Publicado en Poesía

After party

Sale el sol
clarean los excesos.

Una luz limpia
cae sobre la mesa
con sus colillas
tus calcetines
mis libros
y tu cerveza.

Yo, que no sé dormir
si me acompañan,
me exilio
a esa claridad
tan cruel
tan sincera.

No esconde nada
ni mi resaca
ni tus ojeras
y llegará el momento.

(¿te echo o te vas?)

Te quedas
hablaremos
y la luz
cada vez más molesta
nos mostrará
tal y como no queríamos
ser ayer.

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Publicado en Feminismo, Te cuento mi vida, veganismo

Autorevolución

Entrada publicada hace un año en Proyecto Kahlo
Ilustrada por Patricia Corrales
Enlaces añadidos a posteriori

 

Lo personal es político

Lo personal es político.

No recuerdo cuando fue que oí o leí esta frase por primera vez, pero sé que no la entendí. Quizá ahora empiece a hacerlo. Son cuatro palabras que dicen demasiado.

Recuerdo aún cuando yo decía “ni machismo, ni feminismo, yo creo en la igualdad”, me da vergüenza admitirlo, pero fui de esas. De las que no sabían lo que era el feminismo. Pero a la vez me llena de orgullo haberlo sido y haberme movido lo suficiente para ser feminista.

A mí el feminismo me ha dado mucho. Gracias al feminismo voto y gracias al feminismo dejo de competir con mujeres para comenzar a abrazamos. El feminismo me ha abierto las puertas al autocuidado y me ha permitido acercarme a otras culturas con otra mirada.

Y como soy agradecida de nacimiento o de socialización, pues yo pensaba qué podía hacer yo por el feminismo, es decir, por mis hermanas. No tengo el don de la oratoria, ni tengo una profesión de esas que cambian el mundo, tampoco el arrojo para darlo todo por las personas más desfavorecidas. Entonces empecé a hacer lo mío: estudiar, aprender y descubrir nuevas cosas.

Investigué sobre mi menstruación. La amé (la amo), la veneré (la venero), la acogí (la acojo) y lo proclamé. Mis dolores premenstruales desaparecieron, mi entorno empezó a conocer sus fases menstruales, la copa menstrual estaba en boca de todo el mundo, yo cancelaba citas para descansar mientras mi endometrio se contraía. Algo había cambiado. Mi mundo había cambiado. Me contagiaba de mundos cambiantes y contagiaba a otros mundos mi cambio.

Lo menstrual se hacía político.

Empecé a pasar más tiempo con mis gatos. Empecé a leer sobre especismo. Empecé a leer sobre consumo sostenible. Pregunté y más gente se hizo esas preguntas conmigo. Soy vegana. Mi nevera ha cambiado. Mi relación con mi entorno ha cambiado. Siento que decido más con mi cartera que con mi voto. Cada día tomo decisiones que van más allá de mi interés personal. Mi percepción ha cambiado.

El consumo se hacía político.

Oí hablar de micromachismos, de mansplainning, de ocupación de espacios… Observaba en el bus urbano cómo actuaba cada persona definida como hombre o como mujer. Jugué. Si un hombre invadía mi espacio abriéndose de piernas, yo me abría más e invadía el suyo. Guerreaba en cada viaje al trabajo. Expresiones de disgusto, de sorpresa, de desagrado. Me empezaba a sentir cómoda en mi cuerpo, en mi sitio, ocupando espacio y moviéndome a mi antojo. Mi presencia había cambiado. Las personas me veían y algunas me imitaban.

El cuerpo se hacía político.

Me cansé de cuidar. Me arranqué el rol de cuidadora del resto de personas. Me cuidé a mi misma. Busqué mi sitio, mi fortaleza, me acomodé en mi para estudiarme a mí. Me analicé, me disfruté, me reencontré. Bailé (bailo) desnuda, abracé (abrazo) a mi niña interior, volví (estoy) a la magia, poemé (poemo) en los semáforos. Y entonces lo vi. La revolución no cambia el mundo. La revolución cambia a las personas que cambian el mundo.

Lo personal es político.

