Publicado en Emociones, Feminismo, Te cuento mi vida

Sola, solita, soltera

“¿Cómo te va? ¿Sigues sola?” Es una pregunta que me han hecho alguna vez desde que se acabó mi última relación. Me choca que nunca me preguntaran, estando emparejada, si me sentía sola. Pero ahora bastantes personas dan por sentado que estoy sola. Sinceramente, no creo haber estado sola nunca en mi vida. Sentirme sola, sí, muchas veces. Estar soltera, alguna menos. Pero estar sola, sin una sola persona con quien contar, creo que nunca. Por eso esa palabra me sorprende y por eso esa pregunta, “¿sigues sola?” me deja muda.

Estar sola

Para asegurarme de que mi percepción se acerca algo a lo que la sociedad ha definido como real, he buscado la definición de “sola” en la RAE.

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Creo que los significados que más nos encajan son los relativos a personas que vienen a ser “Sin compañía” y “Que no tiene quien le ampare, socorra o consuele en sus necesidades o aflicciones”.

¿Lo tenemos? Analicemos nuestro entorno, sin entrar en si alguien está en pareja, en mil relaciones o en una cabaña perdida en un árbol perdido en un bosque. ¿Conocéis a alguien que no tenga absolutamente a nadie, nunca, quien le ampare, socorra o consuele en sus necesidades o aflicciones? Sí, hay personas que viven situaciones de exclusión social extremas, pero seguramente si estás leyendo esto, tengas la opción de acudir a Servicios Sociales y hablar con una profesional de la psicología, o coger un teléfono y llamar a una excompañera de trabajo, o bajar a un centro cultural y apuntarte a unas clases donde conocer personas que si no te amparan, por lo menos te hagan compañía.

Estar sola en esta sociedad es muy difícil, a pesar del individualismo imperante. La mayoría de personas tenemos redes familiares, amistosas, laborales… Personas que nos acompañan en determinados momentos, que brindan con nuestras alegrías, que escuchan nuestras rutinas.

Sentirse sola

¡Ay! Pero no estar sola no evita que nos sintamos solas en algún momento. La soledad es ese brebaje que lo mismo sirve como remedio que como veneno. Y pocas veces tiene que ver con la compañía que nos proporcionen otras personas. La soledad es un sentimiento, lo que implica una carga de interpretación por nuestra parte. Por eso diferencio entre “estar sola” y “sentirse sola”. Un sentimiento se define como la autopercepción que la mente hace de unas determinadas emociones o de un determinado estado emocional. Si por ejemplo, percibimos la soledad asociada a emociones como la tristeza, la viviremos como un sentimiento negativo. Si la asociamos a un estado emocional de relajación, la viviremos como un sentimiento positivo.

En la percepción negativa de la soledad, lo que habitualmente expresamos como “me siento sola” suele estar asociada a sentimientos de incomprensión, tristeza e inseguridad. En realidad no es que estemos solas, es que hemos perdido cierta conexión con las personas que configuran nuestro entorno habitual. O quizá alguna otra barrera nos impida abrirnos a esas personas. Como ese estado nos genera más tristeza e inseguridad, corremos el riesgo de alimentarlo más al retraernos y evitar interactuar.

Soltera

Y llegamos ya al punto. Soltera. Estoy soltera. No sola. Bueno, según la RAE no, porque sí me casé aunque ahora ande divorciada.

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Pero según Google yo estoy soltera.

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En ningún punto pone falta de compañía o hace referencia a la soledad. Sino a un estado civil y, si me apuras, más administrativo que otra cosa. Vamos, que la soltería poco tiene que ver con la soledad.

La soltería es una manera más de las miles que hay de establecer relaciones con el resto de personas. No es ni mejor ni peor que la vida en comunidad, en pareja o en familia. No implica mayor soledad ni mayor libertad. Se puede ser muy libre en pareja (¡se debería ser muy libre en pareja!) igual que una se puede sentir muy sola en una relación donde no es escuchada ni cuidada. También se puede ser muy dependiente estando soltera (de amistades, de “ligues”, del trabajo…) o sentirse muy acompañada y apoyada.

Creo que asociar soltería a soledad ha hecho mucho daño a las personas que viven (elegida o circunstancialmente) en esta manera de relacionarse con el mundo. Porque la soledad, por mucho que sea necesaria y maravillosa, sigue teniendo connotaciones negativas, sigue siendo un estado que pretendemos evitar. Y si la asociamos con la soltería, buscaremos aliviarla con la búsqueda de una pareja. Y no, la soledad no se alivia tirándonos de cabeza a relaciones en las que buscamos salvación. Nadie que no seamos nosotras puede salvarnos de nuestra manera de interpretar la realidad.

