cuento mi vida

El Circo de los Artistas

Artículo publicado en Nº 55 Especial Circo de Revista El Mono

Opino (y no pienso avalar mi opinión con ningún estudio ni estadística que para eso es opinión y no certeza y para eso escribo en este panfletillo y no en un medio politizado por el capital), opino, digo, que casi todas las mujeres, chicas, chavalas, tías nos hemos flipado, enamorado, pillado por un artistilla o, por lo menos, lo hemos idealizado, idolatrado o imaginado con su lengua entre nuestras piernas. Esto es así. Y ese aura de salvadores del universo (cultural o general, ahí ya los distintos grados de ego generan matices) es como que nos la creemos. Como si un artista fuera más útil a la humanidad que un mecánico (que nos permite largarnos lejos de esos egos) o un barrendero (que ayuda a que la pestilencia de nuestra existencia no nos deprima más de lo necesario). Pero llega un artistilla de esos que dedican todo su tiempo, conversación y gestualidad a una hobby que a veces les da para comer (lo cubatas se los pagamos pringadas como nosotras) y decidimos que si nos mira un poquito de vez en cuando en lugar de a su hobby, pues molamos más que esas tías que disfrutan del tiempo y las curtidas manos de un mecánico.

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Estas uñas son obra de un artistilla fijo

Tampoco desesperéis. O sea, lo de fliparse por artistillas es una fase. Basta conocer a uno y pasar unos meses sufriendo su egolatría y machismo (pero vestidico de izquierdismo tan pedante que pasa la criba del libfem) para que extrañéis hasta el Marengo y sus prototípicos canallas. Es así, mucha bohemia, mucha droga, mucha libertad, pero tú espera y concédeme exclusividad, que yo mientras voy de atormentado y lloro un poco y tú no me comprendes y mi masculinidad se duele y retuerce si tú prefieres pasar de todo y tomarte un cubata con tus colegas y luego irte a tu casa sola. ¿Sola? Como si fuera mejor comer bocatas en pelotas a ver cómo cae mi “llamémosle masculinidad porque decir pene es demasiado obvio” mientras te explico que es muy duro ver los entresijos del arte y de la industria que todo lo mercantiliza. Porque tu coche lo compraste en una tienda de comercio justo, claro que sí, majete. Pues eso, tías, que nos han metido dos movidas chungas en la cabeza que nos joden un rato. Una es que necesitamos el amor entendido como pareja exclusiva que así mola más (¿seriously? ¿a quién?) y otra que si un tío con ínfulas creativas (es la movida de mi trayectoria hetero, que no puedo hablar de artistas tías porque no domino el tema) te hace un poco de caso entre pedrada y pedrada tienes que hacerle caso, agradecérselo y dejar un poco de lado tu vida, tus ganas de follar con cualquiera e incluso tu bocata de medianoche, porque ellos pueden ser irracionales, inconstantes, emocionales, inestables y todo de lo que se nos acusa a nosotras cuando quieren denostarnos (ganas tenía de usar ese verbo) siempre que sea para crear mierdecillas que no arreglan ni una culata ni te limpian los cristales. Ey, pero te alimentan el espíritu, que encima eso no engorda.

Publicado en Feminismo, Te cuento mi vida

No conozco hombres feministas, ¿o sí?

Chicos, chavales, hombres, muchachos, tíos que afirmáis en mi cara que queréis ser feministas, que no sois machistas, que estáis contra el maltrato y los asesinatos a mujeres, bien, olé por tener corazón y algo de moral. Aplauso.

¿Puedo seguir?

Cuando venís de majos a desmontar los argumentos con los que defiendo la igualdad, señalando la violencia de género simbólica e institucional, me preguntáis por el “hembrismo”, las denuncias falsas, lo duro que es que se espere de vosotros que folléis siempre (pobres, nosotras preocupadas por que nos violen y sin ponernos en vuestro lugar)… Cuando venís así invalidáis todo lo anterior.

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Y si os lo hago ver queréis que os ilumine con mis supuestos superconocimientos de feminismo aportándoos estudios, datos, definiciones… No sé si sabéis que apenas hay estudios reglados de feminismo, aunque por suerte estén aumentando. Hay mujeres y plataformas que hacen un gran trabajo de enseñanza y educación. Pero hasta donde sé, lo justo se habla del movimiento sufragista en los libros de historia, filosofía y ciencias sociales de los colegios. Y eso que es la parte favorita del patriarcado, “ya podéis votar, ahora callaros, dejad de leer y molestar y votad lo que os digamos” (a veces me pongo de un Victoria Kent que atufo).