Publicado en Feminismo, Recomiendo libros

“Cómo se hace una chica”, de Caitlin Moran

Título: Cómo se hace una chica
Autora: Caitlin Moran
Páginas: 395
Editorial: Anagrama

Cómo se hace una chica de Catlin Moran
¿Qué pasa con la gordofobia? Uno de los rasgos físicos que caracterizan a la protagonista es su obesidad, ¿por qué poner unas piernas de la talla 36 en la portada?
Nunca he sido muy fan de ese realismo que se centra en lo feo, en lo obsceno. De Bukowsky salvo algunos poemas y tiendo siempre a una literatura que me haga soñar, la realidad la tengo demasiado cerca. O quizá es que nunca había leído una novela “realista” que me pareciera real. Real de verdad, que hablara de MI REALIDAD o de una realidad que yo entendiera. Caitlin Moran habla de mi realidad: manchar sábanas con la regla, llenarte de granos la cara por comer todos los días lo mismo, la incomodidad de los penes demasiado grandes y de cómo inventarse una misma puede ser el único camino que te lleve a ser quien eres.

“Oír a las mujeres cantando canciones sobre ellas mismas, y no a los hombres cantando sobre mujeres, hace que de repente todo parezca maravillosamente claro, y posible”

La historia que cuenta es la Johanna Morrigan, una adolescente de clase obrera y familia muy pobre,  con un padre que quiere ser una estrella musical, demasiados hermanos y ganas de dejar de ser ella misma. Johanna se convertirá en Dolly Wilde, una crítica musical deseosa de perder su virginidad y ser algo más que una adolescente sin futuro.

No sé cómo habrán leído “Cómo se hace una chica” las personas que siempre han sabido cuál era su sitio, pero yo (que he andado muy perdida) lo he leído a carcajadas llenas de ansiedad. Me han flipado las metáforas que utiliza. No es tanto la historia lo que me ha atrapado en este libro, sino la poca vergüenza de Johanna en mostrarnos de dónde surgen sus acciones: de ese absoluto terror a meter la pata y a seguir siendo pobre.

“Por fin me veía aparecer en el mundo. Follaba y publicaba artículos. Me iba componiendo poco a poco, como una imagen vista con un telescopio”

Hacía mucho que no me pasaba media noche despierta hasta acabar un libro. Leyendo con hambre, saltándome párrafos sin masticar, meando con el libro en la mano. Estaba sedienta de novela y se ha juntado con las ganas de beber algo sin complejos, sin filtros. Puede que no sea un libro de alta cocina, pero es la mejor pizza para la resaca que he leído nunca.

“Me siento maravillosamente libre. Anoche iban a pasarme cosas que no me gustaban y lo evité. Hasta ahora, nunca había evitado mi propia desgracia. Nunca me había plantado en el camino que iba a condicionarme a la desgracia y me había dicho (con cariño, como lo diría una madre): << ¡No! ¡Esta infelicidad no te corresponde! ¡Da media vuelta y toma otro camino! >>”

Y sí, lo he acabado llorando, sin un motivo concreto y sin una emoción definida. Sintiéndome como cualquier chica de 17 años. Deseando poner Garbage en bucle y no parar hasta dormirme sobre una almohada húmeda.

Publicado en El Mono Revista Cultural

Ligar en los 90

Artículo publicado en Nº 56 Especial Los 90 de Revista El Mono

Ligar en los 90. Nada más fácil, nada más directo. Antes de que llegaran los móviles y tocar el telefonillo arriesgándote a llamar “bombón” a la madre de tu chica fuera la declaración de amor más aplaudida. Antes de que existiera Facebook y tuvieras que enterarte del pasado de tu “crush” (ahora ligue se dice así) descifrando los N x D y los A ❤ (esto es un corazón) V .

ligar en los 90 en Pamplona
¿Será para mí?

Mucho antes de Tinder, cuando aún se ligaba mandando a tu amiga de mensajera a la otra cuadrilla de tíos con LA FRASE:

“Dice mi amiga que si tu amigo quiere rollo o ligue, que se gusta de él”

LA FRASE

DICE MI AMIGA: nunca, nunca, nunca se iba directamente a la persona que te gustaba. Para empezar, no había una pantalla detrás de la que digerir el rechazo, si esa persona pasaba de ti lo iba a ver toda su cuadrilla y toda la tuya. Mejor no estar muy cerca y que tus lágrimas las vieran las menos personas posibles.