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Bueno, quizá Jane Fonda nos dé un motivo para buscar pareja…
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Miedo, tengo miedo

Tengo miedo. Tengo los ovarios en la garganta, el estómago en el pecho y el corazón callado. De nuevo, he tomado una decisión que nunca antes había tomado, no sé qué viene después. Lo veo todo de mil colores, veo multitud de caminos, tantas opciones a mi alcance que me paralizo. Y paralizarme me aterra. Así que vuelvo a lo conocido, a los cursos, los libros, la acción, dejarme llevar… Mis vísceras me gritan, ¡para! Y yo les susurro “callad, sólo un poco más, sólo hasta que esté segura”. Pero nunca lo estoy. Y según veo nunca lo estaré.

Decidir ser, más allá de hacer, conseguir o querer, es muy arriesgado. Todo se vuelve del revés. He decidido hacer caso a alguien que no tiene ni idea de la vida, A MÍ. ¿Y ahora qué? He dado otro paso alejándome de lo que ya no quiero, pero cómo estar seguro de que me acerca a lo que quiero. ¿Cómo me aseguro de que lo que quiero es lo que quiero? ¿Y si mañana cambio de idea, tendré que desandar el camino?

Es cierto, que noto una extraña confianza en la vida y en mí misma. Pero, claro, esa sensación también es nueva. Y cuando algo es nuevo, suelo pensar que trae algo oculto. Así que ante la confianza me muero de miedo por pensar que es temeridad o ingenuidad. Y vuelta otra vez.

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Sólo conozco dos manera de superar ese miedo y a ellas me aferro. La primera es el deseo. Si no tengo muy claro hacia donde tirar, voy a hacer lo que me apetezca, que por lo menos voy a disfrutar mientras tanto. Esto lleva implícito también la acción, aunque estoy aprendiendo también a parar y vaciarme, para llenarme de deseos renovados. No sé por qué pero esto funciona de una manera mágica. No me da de comer, pero me llena de tranquilidad y de momentos muy especiales.

La otra manera es admirar a personas que también han tenido miedo. Tengo la enorme suerte de estar rodeada de mujeres maravillosas que han atravesado sus miedos o los están atravesando y no ocultan nada del proceso. No me ayudan nada los casos de éxitos, los “la crisis me ayudó a conocer mi vocación y triunfar”. No, a mí me gusta cuando gente que hace lo que quiere explica que ser autónoma da lo justito para pagar el alquiler, pero te regalan entradas para conciertos. Me gusta cómo lo cuenta Diana Aller en su blog, me gusta cuando Erika Irusta cuenta la de vueltas que ha dado para crear su gran proyecto Soy1Soy4 o para compartirse en “Diario de un Cuerpo”, me gusta cuando mis mejores amigas se sienten perdidas y agobiadas ante proyectos que yo sé que son más que capaces de llevar a cabo o cuando deciden perderse a propósito yendo a Santiago. Me gusta ver a mujeres capaces enfrentando sus inseguridades y los obstáculos que nos pone esta sociedad. Así no me siento engañada. No he elegido un camino fácil, no he elegido hacerme rica, he elegido intentar vivir como yo quiero y eso no va a ser sencillo. Pero las veo a ellas, veo a Amelia sonriendo en tras dar una charla, a Patricia inventando cada día una nueva manera de mejorar el mundo y luego tomándose su merecida caña o Fátima creando un proyecto tras otro e insuflando fuerza a todas quienes le rodeamos desde su modesto piso de alquiler y sé que puede merecer la pena. Sé que a ellas les merece la pena.

Sigo muerta de miedo, ellas me han contado todo el esfuerzo que requiere vivir a la manera de una. Sin embargo, me siento muy acompañada en ese miedo y eso da fuerzas. Muchas.

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Mi madre no llora

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Mi madre no llora.

Mi madre, que de niña soñaba con casarse y hoy está divorciada, no llora.
Mi madre, que se sentía fuerte cuidando y hoy le ayudan a ducharse, no llora.
Mi madre, que enjugó nuestras lágrimas y ahora ve como caen por ella, no llora.
Mi madre, que siempre escuchó a todo el mundo y ahora tiene un teléfono mudo, no llora.
Mi madre, que luchó por mi independencia y ahora depende de mí, no llora.

