Publicado en Emociones, Te cuento mi vida

Mi madre no llora

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Mi madre no llora.

Mi madre, que de niña soñaba con casarse y hoy está divorciada, no llora.
Mi madre, que se sentía fuerte cuidando y hoy le ayudan a ducharse, no llora.
Mi madre, que enjugó nuestras lágrimas y ahora ve como caen por ella, no llora.
Mi madre, que siempre escuchó a todo el mundo y ahora tiene un teléfono mudo, no llora.
Mi madre, que luchó por mi independencia y ahora depende de mí, no llora.

Mi madre no llora y lloro yo por ella.

Son tantas sus lágrimas reprimidas que me ahogan la garganta,
me llenan el estómago,
se derraman por mi útero,
asfixian mis pulmones.

Lloro sus lágrimas.
Porque mi madre no llora.

Mi madre no llora porque la llamaron tonta y se lo creyó.
Mi madre no llora porque la dejaron sola y no supo por qué.
Mi madre no llora porque recuerda y sabe que hizo bien.
Mi madre no llora porque cada mañana es su lucha.

Mi madre no llora.
Porque para llorar hay que poder.

Y yo le escupo lágrimas de impotencia.
Y yo le lanzo lágrimas de desesperación.
Y yo le acerco mis lágrimas de culpa.
Y yo le suplico lágrimas.

Le mojo su piel seca.
Le empapo su pena. Que es la mía. Empapadas se confunden.
Le inundo su no vida.

Me derramo y me vacío.

 

Lloro.
Mi madre no llora.

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Publicado en Emociones, Te cuento mi vida

Yo, ¿soy?

Entrada publicada hace un tiempito ya en El Camino Rubí.

Yo. ¿Soy? ¿Quién soy? ¿Soy la que lloró los tres primeros años de su vida sin parar? ¿Soy una veces la “campeona” que alcanzaba la cima y la “falsa” que se quejaba antes de hacerlo? ¿Soy la que necesitaba que su madre la cuidara o la que la cuidaba a ella? ¿Soy la que sacaba buenas notas? ¿Soy vaga? ¿Soy la que se volvió loca a los 18 años? ¿Soy la madura y centrada que aprovechó esa locura para aprender a no quejarse?

Soy la que se reconstruyó para poder romperse ahora de nuevo. Soy la que no para de apuntalarse, destrozarse y volverse a levantar. La que teme mirar de frente sus ruinas. La que se siente atraída por ellas.

Ante mí, un precipicio. Me atrrae y me aterra (sí, “atrrae” con doble r, con las misma letras que “aterra” porque para mí siempre han sido sinónimos, ¿o no? ¿o me estoy inventando un “siempre” que me de la coherencia que ninguna vida ni personalidad tiene?).

El precipicio que más miedo me ha dado desde que aprendí a descubrir mis precipicios. Aquel al que siempre me asomo y al que nunca salto.

Llega el momento. Se acabaron las excusas. Toca conocerme. Y estoy muerta de miedo.

Lo que más miedo me da de mí es no gustarme, decepcionarme, odiarme, perder mi derecho a ser querida (mi terapeuta me dijo que en el momento en que existimos ya merecemos amor, sólo por existir, ¿os lo podéis creer? Nacer y que te quieran sin haber hecho nada aún, sin haber logrado nada. Lo fuerte es que yo fui querida, pero nunca creí que fuera por existir. Es algo que aún no me entra en la cabeza. ¿Así, amor gratis, sin pagar nada a cambio?).

Llevo años construyendo un sistema de apoyos, recursos y herramientas propias que yo misma me he construido para ser feliz, para que las cosas no duelan tanto, para vivir en la fantasía de que yo soy lo que yo construyo, que yo me merezco ser querida porque “mira mamá, mira papá, ya no doy problemas, ya soy autosuficiente, autónoma, os cuido y ¡hasta os riño!” ¿Y si en el fondo no quiero esto, o no soy así, y si yo sólo quiero…? ¿Qué quiero?

Vale, venga, voy a por ello, me descubro, me conozco y me responsabilizo.