QUE SI TU AMIGO: siempre, siempre, siempre había que intentar crear conexiones cuadrilliles. Esa amiga acabaría siendo la novia del amigo al que le preguntó, abriendo un mundo de posibilidades (en los 2000 llegarían las bajeras mixtas) que permitiría la reproducción en todo el territorio foral.

ligar en los 90 en Pamplona
“Nunca te dije que estuviéramos de ligue, tío, sólo íbamos a rollos. Puedo hacer lo que quiera con el Richar”

QUIERE ROLLO O LIGUE: en aquellos años las cosas quedaban claras desde el principio. Nada de 4 polvos mal echados y luego dejar de dar señales o practicar el “breadcrumbing” (en serio, Google existe para algo, no os lo voy a explicar todo). En los 90 antes del beso ya se sabía si luego volvíais de la esquina de la plaza cogidos de la mano o cada uno se volvía con su cuadrilla con el calentón mal gestionado y con pose de orgullo. Nada de palabras como exclusividad (¿en serio os fiais de una palabra que empieza por “ex”?) o ambigüedades como “nos estamos conociendo” (no me conozco yo, os vais a conocer vosotras). Aquí era sencillo, rollo o ligue y dímelo ya, que en el otro lado se está sentando otra cuadrilla.

QUE SE GUSTA DE ÉL: esta parte en realidad tiene categoría de oración completa, subordinada, yuxtapuesta y de párrafo entero. La manera más foral de declararse a alguien: “Yo me gusto de ti”. “Yo”, que voy primero, “me gusto”, todo muy reflexivo que aquí nos lo pensamos mucho, “de ti”, toma objeto directo, indirecto o complemento circunstancial, la cosa es que tú eres lo de menos. Pero hoygan, cuántas bodas de cuadrilla nos hemos chupado (y rechupado, reconozcamos que son las mejores) gracias a esta frase tan ególatra y tan felices los cuatro.

ligar en los 90 en Pamplona
Estos siempre estaban de ligue y nunca acababan en rollo.
Publicado en Emociones, Te cuento mi vida

Miedo, tengo miedo

Tengo miedo. Tengo los ovarios en la garganta, el estómago en el pecho y el corazón callado. De nuevo, he tomado una decisión que nunca antes había tomado, no sé qué viene después. Lo veo todo de mil colores, veo multitud de caminos, tantas opciones a mi alcance que me paralizo. Y paralizarme me aterra. Así que vuelvo a lo conocido, a los cursos, los libros, la acción, dejarme llevar… Mis vísceras me gritan, ¡para! Y yo les susurro “callad, sólo un poco más, sólo hasta que esté segura”. Pero nunca lo estoy. Y según veo nunca lo estaré.

Decidir ser, más allá de hacer, conseguir o querer, es muy arriesgado. Todo se vuelve del revés. He decidido hacer caso a alguien que no tiene ni idea de la vida, A MÍ. ¿Y ahora qué? He dado otro paso alejándome de lo que ya no quiero, pero cómo estar seguro de que me acerca a lo que quiero. ¿Cómo me aseguro de que lo que quiero es lo que quiero? ¿Y si mañana cambio de idea, tendré que desandar el camino?

Es cierto, que noto una extraña confianza en la vida y en mí misma. Pero, claro, esa sensación también es nueva. Y cuando algo es nuevo, suelo pensar que trae algo oculto. Así que ante la confianza me muero de miedo por pensar que es temeridad o ingenuidad. Y vuelta otra vez.

vintage scared woman

Sólo conozco dos manera de superar ese miedo y a ellas me aferro. La primera es el deseo. Si no tengo muy claro hacia donde tirar, voy a hacer lo que me apetezca, que por lo menos voy a disfrutar mientras tanto. Esto lleva implícito también la acción, aunque estoy aprendiendo también a parar y vaciarme, para llenarme de deseos renovados. No sé por qué pero esto funciona de una manera mágica. No me da de comer, pero me llena de tranquilidad y de momentos muy especiales.

La otra manera es admirar a personas que también han tenido miedo. Tengo la enorme suerte de estar rodeada de mujeres maravillosas que han atravesado sus miedos o los están atravesando y no ocultan nada del proceso. No me ayudan nada los casos de éxitos, los “la crisis me ayudó a conocer mi vocación y triunfar”. No, a mí me gusta cuando gente que hace lo que quiere explica que ser autónoma da lo justito para pagar el alquiler, pero te regalan entradas para conciertos. Me gusta cómo lo cuenta Diana Aller en su blog, me gusta cuando Erika Irusta cuenta la de vueltas que ha dado para crear su gran proyecto Soy1Soy4 o para compartirse en “Diario de un Cuerpo”, me gusta cuando mis mejores amigas se sienten perdidas y agobiadas ante proyectos que yo sé que son más que capaces de llevar a cabo o cuando deciden perderse a propósito yendo a Santiago. Me gusta ver a mujeres capaces enfrentando sus inseguridades y los obstáculos que nos pone esta sociedad. Así no me siento engañada. No he elegido un camino fácil, no he elegido hacerme rica, he elegido intentar vivir como yo quiero y eso no va a ser sencillo. Pero las veo a ellas, veo a Amelia sonriendo en tras dar una charla, a Patricia inventando cada día una nueva manera de mejorar el mundo y luego tomándose su merecida caña o Fátima creando un proyecto tras otro e insuflando fuerza a todas quienes le rodeamos desde su modesto piso de alquiler y sé que puede merecer la pena. Sé que a ellas les merece la pena.

