Publicado en Emociones, Feminismo, Magia, Poesía

Hoguera

No he quemado nada.
No tengo nada que echar a una hoguera.
Sólo a mí
y lo que me ha dado la forma que ahora soy.

Me quemo en las llamas
me caliento en las brasas
me seco en las cenizas
soy yo la llama que me quema
la brasa que me calienta
la ceniza seca.

Soy yo el fuego
que decide si mañana seré carbón o ceniza.
Soy llama alimentándome de mi madera
ceniza que será el abono de ese árbol
madera que dará el fruto que cocinaré en mis brasas.

Soy el humo
que transforma el aire
que seré lluvia
que regaré el terreno fértil de mi ser.
Florezco en lenguas de fuego
me retuerzo y me devoro
creando juegos artificiales
y fuegos auténticos.

Ardo, soy hoguera,
madera y fuego,
ceniza y brasa,
humo y lluvia,
abraso y vivo.

Publicado en El Mono Revista Cultural, Emociones

Odiar sabe rico

Artículo publicado en Nº 50 Especial Odio de Revista El Mono

Odiar, odiar… odio según me da. Normalmente cuando me pongo a odiar me meto hasta el fondo, vale ya de cosas a medias. Últimamente odio mucho ese rollo de tener que estar feliz siempre, la mierda esa de la ley de la atracción y del “tú piensa mucho en lo que quieres que llega”. Pues no. El otro día yo deseaba mucho que me lo comieran bien comido, hasta movía la pelvis a lo Elvis para que las señales fueran correctas. Pues no. Dos lamidas y ¡ala, bonita! tú ejercítate el tríceps y la mandíbula a saco chupándola que yo me canso de sacar la lengua a pasear (ya os dije en el número anterior que estoy enfadada con el porno).

Pues eso, que no por mucho madrugar patada en los cojones ni por desear mucho algo te va a caer del cielo. Que sí, que te enfocas en lo bonito y todo es maravilloso entonces. Pero ya te estás olvidando de algo: la lírica del odio. Esa mirada de asco que lanzas cuando ves al gilipollas de turno en el bar al que vas siempre. Esas cañas con colegas poniendo a parir al profe que os amargó el último mes de instituto. Ese cotillear un instagram mientras ríes feroz ante el declive de tu alma enemiga. Esa creatividad que desarrollas en maquinar venganzas y desgracias.

Odiar sale de dentro, y no es como la bilis esa del 15 de julio que te amarga la siguiente quincena. No, es un saborcico como a eructar tras beberte la caña de trago. Amargo, gaseoso, pero liberador.

A mí no me comparéis poner a parir a quien odias con la frasecita de “el karma le pondrá en su sitio”. No duermes igual. Y que yo no quiero que le ponga el karma en su sitio, quiero hacerlo yo, con mirada por encima del hombro, sin mover un dedo, sólo mirando su caída, con la elegancia de una gata. Y luego sonreír y largarme. Ahí sí veo yo felicidad. Y cañas. Y una buena juerga. Y luego que venga el karma o dios o quien sea y me odie a mí. Qué queréis que os diga, amigas, a mí que me odien me pone mucho. El odio genera energía. Odiemos. Venguémonos. Insultemos. Y echemos buenos polvodios, que del odio a una follada con ganas van dos tiros bien echados en un baño.

Publicado en Emociones

¿Paciencia o confianza?

Se ha hablado mucho de la paciencia. De sus dulces frutos y de ser la madre de la ciencia.Hay cientos de frases y proverbios alabando los resultados de ser paciente.

Los ríos lo saben: no hay prisa. Vamos a llegar algún día.-A.A. Milne.
(El creador de Winnie the Pooh)

Llevo diez años entrenándome en el noble arte de la paciencia. Yo, de fondo muy impaciente, he aprendido a tolerar la frustración, a esperar que se cumplieran promesas, descubriendo que tenía razón quien dijo que “El secreto de la paciencia es estar haciendo otra cosa mientras tanto” y observando mis propios ritmos mientras respeto los ajenos. Quizá empecé a entrenar esa capacidad antes o como dijo Guy Kawasaki, sólo aprendí a ocultar mejor mi impaciencia.