O sea, que yo no tuve un hada madrina que subió del maravilloso infierno feminista donde se queman todas las brujas a darme clases especiales y a imbuirme pensamiento crítico y ganas de hacer algo con una varita mágica. Fui yo, poquito a poco, con la ayuda de mis compañeras quien se fue empapando, quien se hizo preguntas y buscó las fuentes para contestarlas, quien se acercó a mujeres que sabían más y preguntó para escuchar respuestas (preguntar para contraargumentar no ayuda mucho a aprender, o sea, que la próxima vez que queráis preguntar “¿y las denuncias falsas, qué?” o lo hacéis para que te explique este artículo de Miguel Lorente o no pienso gastar más saliva que la que emplee en decir “adiós”). Cuando yo preguntaba, se me daba una cortita explicación y seme remitía a artículos de sociólogas, comunicadoras, filósofas, investigadoras, políticas y periodistas duchas en la materia. Y yo leía esos artículos, incluso algún libro. ¡Ey, sorpresa! Leyendo se puede aprender mucho. Si me parecía interesantes los compartía, los recomendaba y los comentaba. Fue mi primera aportación a la lucha contra la violencia machista, la cultura de la violación, la cultura de la pederastia y la lucha feminista. Antes incluso de entender que lo personal es político y empezar a realizar cambios más profundos.

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Me encuentro tíos que me dicen que quieren hacer algo para que no nos maten, pero ni siquiera son capaces de leer un artículo que explique las causas de esos asesinatos, no digo buscarlo, ¡por favor!, digo leerlo cuando se lo envías. Y si no son capaces de leer sobre aquello que dicen querer evitar, ¿cómo van a hacer algo para evitarlo? También hay artículos sencillitos sobre qué pueden hacer para que dejen de matarnos. Incluso en formato revista, como este en forma de lista.

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Y que incluso hay documentales para quien no quiera leer. O entrar en Facebook y compartir las cifras de asesinatos machistas.

Como seguro que hay alguien que me dice que todo es mentira y que le dé datos, he hecho un experimento casero:

Tengo 656 contactos en mi perfil personal de FB. De los cuales 223 se han categorizado como hombres y 372 como mujeres (61 son páginas profesionales). De los 223 hombres de mi Facebook sólo 17 (un 7,6%) han compartido contenido que promueve la igualdad en el último mes (mes en el que incluyo San Fermín y en el que se ha llegado a los 69 asesinatos de mujeres a manos de hombres, en el que Juana Rivas ha tenido que esconder a sus hijos de un maltratador condenado y en el que un chaval de 15 años ha violado a una niña de 9).

Por que sé que me lo vais a preguntar, de las 372 mujeres, han compartido contenido en pro de la igualdad en el último mes 128 (un 34,4%)
O sea, todos esos tíos que a veces me dicen que no son machistas o que no quieren que nos maten, no han sido capaces ni siquiera de darle a un botón desde su móvil u ordenador. Y sí, os he repasado a todos y todas. Me ha llevado 4 horas, pero no me he dejado a nadie.

Y sí, hay algunos de vosotros que apenas comparten contenido, pero sí he visto contenido compartido en pos de la igualdad de clase, contra determinadas políticas, en defensa de unos principios o valores en concreto, pero mira, en defensa de la igualdad y de los derechos de la mitad de la población, incluso en la defensa de las fiestas de San Fermín desde el punto de vista de su lucha contra las agresiones sexistas, pues no.

Que no digo yo que compartir artículos, vídeos o memes que fomenten la igualdad sea lo único que se pueda hacer, pero sí que es de lo más sencillito. Tampoco digo que hagáis el tremendísimo esfuerzo de dejar de hacer chistes machistas, salirte del grupo Fototetas o decirle a tu colega que deje en paz a esa chica borracha en el bar, ¡dónde vamos a parar! ¡no vayamos a cambiar la sociedad demasiado!

Pero joder, 69 asesinatos en menos de 8 meses. Entro en Facebook y me encuentro lo que os digo. Pues mira, no vengáis a decirme que queréis que dejen de matarnos. Queréis que dejemos de morirnos y de molestar, no queréis cambiar nada. Para cambiar las cosas hay que actuar y no, no lo estáis haciendo. Majos.