Sigo muerta de miedo, ellas me han contado todo el esfuerzo que requiere vivir a la manera de una. Sin embargo, me siento muy acompañada en ese miedo y eso da fuerzas. Muchas.

Publicado en Emociones, Te cuento mi vida

Mi madre no llora

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Mi madre no llora.

Mi madre, que de niña soñaba con casarse y hoy está divorciada, no llora.
Mi madre, que se sentía fuerte cuidando y hoy le ayudan a ducharse, no llora.
Mi madre, que enjugó nuestras lágrimas y ahora ve como caen por ella, no llora.
Mi madre, que siempre escuchó a todo el mundo y ahora tiene un teléfono mudo, no llora.
Mi madre, que luchó por mi independencia y ahora depende de mí, no llora.

Mi madre no llora y lloro yo por ella.

Son tantas sus lágrimas reprimidas que me ahogan la garganta,
me llenan el estómago,
se derraman por mi útero,
asfixian mis pulmones.

Lloro sus lágrimas.
Porque mi madre no llora.

Mi madre no llora porque la llamaron tonta y se lo creyó.
Mi madre no llora porque la dejaron sola y no supo por qué.
Mi madre no llora porque recuerda y sabe que hizo bien.
Mi madre no llora porque cada mañana es su lucha.

Mi madre no llora.
Porque para llorar hay que poder.

Y yo le escupo lágrimas de impotencia.
Y yo le lanzo lágrimas de desesperación.
Y yo le acerco mis lágrimas de culpa.
Y yo le suplico lágrimas.

Le mojo su piel seca.
Le empapo su pena. Que es la mía. Empapadas se confunden.
Le inundo su no vida.

Me derramo y me vacío.

 

Lloro.
Mi madre no llora.

Publicado en Emociones, Te cuento mi vida

Yo, ¿soy?

Entrada publicada hace un tiempito ya en El Camino Rubí.

Yo. ¿Soy? ¿Quién soy? ¿Soy la que lloró los tres primeros años de su vida sin parar? ¿Soy una veces la “campeona” que alcanzaba la cima y la “falsa” que se quejaba antes de hacerlo? ¿Soy la que necesitaba que su madre la cuidara o la que la cuidaba a ella? ¿Soy la que sacaba buenas notas? ¿Soy vaga? ¿Soy la que se volvió loca a los 18 años? ¿Soy la madura y centrada que aprovechó esa locura para aprender a no quejarse?

Soy la que se reconstruyó para poder romperse ahora de nuevo. Soy la que no para de apuntalarse, destrozarse y volverse a levantar. La que teme mirar de frente sus ruinas. La que se siente atraída por ellas.

Ante mí, un precipicio. Me atrrae y me aterra (sí, “atrrae” con doble r, con las misma letras que “aterra” porque para mí siempre han sido sinónimos, ¿o no? ¿o me estoy inventando un “siempre” que me de la coherencia que ninguna vida ni personalidad tiene?).

El precipicio que más miedo me ha dado desde que aprendí a descubrir mis precipicios. Aquel al que siempre me asomo y al que nunca salto.

Llega el momento. Se acabaron las excusas. Toca conocerme. Y estoy muerta de miedo.

Lo que más miedo me da de mí es no gustarme, decepcionarme, odiarme, perder mi derecho a ser querida (mi terapeuta me dijo que en el momento en que existimos ya merecemos amor, sólo por existir, ¿os lo podéis creer? Nacer y que te quieran sin haber hecho nada aún, sin haber logrado nada. Lo fuerte es que yo fui querida, pero nunca creí que fuera por existir. Es algo que aún no me entra en la cabeza. ¿Así, amor gratis, sin pagar nada a cambio?).

Llevo años construyendo un sistema de apoyos, recursos y herramientas propias que yo misma me he construido para ser feliz, para que las cosas no duelan tanto, para vivir en la fantasía de que yo soy lo que yo construyo, que yo me merezco ser querida porque “mira mamá, mira papá, ya no doy problemas, ya soy autosuficiente, autónoma, os cuido y ¡hasta os riño!” ¿Y si en el fondo no quiero esto, o no soy así, y si yo sólo quiero…? ¿Qué quiero?