La paciencia es el arte de ocultar tu impaciencia.-Guy Kawasaki.
(¿Evangelista tecnológico?)

O percibía tantas dificultades que dejé de rebelarme contra ellas. Vaya usted a saber…

Aprender la paciencia es no rebelarse contra cada dificultad.-Henri Nouwen.
(Sacerdote católico muy espiritual él)

La cosa es que desarrollé el músculo de la paciencia y le saqué partido. Por que pasé de la primera acepción de la palabra, que la define como “Capacidad de sufrir y tolerar desgracias y adversidades o cosas molestas u ofensivas, con fortaleza, sin quejarse ni rebelarse” a la segunda: “Calma o tranquilidad para esperar”. Ya no toleraba adversidades de molestias, lo bueno de la paciencia es que empiezas a relativizarlo todo. Y claro, el relativismo te da una calma muy rica que casi llega al conformismo. Pero, yo, mientras esperaba, iba cocinando. Como cocinar un puchero a fuego lento. Tú no haces mucho (a lo más pones lavadoras o te estudias una carrera mientras) pero el cocido va haciéndose, la legumbre se va ablandando y las verduras van soltando su juguico. Que parece que todo está quieto, pero no, todo bulle, aunque sea despacio.

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Y entonces llega ese momento. El guiso está listo y toca decidir si lo comes en el momento o sigues esperando. Las dos opciones son válidas, depende del estómago que tengas. Y decides. La decisión siempre es el final de un período de paciencia. Tomas una decisión y toda esa paciencia desaparece. No es que te metas en un torbellino de impulsividad. Sino que aparece la confianza.

La confianza es una cosa muy rica, casi más que una fabada. Es fácil confundirla con la paciencia por que los síntomas son los mismos: serenidad, calma, aceptación, tranquilidad. Pero hay un matiz en la mirada. Ya no hay anhelo. Ya no giras la cabeza rápidamente al primer síntoma de un final de ciclo. Miras al frente. Sonríes. Sabes que algo llegará. No sabes qué será. Ni siquiera espera que sea bueno. Por que ya no te creas muchas expectativas. Pero tienes un calorcito dentro de ti. Algo que te dice que sea lo que sea, estás lista. Que venga. Que meta la cuchara en tu plato estrella. Que tú puedes compartirlo o cocinarte otro si te lo roban. Todo está bien. De alguna manera ya no necesitas ser paciente, no hace falta esperar. Basta confiar. ¿En la vida? Puede. ¿En una misma? Seguro. Si he sido capaz de descubrir lo que oculta la paciencia, de moverme estando quieta, de disfrutar de una tensa espera creando una vida interior como quien crea un hogar, ¿qué puede amenazarme?

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Ya no necesito que me salven he crecido
Cuando doy es porque así lo elijo
sin esperar nada a cambio
No deseo que me llenen los vacíos
Mis locuras y mis miedos se sientan en mi mesa 
y a veces lloran conmigo
He aprendido a estar sola
sin morirme de frío
Ya no espero halagos
no me hacen sucumbir tus reproches
no me crean culpa los vampiros
ni discentir con sobradoras voces
No le escapo a mi sombra
que a veces se muestra desquiciada
sé que es mi maestra
y me agudiza la mirada.
Sé lo que necesito, sé donde a veces caigo
puedo hacer lo que guste sin sentir que me delato
viajo liviana en la coherencia de sentir lo que pienso
y traducirlo en estas letras
Ya no me salgo de mi sendero
Me siento completa.

Alejandra Baldrich

 

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Prima tristeza

Recuerdo la primera vez que leí en mi libro de Psicología de la Emoción que la tristeza y la ira tenían funciones adaptativas. Resulta que son emociones y como cualquier emoción la evolución nos las ha puesto ahí por algo.