¿Me responsabilizo? Uuuhhh, eso no sé si me mola tanto. Hasta ahora si algo salía mal, como lo había hecho por no decepcionar a mi padre, o por cuidar a mi madre, o para calmar a mi tía, o para defenderme de mi hermana, podía eludir la responsabilidad, tenía un motivo para haberla cagado, haber hecho daño, culpar a otras personas, fustigarme por ser “demasiado buena”. ¡¡¡EXCUSAS!!! Ahora ya no las tendré. Cuando me conozca, tocará aprenderme, luego quererme y finalmente responsabilizarme. Ya no habrá motivos, sólo uno: YO LO DECIDIRÉ TODO MÁS LIBREMENTE. ¿Asusta o no?

Sin embargo, me muero de ganas. Me impaciento por ver qué decido, qué elijo, cómo manejo mi vida desde la mayor libertad a la que puedo aspirar. ¿Me atreveré? ¿Se romperá mi mundo? ¿Me romperé yo? ¿Me reconstruiré igual o tomaré otra forma?

Sigamos con este arranque de sinceridad. Venga, en voz alta:

ME DA MIEDO NO GUSTAR A NADIE. ME DA MIEDO QUE ME IMPORTE NO GUSTAR A NADIE.

Tantos años trabajando para que la opinión ajena me resbale, cuidando mi autoestima, disfrutando la soledad, pero me sigue dando miedo exactamente lo mismo. Es más, en mi más absoluta falta de modestia diré que me aterra (y ahora no me atrae) no ver nada extremo en mí, ni bueno ni malo. Descubrirme como una persona plana, tibia, mediocre, del montón. Ese tipo de persona a quien yo siempre he despreciado desde mi pedestal de barro de creer que debajo de mí brilla algo distinto.

Pero vamos a pensarlo bien. ¿Conozco a ese tipo de personas que digo despreciar? ¿Ni una? ¿Por qué tengo tanto miedo a no ser especial, o a que todas las personas seamos especiales y por lo tanto ser especial sea lo común. ¿Qué es ser especial? Especial es el antónimo de común, y común es cuando algo se repite, con lo cual, tanto especial como común necesitan de otras personas, de la comparación con ellas. Si dejamos de compararnos ambas etiquetas pierden sentido. ¿Es posible dejar de compararnos? Como seres sociales que somos siempre vamos a relacionarnos con otras personas, incluso la no relación es una manera de interactuar. ¿Implica eso necesariamente la comparación?

Volvamos a mí, que entre lo que me cuesta usar la primera persona y lo que me gusta filosofar, sigo bordeando el precipicio. Miro mi cuerpo. Este cuerpo que cambia cada año, engorda, adelgaza, se tonifica, se ablanda, se quiere, se odia. Hace meses, cuando entré en esta maravillosa casa, descubrí que soy un cuerpo. Y ahora me escucho. Y sé que soy más sabia. Y cuando no quiero estar conmigo sé que algo va mal. Pero también soy algo más que cuerpo. Puede que el cuerpo sea el puente, pero no sé cómo bajarlo, no sé cómo cruzarlo aún. (Cómo bajarme, cómo cruzarme) Chirría y se mueve. (Chirrío y me muevo) Muchas veces cambia de sitio. Puede que esa sea yo, un ente en constante cambio. También puede que cambie tanto para huir de quien soy. En serio, esto no puede ser tan difícil. Estoy llorando y me siento absurda, me siento perdida.

Ahora no quiero saltar el precipicio, no quiero hacer el esfuerzo para encontrarme algo que no me guste.

Sí, quiero saltar. Estoy inquieta, efervescente, huidiza, replegada en mí, abierta al mundo. Un fuerte impulso late, me pide que salte al precipicio. Ya he deconstruido mi educación, a mi madre, a mi padre, puedo seguir deconstruyendo todo mi alrededor y luego volver a construir todo un poblado junto al precipicio. Pero tengo que saltar, tengo que mirarme cara a cara, abrazarme, arriesgarme a deconstruirme yo misma. No sé cómo hacerlo. Exorcizar estos miedos me parecía el primer paso lógico. No me siento mejor, no me siento peor. Me siento yo.

Yo siento. Yo siento. Yo siento.