Mi madre no llora y lloro yo por ella.

Son tantas sus lágrimas reprimidas que me ahogan la garganta,
me llenan el estómago,
se derraman por mi útero,
asfixian mis pulmones.

Lloro sus lágrimas.
Porque mi madre no llora.

Mi madre no llora porque la llamaron tonta y se lo creyó.
Mi madre no llora porque la dejaron sola y no supo por qué.
Mi madre no llora porque recuerda y sabe que hizo bien.
Mi madre no llora porque cada mañana es su lucha.

Mi madre no llora.
Porque para llorar hay que poder.

Y yo le escupo lágrimas de impotencia.
Y yo le lanzo lágrimas de desesperación.
Y yo le acerco mis lágrimas de culpa.
Y yo le suplico lágrimas.

Le mojo su piel seca.
Le empapo su pena. Que es la mía. Empapadas se confunden.
Le inundo su no vida.

Me derramo y me vacío.

 

Lloro.
Mi madre no llora.

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Yo, ¿soy?

Entrada publicada hace un tiempito ya en El Camino Rubí.

Yo. ¿Soy? ¿Quién soy? ¿Soy la que lloró los tres primeros años de su vida sin parar? ¿Soy una veces la “campeona” que alcanzaba la cima y la “falsa” que se quejaba antes de hacerlo? ¿Soy la que necesitaba que su madre la cuidara o la que la cuidaba a ella? ¿Soy la que sacaba buenas notas? ¿Soy vaga? ¿Soy la que se volvió loca a los 18 años? ¿Soy la madura y centrada que aprovechó esa locura para aprender a no quejarse?

Soy la que se reconstruyó para poder romperse ahora de nuevo. Soy la que no para de apuntalarse, destrozarse y volverse a levantar. La que teme mirar de frente sus ruinas. La que se siente atraída por ellas.

Ante mí, un precipicio. Me atrrae y me aterra (sí, “atrrae” con doble r, con las misma letras que “aterra” porque para mí siempre han sido sinónimos, ¿o no? ¿o me estoy inventando un “siempre” que me de la coherencia que ninguna vida ni personalidad tiene?).

El precipicio que más miedo me ha dado desde que aprendí a descubrir mis precipicios. Aquel al que siempre me asomo y al que nunca salto.

Llega el momento. Se acabaron las excusas. Toca conocerme. Y estoy muerta de miedo.

Lo que más miedo me da de mí es no gustarme, decepcionarme, odiarme, perder mi derecho a ser querida (mi terapeuta me dijo que en el momento en que existimos ya merecemos amor, sólo por existir, ¿os lo podéis creer? Nacer y que te quieran sin haber hecho nada aún, sin haber logrado nada. Lo fuerte es que yo fui querida, pero nunca creí que fuera por existir. Es algo que aún no me entra en la cabeza. ¿Así, amor gratis, sin pagar nada a cambio?).

Llevo años construyendo un sistema de apoyos, recursos y herramientas propias que yo misma me he construido para ser feliz, para que las cosas no duelan tanto, para vivir en la fantasía de que yo soy lo que yo construyo, que yo me merezco ser querida porque “mira mamá, mira papá, ya no doy problemas, ya soy autosuficiente, autónoma, os cuido y ¡hasta os riño!” ¿Y si en el fondo no quiero esto, o no soy así, y si yo sólo quiero…? ¿Qué quiero?

Vale, venga, voy a por ello, me descubro, me conozco y me responsabilizo.

¿Me responsabilizo? Uuuhhh, eso no sé si me mola tanto. Hasta ahora si algo salía mal, como lo había hecho por no decepcionar a mi padre, o por cuidar a mi madre, o para calmar a mi tía, o para defenderme de mi hermana, podía eludir la responsabilidad, tenía un motivo para haberla cagado, haber hecho daño, culpar a otras personas, fustigarme por ser “demasiado buena”. ¡¡¡EXCUSAS!!! Ahora ya no las tendré. Cuando me conozca, tocará aprenderme, luego quererme y finalmente responsabilizarme. Ya no habrá motivos, sólo uno: YO LO DECIDIRÉ TODO MÁS LIBREMENTE. ¿Asusta o no?

Sin embargo, me muero de ganas. Me impaciento por ver qué decido, qué elijo, cómo manejo mi vida desde la mayor libertad a la que puedo aspirar. ¿Me atreveré? ¿Se romperá mi mundo? ¿Me romperé yo? ¿Me reconstruiré igual o tomaré otra forma?

