Publicado en Feminismo, Te cuento mi vida, veganismo

Autorevolución

Entrada publicada hace un año en Proyecto Kahlo
Ilustrada por Patricia Corrales
Enlaces añadidos a posteriori

 

Lo personal es político

Lo personal es político.

No recuerdo cuando fue que oí o leí esta frase por primera vez, pero sé que no la entendí. Quizá ahora empiece a hacerlo. Son cuatro palabras que dicen demasiado.

Recuerdo aún cuando yo decía “ni machismo, ni feminismo, yo creo en la igualdad”, me da vergüenza admitirlo, pero fui de esas. De las que no sabían lo que era el feminismo. Pero a la vez me llena de orgullo haberlo sido y haberme movido lo suficiente para ser feminista.

A mí el feminismo me ha dado mucho. Gracias al feminismo voto y gracias al feminismo dejo de competir con mujeres para comenzar a abrazamos. El feminismo me ha abierto las puertas al autocuidado y me ha permitido acercarme a otras culturas con otra mirada.

Y como soy agradecida de nacimiento o de socialización, pues yo pensaba qué podía hacer yo por el feminismo, es decir, por mis hermanas. No tengo el don de la oratoria, ni tengo una profesión de esas que cambian el mundo, tampoco el arrojo para darlo todo por las personas más desfavorecidas. Entonces empecé a hacer lo mío: estudiar, aprender y descubrir nuevas cosas.

Investigué sobre mi menstruación. La amé (la amo), la veneré (la venero), la acogí (la acojo) y lo proclamé. Mis dolores premenstruales desaparecieron, mi entorno empezó a conocer sus fases menstruales, la copa menstrual estaba en boca de todo el mundo, yo cancelaba citas para descansar mientras mi endometrio se contraía. Algo había cambiado. Mi mundo había cambiado. Me contagiaba de mundos cambiantes y contagiaba a otros mundos mi cambio.

Lo menstrual se hacía político.

Empecé a pasar más tiempo con mis gatos. Empecé a leer sobre especismo. Empecé a leer sobre consumo sostenible. Pregunté y más gente se hizo esas preguntas conmigo. Soy vegana. Mi nevera ha cambiado. Mi relación con mi entorno ha cambiado. Siento que decido más con mi cartera que con mi voto. Cada día tomo decisiones que van más allá de mi interés personal. Mi percepción ha cambiado.

El consumo se hacía político.

Oí hablar de micromachismos, de mansplainning, de ocupación de espacios… Observaba en el bus urbano cómo actuaba cada persona definida como hombre o como mujer. Jugué. Si un hombre invadía mi espacio abriéndose de piernas, yo me abría más e invadía el suyo. Guerreaba en cada viaje al trabajo. Expresiones de disgusto, de sorpresa, de desagrado. Me empezaba a sentir cómoda en mi cuerpo, en mi sitio, ocupando espacio y moviéndome a mi antojo. Mi presencia había cambiado. Las personas me veían y algunas me imitaban.

El cuerpo se hacía político.

Me cansé de cuidar. Me arranqué el rol de cuidadora del resto de personas. Me cuidé a mi misma. Busqué mi sitio, mi fortaleza, me acomodé en mi para estudiarme a mí. Me analicé, me disfruté, me reencontré. Bailé (bailo) desnuda, abracé (abrazo) a mi niña interior, volví (estoy) a la magia, poemé (poemo) en los semáforos. Y entonces lo vi. La revolución no cambia el mundo. La revolución cambia a las personas que cambian el mundo.

Lo personal es político.

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Publicado en El Mono Revista Cultural, veganismo

Tu vecina se ha comido a sus gatos

Artículo publicado en Nº 51 Especial Carne de Revista El Mono

 

Comerte a tus mascotas. ¿Lo has pensado alguna vez? Ahora mismo yo sería a los únicos animales que me comería (descartando mosquitos suicidados en mi cerveza). Si murieran antes que yo y no estuvieran muy podridos, me gustaría lavarlos, peinarlos, abrirlos, y empezar a degustar un sushi de gato. Sentir que esa dulce mirada pasa a formar parte de mis células, que su ronroneo no morirá en un trozo de tierra cualquiera cerca de Lagunak, que sus uñas aún arañan… Bueno, lo de las uñas no. Pero me parece bonito. Romántico, diría. Y práctico.

Hay un montón de personas que torturan durante determinado tiempo a animales desconocidos (bueno, pagan para que torturen), que no saben de qué se alimentan ni qué enfermedades tienen, luego los asesinan (a no ser que cacen, pagan para que asesinen), lo compran días después en un lugar sin preguntar por las condiciones de conservación y, ¡ala, a la sartén! Bien, pues esas personas cuando yo les digo que me llevaría a la boca un trozo de un animal que conozco, que le he visto cagar, que le he visto comer, que le he visto beber de mi agua y que le huelo el aliento cada día, resulta que estoy loca.

Normalmente ahí ya me callo. No les cuento que me comería tranquilamente a mis seres más queridos (entre los que hace tiempo que se encuentra toda la redacción de El Mono, ¡no veáis qué apetecibles!). Haría todo un ritual, con su música favorita, un acompañamiento de patatas, vino tinto marroquí, una tarta para el postre, incienso para aparentar… y aprovecharía todo lo aprovechable, que esa persona fuera ya parte de mis células. Incluso, si tiene huesos bonitos, parte de mi decoración. En serio, decidme que no es romántico.

Hay una secta en la India, los Aghori Sadhu, que comen cadáveres pescados en el Ganges y creen que eso les purifica. Estoy investigando si hay mujeres y su situación en la secta para planteármelo muy seriamente.

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Y que conste para acta, si yo muero, comedme, pienso repetiros hasta el fin de los días. Seré vuestro eructergeist.