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Publicado en El Mono Revista Cultural, Recomiendo libros

“Irlanda”, de Espido Freire

Título: Irlanda
Autora: Espido Freire
Páginas: 185
Editorial: Planeta de Agostini

RESEÑA CORTA publicada en El Mono Revista Cultural número 50: Especial Odio

Irlanda¿Cuándo comienza el odio? ¿Desde qué edad se odia? ¿Es el odio un amor frustrado siempre? ¿Odiamos siempre a quienes nos odian? ¿Es peor odiar o que nos odien? Una novela corta que deja ese regusto de saber que había algo más pero no saber qué. Un bonito verano con tus primas que parece un sueño, pero aún no sabes si bueno o malo. Espido Freire como siempre, creando un mundo inmenso a base de minúsculos detalles.

“Irlanda”, la axfisiente atmósfera de Espido Freire

Creo que Espido Freire fue de las primeras autoras que leí siendo consciente que leía a una mujer. Recuerdo que se hablaba de ella con motivo de su premio Planeta a “Melocotones Helados”, pero a mí no me llegaba para comprarme los libros que eran premio Planeta, que además entonces tardaban mucho en sacarlos en edición bolsillo y no existían los e-books. Entonces llegó septiembre y sus coleccionables y Planeta de Agostini sacó la colección “Escritoras de Hoy”. Una de esas colecciones que piensan que por tener los mismo genitales todas escribimos, pensamos y sentimos igual. En lugar de hacer lo lógico, incluirnos en las colecciones según nuestro estilo o generación o lo que toque (novela negra, generación del 27, literatura americana…). Pero a mí me acercó a una de mis escritoras favoritas, y en plena adolescencia.

Aún estaba fascinaba con Gabriel García Márquez y era capaz de leerme Ana Karenina cada seis meses. Pensaba que lo serio, importante e intenso venía en tomos grandes, usaba personajes sin fisuras y, por supuesto, lo escribían premios Nobel o Cervantes o Pulitzer (¿hay premios con nombre de mujer?). Y ahí estaba, ese librito que no llegaba a 200 páginas. Que parecía tan dulce, tan literatura inglesa para señoritas de bien, tan un poco mágico y ¡tan incómodo!

Una niña, Natalia, una adolescente como creo que fuimos todas, introvertida, asustada y demasiado susceptible, pasa el verano tras la muerte de su hermana con su prima, primos y un amigo suyo, que son lo contrario que elle y que se lo dejan claro. Su prima es Irlanda, que se trae a dos amigas, haciendo de menos a Natalia.

“¿Y si de pronto, después de aprender cómo pensar hemos de comenzar de nuevo en otro mundo, nacer de nuevo, crecer, descubrir ese mundo y entonces matarnos porque no lo soportamos, y nacer otra vez aquí?”

Parece un argumento sencillo. Casi de película de Antena 3 el sábado al mediodía. La niña marginada, la prima popular, los primos medio agradables, el chico que siembra la discordia. Pero todo está contado con cierta lírica. Y a mí, imaginarme como Natalia, teniendo un herbario en una casa de piedra con una torre, pues disparaba mi fantasía pubescente. Cuando iba al pueblo quería ser Natalia, todo el rato. Buscaba tesoros en las cajas de costura de mi abuela y paseaba por los caminos buscando plantas que enterrar bajo pilas de libros.

– Yo preferiría no crecer – musité.
– No seas tonta. Al convertirte en adulta todas las cosas te están permitidas.
– Pero es a los niños a los que se les disculpan los errores.

Pero es una lírica que asfixia. Es una casa de piedra ya abandonada, donde tus ojos se enzarpan en cada detalle pero en la que poco a poco el frío y el moho va metiéndose dentro. Empiezas a sentir angustia y no sabes de dónde viene. Y, entonces, el final. Redondeando todo el libro. Ese último sorbo de un té amargo y caliente. Lo que tenía que ser.

 

 

 

Publicado en Feminismo

Sufragio universal y selección femenina

El lenguaje tiene muchas trampas, ya que es reflejo de la sociedad y cultura en las que vivimos y, además, afecta de manera importante a la configuración de nuestro pensamiento. Cómo nombramos las cosas nos lleva a entenderlas de una u otra manera. El otro día (sí, voy tarde a todo, pero aquí estoy) caí en la cuenta de que el sufragio universal nunca ha sido universal y que las selecciones deportivas son o “las importantes” o las femeninas nunca masculinas. Ahí entendí por fin a Simone de Beauvoir cuando explica que la mujer siempre ha sido “el otro”, nunca sujeto principal.