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AVISO: No considero el número de publicaciones en Facebook un barómetro del comportamiento machista o no. Muchas mujeres y hombres de mis contactos realizan un activismo y se comportan de manera no machista y no publican nada en sus redes. Este artículo habla de quienes dicen querer cambiar las cosas, pero no hacen N A D A.
Para quienes se han sentido señalados, vuelvo a remitir al artículo: https://especialistaenigualdad.blogspot.com.es/2017/06/25-cosas-que-puedes-hacer-cada-dia-para.html

 

Publicado en Feminismo, Te cuento mi vida

Miedo, asco y orgullo en San Fermín

San Fermín. Sanfermines. Fiestas de San Fermín. Varias formas de nombrarlos e infinitas de vivirlos. Este año yo los he vivido un poco más que otros. Me he quedado todos aunque no haya salido todos los días. No sé, me ha parecido que había menos gente, pero no tengo mucho con que comparar porque llevo muchos años pisándolos de hurtadillas. Recuerdo hace más de una década pasar por Jarauta y notar manos en mi culo y cintura. También recuerdo mear en esa misma calle atestada de gente y que nadie se molestara en mirarme.

En San Fermín se torturan toros y se bailan gigantes preciosos. Se mea en la calle y se reutiliza el vaso para no generar desperdicios. Hay venta ilegal y bares que legalmente abusan en los precios. He estado en otras fiestas, en festivales, en ciudades turísticas en temporada alta y he visto más o menos el mismo nivel de contradicciones e incoherencia. A veces me pongo seria e intento cambiar las cosas hacia la dirección que yo creo que deben cambiar. Otras me canso y me río de todo con colegas con quienes nunca estaré de acuerdo. No sé, en unas décadas todo me lo sudará bastante.

Pero ayer sentí orgullo. El año pasado vi a Iruña pararse y unirse para dejar claro que no se iban a tolerar agresiones sexistas. No era la primera vez que ocurría pero sí la primera vez que yo lo vivía. Me sorprendió la respuesta. Es cierto que sigue habiendo agresiones de primera y de segunda (leed por favor este artículo de Amelia Tiganus sobre los puteros en SanFermines y la doble moral que no nos falta nunca) pero qué queréis que os diga, también es cierto que a veces me apetece fijarme en algo bueno. Este años volvimos a salir a la calle. No sólo eso. Dos chicas se atrevieron (porque aún hay que atreverse a ello, porque somos unas exageradas, porque “vaya histéricas”, porque “vosotras también tocáis culos”, porque “ya te has quejado tampoco la líes”), digo que se atrevieron a denunciar que las tocaran sin su permiso, que las sobaran, que las trataran como objetos a disposición de unos deseos totalmente controlables. Se atrevieron, denunciaron y ¡las tomaron en serio! Detuvieron a los agresores y a uno de ellos lo multaron. ¡Joder!, pues a mí que por fin se tome en serio una denuncia así me da esperanza. Ojalá los machirulos dejaran de tocar porque está mal, ojalá un día les dé la cabeza para entender por qué violar es horrible, pero mientras no les llegue la sangre a la cabeza que por lo menos tengan miedo a una multa, la cárcel o la castración química, lo que sea, pero que dejen de agredir y acosar.

Ayer hubo algo más que me hizo sentir un poco de orgullo. Creo que se puede hacer mucho más, creo que los hombres tienen que implicarse más en evitar ya no agredirnos sino en evitar que nos agredan (tengo a fuego la imagen de la chica a hombros de un chico defendiéndose de un tío que le mete mano y todo su alrededor riendo sin intervenir).

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Me gusta esta toma porque se ve la cara del agresor que es la que debe verse y la actitud de ella. Por desgracia también cómo se ríe el resto.

Creo que deben hacerlo y que además llegan tarde. Pero también veo que se hacen cosas. Desde la campaña de Acción contra la Trata #metachodemacho hasta la iniciativa de AHIGE (Asociación de Hombres por la Igualdad de Género). Y la sociedad en su conjunto también va poco a poco no sólo tomando conciencia del problema sino interviniendo. Las dos chicas agredidas sexualmente con intimidación en los últimos días en una peña han podido ver a sus agresores detenidos. De nuevo por su valentía de hablar (insisto, con culpabilización de las víctimas aún tan presente, hablar es una hazaña, ¡bravas!) y después la colaboración de quienes estaban en el local para parar la agresión y detener a los violadores (que no consiguieran violar no quiere decir que no lo sean, y no voy a poner supuestos porque no me da la gana). Además de eso las calles se llenaron de personas que teniendo más o menos claro de donde vienen estas agresiones (pues anda que no he acudido yo a manis de estas con la tontería esa en mi boca de “yo soy igualista” mea culpa) queremos que dejen de producirse.

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Y sí, ver este cartel en un montón de bares y peñas, ver que se toma en serio un tema que lo es y que se antepone la protesta a la fiesta, a mí me hace sentir orgullo. Hay días que quiero os muráis y la humanidad se extinga, y otros en los que creo que aún queda un poco de esperanza y quizá podamos dejar de jodernos. Soy un poco contradictoria, como todas las persona y todas las fiestas, incluidas los SanFermines, una fiestas en busca de la igualdad.