Vale, venga, voy a por ello, me descubro, me conozco y me responsabilizo.

¿Me responsabilizo? Uuuhhh, eso no sé si me mola tanto. Hasta ahora si algo salía mal, como lo había hecho por no decepcionar a mi padre, o por cuidar a mi madre, o para calmar a mi tía, o para defenderme de mi hermana, podía eludir la responsabilidad, tenía un motivo para haberla cagado, haber hecho daño, culpar a otras personas, fustigarme por ser “demasiado buena”. ¡¡¡EXCUSAS!!! Ahora ya no las tendré. Cuando me conozca, tocará aprenderme, luego quererme y finalmente responsabilizarme. Ya no habrá motivos, sólo uno: YO LO DECIDIRÉ TODO MÁS LIBREMENTE. ¿Asusta o no?

Sin embargo, me muero de ganas. Me impaciento por ver qué decido, qué elijo, cómo manejo mi vida desde la mayor libertad a la que puedo aspirar. ¿Me atreveré? ¿Se romperá mi mundo? ¿Me romperé yo? ¿Me reconstruiré igual o tomaré otra forma?

Sigamos con este arranque de sinceridad. Venga, en voz alta:

ME DA MIEDO NO GUSTAR A NADIE. ME DA MIEDO QUE ME IMPORTE NO GUSTAR A NADIE.

Tantos años trabajando para que la opinión ajena me resbale, cuidando mi autoestima, disfrutando la soledad, pero me sigue dando miedo exactamente lo mismo. Es más, en mi más absoluta falta de modestia diré que me aterra (y ahora no me atrae) no ver nada extremo en mí, ni bueno ni malo. Descubrirme como una persona plana, tibia, mediocre, del montón. Ese tipo de persona a quien yo siempre he despreciado desde mi pedestal de barro de creer que debajo de mí brilla algo distinto.

Pero vamos a pensarlo bien. ¿Conozco a ese tipo de personas que digo despreciar? ¿Ni una? ¿Por qué tengo tanto miedo a no ser especial, o a que todas las personas seamos especiales y por lo tanto ser especial sea lo común. ¿Qué es ser especial? Especial es el antónimo de común, y común es cuando algo se repite, con lo cual, tanto especial como común necesitan de otras personas, de la comparación con ellas. Si dejamos de compararnos ambas etiquetas pierden sentido. ¿Es posible dejar de compararnos? Como seres sociales que somos siempre vamos a relacionarnos con otras personas, incluso la no relación es una manera de interactuar. ¿Implica eso necesariamente la comparación?

Volvamos a mí, que entre lo que me cuesta usar la primera persona y lo que me gusta filosofar, sigo bordeando el precipicio. Miro mi cuerpo. Este cuerpo que cambia cada año, engorda, adelgaza, se tonifica, se ablanda, se quiere, se odia. Hace meses, cuando entré en esta maravillosa casa, descubrí que soy un cuerpo. Y ahora me escucho. Y sé que soy más sabia. Y cuando no quiero estar conmigo sé que algo va mal. Pero también soy algo más que cuerpo. Puede que el cuerpo sea el puente, pero no sé cómo bajarlo, no sé cómo cruzarlo aún. (Cómo bajarme, cómo cruzarme) Chirría y se mueve. (Chirrío y me muevo) Muchas veces cambia de sitio. Puede que esa sea yo, un ente en constante cambio. También puede que cambie tanto para huir de quien soy. En serio, esto no puede ser tan difícil. Estoy llorando y me siento absurda, me siento perdida.

Ahora no quiero saltar el precipicio, no quiero hacer el esfuerzo para encontrarme algo que no me guste.

Sí, quiero saltar. Estoy inquieta, efervescente, huidiza, replegada en mí, abierta al mundo. Un fuerte impulso late, me pide que salte al precipicio. Ya he deconstruido mi educación, a mi madre, a mi padre, puedo seguir deconstruyendo todo mi alrededor y luego volver a construir todo un poblado junto al precipicio. Pero tengo que saltar, tengo que mirarme cara a cara, abrazarme, arriesgarme a deconstruirme yo misma. No sé cómo hacerlo. Exorcizar estos miedos me parecía el primer paso lógico. No me siento mejor, no me siento peor. Me siento yo.

Yo siento. Yo siento. Yo siento.

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