alteridad Simone de BeauvoirSufragio no universal y sufragio femenino

Desde que empecé a estudiar historia en el colegio he oído hablar del sufragio universal. En una sociedad aparentemente democrática el sufragio universal se ha vendido en todos los libros de texto como un triunfo. Y lo hubiera sido, si hubiera sido universal. Sin embargo, se llama sufragio universal al sufragio masculino. Nada nuevo, realmente, desde que sabemos lo masculino se ha definido como lo universal. Nosotras, las mujeres, somos lo otro, lo accesorio, la guinda del pastel, pero nunca formamos parte del todo, de lo principal ni siquiera del universo, parece.

sufragio universalMe he dado una vuelta por la Wikipedia para comparar los años en los que se logró el sufragio masculino y el sufragio femenino, para ver si en alguno se consiguió realmente el sufragio universal a la vez. Y sí, en Uruguay se implantó el sufragio universal real en 1917. En Nueva Jersey también, pero fue un error, ya que se usó la palabra “personas” en lugar de hombres. Por “suerte” el error fue reparado y el sufragio femenino se abolió en 1807. Ya veis, cosas del lenguaje inclusivo, se ve que sirve para algo.

En otros lugares se instauró el sufragio femenino y masculino, pero no se permitía votar a personas de según qué razas (iba a escribir “otras razas” pero ¿cuál es la otra raza? ¿la que no es la mía?). Aún así se siguió llamando sufragio universal al hecho de que los hombres de razas y clases privilegiadas pudieran votar. Por que así es como pensamos, que los hombres son las figuras principales en la sociedad y el resto, somos “lo otro”, lo femenino y así debemos ser nombradas.

Selección y selección femenina

Ya nos cuesta ser nombradas en esferas que “no nos corresponden” históricamente (no hablemos ya de ser premiadas) pero es que, además, cuando se nos nombra se añade siempre una alusión a nuestro género. Así, si gana la selección masculina de fútbol, las portadas de todos los periódicos (incluidos los no deportivos) muestran en grandes letras el triunfo de LA SELECCIÓN. Sin embargo, si gana la selección femenina, además de imágenes de culos, opioniones sobre el físico de las deportistas y otros añadidos, podemos ver en algún periódico deportivo algún titular sobre el éxito de la selección FEMENINA. Que quede claro que es “la otra” selección, no la principal, que nosotras vamos después. No hay confusión, LA SELECCIÓN es la importante, no hace falta especificar que es masculina, se da por hecho.

¿Qué hacemos con el lenguaje?

¿Se ve a dónde quiero llegar? Cómo el lenguaje va en dos direcciones, nos ayuda a analizar cómo una sociedad entiende el mundo, pero también enseña a esa sociedad a entender al mundo. Recuerda cuando eras más pequeña, recuérdate en clase de historia estudiando el sufragio universal, imaginando ese triunfo, imaginando personas acudiendo a las urnas, ¿en qué piensas? Puede que si eres mujer pienses también en alguna mujer votando, seguramente si eres hombre te imaginarás más hombres. Ahora, varios temas más adelante, se habla del sufragio femenino. ¿Qué te queda en la mente? Que tú tienes que luchar sola por lo tuyo, que todo lo que otros consiguen a ti te va a llegar más tarde, que tienes que esperar, que eres la otra parte, el otro sexo, el segundo, el que se configura en función del uno.
Y llegas a casa y ves el periódico, LA SELECCIÓN vuelve a ganar o perder, esos héroes patrios, ellos, vitoreados. No son nombrados en función de su sexo. No son la selección masculina, son la importante, y si tú te apuntas a algún deporte, te apuntas a la parte femenina, la que cobra menos (si cobra), la que si gana no tiene derecho a celebrarlo como ellos, la que te desmoraliza y te hace entrenar menos y estudiar más, la que tiene entrenadores masculinos porque son “los que saben”. Y claro, así cuesta más y quizá tengan razón, quizá el deporte no sea cosa de mujeres, sino podrías ganarles aunque los medios de los que dispones son inferiores.