También recuerdo algo muy curioso que me dijo un psicólogo para el que trabajé: no se puede estar triste y enfadada a la vez. Son emociones antagónicas. De esto no he encontrado mucha literatura, aunque lo tengo bastante comprobado en la práctica.

De lo otro si guardo algún apunte que ahora no encuentro y varios enlaces que sí se encuentran por internet. Por lo visto, la tristeza tiene una función social y otra más introspectiva. La función social es la de conseguir ayuda y consuelo. Es imposible no ser más amables con una persona que está triste, aunque la odiemos un poco o mucho. Una persona que está triste da pena y fomenta nuestra compasión. Y cuando estamos tristes también sentimos apatía, con lo que nos dejamos ayudar más fácilmente. Hay personas que nos acostumbramos a no dejarnos ayudar o no sabemos pedir ayuda y cuando llega la tristeza aprendemos algo nuevo. No sólo a pedir ayuda, sino también a aceptarla con alivio, a sentirnos vulnerables sin miedo. Reconozco que empiezo a acostumbrarme a que me cuiden, me abracen y a decir que no a planes porque sólo tengo ganas de llorar. Ser vulnerable me hace sentir más fuerte. No me siento menos capaz por estar triste, al contrario, siento que poder estar triste es un regalo.

VÍDEO: El poder de la vulnerabilidad

En la tristeza se da una bajada de la energía y nos volvemos hacia dentro. Analizamos todo, repasamos cada detalle, nos volvemos un poco locas y lloramos y miramos al suelo. Es la parte introspectiva, la que nos va a dar claves para superar la situación que ha causado la tristeza. También nos paraliza. Nos obliga a dormir, a no quitarnos el pijama, a hibernar un poco y a coger fuerzas. Mientras el resto del cuerpo para, el cerebro no descansa. Se aprecia un aumento de la actividad neurológica. Y es que cuando estamos tristes no paramos de darle vueltas a eso que ocurrió hace 10 años, a lo que no hicimos el año pasado, a lo que no tendremos en unos meses…

Cunningham considera que la tristeza tiene la función de fomentar el auto-examen constructivo y se valoran otros aspectos de la vida que antes de la pérdida no se les prestaba atención.

La atención se vuelve hacia dentro, ya no prestamos atención a cosas externas y estas pierden importancia. De hecho, cuando estoy triste estoy menos estresada, cosas que serían un problemón en otro problema de repente me la sudan bastante. También me ocurre que vuelvo mucho a mi adolescencia, a ese momento en el que la tristeza estaba guay. No me pilló el movimiento “emo”, pero casi. La tristeza entonces era poética, lírica, daba bien en cámara… Así que ahí estoy, volviendo a escribir poesía, rescatando libros adolescentes y comiendo galletas oreo. Y tiene su punto. En serio. Me quejo mucho de estar triste, pero es en este agujero donde algunas estrellas lucen más y los ruidos del exterior apenas llegan. Hay que saber llevarlo y cuesta, cuesta mucho, pero saber que sirve para algo y tener con quien reírte de ello, ayuda. Mucho.

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Ilustración de SantaSuki

 

 

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Oda a la “zona de comfort”

Está muy bien eso de salir de la zona de comfort, de superar miedos, de avanzar, de no estancarse. Pero hay veces que esa zona en concreto te salva de acabar a la deriva. Es como en clase de Educación Física (con el profe guapo, si puede ser 😉 ), saltas más alto y llegas más lejos si sabes que hay una colchoneta debajo.

Hoy he tenido la suerte de coger fuerzas en mi zona de comfort. No hay nada más especial que tener una cuadrilla, pero no una cualquiera, hablo de una cuadrilla curtida. Una de esas que ha cambiado tanto que han conseguido mantenerse igual de unida. Esa cuadrilla pasa a ser un lugar, un tiempo, un hogar. Sabes dónde dar la luz, dónde hace más calor y dónde refrescarte. Tienes siempre alguien con un guiño cómplice, alguien listo para disparar abrazos y esas palabras… “lo que necesites”: un bálsamo.