Athletic Club de Bilbao
Athletic Club de Bilbao, festejando la liga. /Foto oficial del Club

Y así, escuchando cómo utilizamos el lenguaje podemos entender por qué sigue habiendo desigualdad, discriminación, acoso y asesinatos machistas. Y quizá también, empezar a usar el lenguaje de una manera más inclusiva, nos ayude (junto a muchísimas más medidas) a lograr la igualdad real. Algo tan sencillo como decir “equipo masculino de baloncesto” la próxima vez que mencionemos el partido o “sufragio masculino” en los libros de texto nos ayudará a visibilizar las diferencias que existieron y existen.

 

Si no habéis pinchado en este enlace arriba, hacedlo ahora: http://www.mujeresenred.net/spip.php?article832

Publicado en El Mono Revista Cultural, Te cuento mi vida

El Circo de los Artistas

Artículo publicado en Nº 55 Especial Circo de Revista El Mono

Opino (y no pienso avalar mi opinión con ningún estudio ni estadística que para eso es opinión y no certeza y para eso escribo en este panfletillo y no en un medio politizado por el capital), opino, digo, que casi todas las mujeres, chicas, chavalas, tías nos hemos flipado, enamorado, pillado por un artistilla o, por lo menos, lo hemos idealizado, idolatrado o imaginado con su lengua entre nuestras piernas. Esto es así. Y ese aura de salvadores del universo (cultural o general, ahí ya los distintos grados de ego generan matices) es como que nos la creemos. Como si un artista fuera más útil a la humanidad que un mecánico (que nos permite largarnos lejos de esos egos) o un barrendero (que ayuda a que la pestilencia de nuestra existencia no nos deprima más de lo necesario). Pero llega un artistilla de esos que dedican todo su tiempo, conversación y gestualidad a una hobby que a veces les da para comer (lo cubatas se los pagamos pringadas como nosotras) y decidimos que si nos mira un poquito de vez en cuando en lugar de a su hobby, pues molamos más que esas tías que disfrutan del tiempo y las curtidas manos de un mecánico.

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Estas uñas son obra de un artistilla fijo

Tampoco desesperéis. O sea, lo de fliparse por artistillas es una fase. Basta conocer a uno y pasar unos meses sufriendo su egolatría y machismo (pero vestidico de izquierdismo tan pedante que pasa la criba del libfem) para que extrañéis hasta el Marengo y sus prototípicos canallas. Es así, mucha bohemia, mucha droga, mucha libertad, pero tú espera y concédeme exclusividad, que yo mientras voy de atormentado y lloro un poco y tú no me comprendes y mi masculinidad se duele y retuerce si tú prefieres pasar de todo y tomarte un cubata con tus colegas y luego irte a tu casa sola. ¿Sola? Como si fuera mejor comer bocatas en pelotas a ver cómo cae mi “llamémosle masculinidad porque decir pene es demasiado obvio” mientras te explico que es muy duro ver los entresijos del arte y de la industria que todo lo mercantiliza. Porque tu coche lo compraste en una tienda de comercio justo, claro que sí, majete. Pues eso, tías, que nos han metido dos movidas chungas en la cabeza que nos joden un rato. Una es que necesitamos el amor entendido como pareja exclusiva que así mola más (¿seriously? ¿a quién?) y otra que si un tío con ínfulas creativas (es la movida de mi trayectoria hetero, que no puedo hablar de artistas tías porque no domino el tema) te hace un poco de caso entre pedrada y pedrada tienes que hacerle caso, agradecérselo y dejar un poco de lado tu vida, tus ganas de follar con cualquiera e incluso tu bocata de medianoche, porque ellos pueden ser irracionales, inconstantes, emocionales, inestables y todo de lo que se nos acusa a nosotras cuando quieren denostarnos (ganas tenía de usar ese verbo) siempre que sea para crear mierdecillas que no arreglan ni una culata ni te limpian los cristales. Ey, pero te alimentan el espíritu, que encima eso no engorda.

Publicado en Poesía

Te mueres

Y te mueres
sin contar cuántas madres dejas huérfanas.
La boca cerrada como siempre
para no ver las consecuencias de tus
silencios de unos ojos huidos
tras una voluntad aferrada
a la pasividad.
Te mueres
sin mirar atrás
sin reproches ni repartos.
Ahí dejas la mesa llena de migas
para que cada pájaro se pelee su nido.
No quisiste perros,
aunque intentaste correas.
Te sobrevivimos
y eso nos impide olvidarte.
Jugaste bien tu ausencia
y has ganado
un sitio principal en el palco.