Nunca falta una sorpresa cuando menos te lo esperas, una risa, un momento inoportuno y la carcajada posterior, tus guardianas y tus txupiteros. Y sabes que pocas veces responderás a ese “lo que necesites” porque no necesitas (yo, al menos, no necesito) nada más que poder volver. Sentarte en ese sofá que guarda tu hueco y el de tanta gente. Ayer fue otra persona, hoy eres tú. Nada especial. Y, sin embargo, algo que no se puede describir. Esa sensación de saberte bien, incluso en lo peores momentos, en tu lugar seguro, tu refugio.

Me considero una de las personas más afortunadas en este planeta, porque mire donde mire, llame a quien llame, encuentro una respuesta llena de cariño. No tengo palabras para agradecer que dieciséis años después todo haya cambiado para seguir siendo igual. Que sigáis siendo esas personas con las que un día flipé. Que me sigáis haciendo flipar esté arriba, abajo o en medio.

Soy acérrima defensora de despegar desde un suelo firme, de lanzarme desde un puente estable, de soñar desde una cama mullida. No puedo lanzarme a una aventura ni a un futuro desconocido si no tengo una zona de comfort, un hogar cambiante pero permanente, una lanzadera siempre dispuesta a recogerme si algo sale mal. Así que, por favor, dejemos de demonizar al comfort. Sólo desde una zona segura se atreve una a ir más allá, sólo con el apoyo de mi gente me atrevo a llegar hasta las pirámide de Keops.

Gracias por tanto.

Publicado en Emociones, Magia

Mi amiga de siempre que ya no es la de siempre

Hoy una gran amiga ha empezado un blog. El mismo día que yo estreno este. Hacía meses que no nos veíamos y se nos ha puesto la piel de gallina a la vez. Nos hemos leído en palabras de otras personas y nos hemos reconocido. No es con la única persona con quien me pasa. Tengo la suerte de tener grandes amistades, cada una especial y distinta.

Pero hoy he estado con ella. Nos conocemos desde hace más de 15 años. Conectamos pronto. Nos queremos. No nos vemos mucho. No hace falta. Podemos pasar temporadas sin vernos, incluso sabiendo muy poco la una de la otra. Y eso que vivimos en la misma ciudad. No nos importa mucho. A mí no me importa. Creo que a ella tampoco. Lo sé por que cuando nos vemos es como si hubiera pasado mucho tiempo. Sí, ya sé, lo normal es decir “¡parece que no ha pasado el tiempo!” o “cada vez que nos vemos es como si nos hubiéramos visto ayer“. Pues no, en nuestro caso el tiempo pasa, y en ese tiempo nos ocurren muchas cosas. Y cambiamos. O no cambiamos. A veces los cambios son tan grandes que no se notan por fuera y otras veces son simples cambios en la vida: nuevo trabajo, nueva discusión, nueva afición…

Hoy, que yo sentía que estaba con mi amiga de siempre, hablando de las cosas de siempre (o sea, de nosotras y nuestros cambios), solucionando nada como siempre, ella me ha dicho algo que me ha dejado pensando: “ya no podemos tener la misma conversación que hace siete años, evolucionamos, las personas cambiamos”. Y tiene razón, mi amiga de siempre que ya no es la de siempre.

Todo esto echa un poco por tierra la idea de que las buenas amigas no cambian. ¿O no? Para mí la magia de la amistad radica en eso, en reencontrarte siempre, con todos tus cambios. Ella anda su camino, yo ando el mío. Salimos de distintos puntos. Pero siempre compartimos un trozo del trayecto, o pasamos noche bajo el mismo techo. Ella lleva un ritmo. Yo llevo otro. Pero siempre hay un momento y en ese momento, todo es distinto, pero la conexión es la misma.

No me podéis decir que eso no es magia de la buena, que siendo tan distintas, pasando experiencias distintas, teniendo ritmos distintos, cambiando de distinta manera, sigamos conectadas. Y queriéndonos mucho.

gremlins