Sigamos con este arranque de sinceridad. Venga, en voz alta:

ME DA MIEDO NO GUSTAR A NADIE. ME DA MIEDO QUE ME IMPORTE NO GUSTAR A NADIE.

Tantos años trabajando para que la opinión ajena me resbale, cuidando mi autoestima, disfrutando la soledad, pero me sigue dando miedo exactamente lo mismo. Es más, en mi más absoluta falta de modestia diré que me aterra (y ahora no me atrae) no ver nada extremo en mí, ni bueno ni malo. Descubrirme como una persona plana, tibia, mediocre, del montón. Ese tipo de persona a quien yo siempre he despreciado desde mi pedestal de barro de creer que debajo de mí brilla algo distinto.

Pero vamos a pensarlo bien. ¿Conozco a ese tipo de personas que digo despreciar? ¿Ni una? ¿Por qué tengo tanto miedo a no ser especial, o a que todas las personas seamos especiales y por lo tanto ser especial sea lo común. ¿Qué es ser especial? Especial es el antónimo de común, y común es cuando algo se repite, con lo cual, tanto especial como común necesitan de otras personas, de la comparación con ellas. Si dejamos de compararnos ambas etiquetas pierden sentido. ¿Es posible dejar de compararnos? Como seres sociales que somos siempre vamos a relacionarnos con otras personas, incluso la no relación es una manera de interactuar. ¿Implica eso necesariamente la comparación?

Volvamos a mí, que entre lo que me cuesta usar la primera persona y lo que me gusta filosofar, sigo bordeando el precipicio. Miro mi cuerpo. Este cuerpo que cambia cada año, engorda, adelgaza, se tonifica, se ablanda, se quiere, se odia. Hace meses, cuando entré en esta maravillosa casa, descubrí que soy un cuerpo. Y ahora me escucho. Y sé que soy más sabia. Y cuando no quiero estar conmigo sé que algo va mal. Pero también soy algo más que cuerpo. Puede que el cuerpo sea el puente, pero no sé cómo bajarlo, no sé cómo cruzarlo aún. (Cómo bajarme, cómo cruzarme) Chirría y se mueve. (Chirrío y me muevo) Muchas veces cambia de sitio. Puede que esa sea yo, un ente en constante cambio. También puede que cambie tanto para huir de quien soy. En serio, esto no puede ser tan difícil. Estoy llorando y me siento absurda, me siento perdida.

Ahora no quiero saltar el precipicio, no quiero hacer el esfuerzo para encontrarme algo que no me guste.

Sí, quiero saltar. Estoy inquieta, efervescente, huidiza, replegada en mí, abierta al mundo. Un fuerte impulso late, me pide que salte al precipicio. Ya he deconstruido mi educación, a mi madre, a mi padre, puedo seguir deconstruyendo todo mi alrededor y luego volver a construir todo un poblado junto al precipicio. Pero tengo que saltar, tengo que mirarme cara a cara, abrazarme, arriesgarme a deconstruirme yo misma. No sé cómo hacerlo. Exorcizar estos miedos me parecía el primer paso lógico. No me siento mejor, no me siento peor. Me siento yo.

Yo siento. Yo siento. Yo siento.

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Hoguera

No he quemado nada.
No tengo nada que echar a una hoguera.
Sólo a mí
y lo que me ha dado la forma que ahora soy.

Me quemo en las llamas
me caliento en las brasas
me seco en las cenizas
soy yo la llama que me quema
la brasa que me calienta
la ceniza seca.

Soy yo el fuego
que decide si mañana seré carbón o ceniza.
Soy llama alimentándome de mi madera
ceniza que será el abono de ese árbol
madera que dará el fruto que cocinaré en mis brasas.

Soy el humo
que transforma el aire
que seré lluvia
que regaré el terreno fértil de mi ser.
Florezco en lenguas de fuego
me retuerzo y me devoro
creando juegos artificiales
y fuegos auténticos.

Ardo, soy hoguera,
madera y fuego,
ceniza y brasa,
humo y lluvia,
abraso y vivo.

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¿Paciencia o confianza?

Se ha hablado mucho de la paciencia. De sus dulces frutos y de ser la madre de la ciencia.Hay cientos de frases y proverbios alabando los resultados de ser paciente.

Los ríos lo saben: no hay prisa. Vamos a llegar algún día.-A.A. Milne.
(El creador de Winnie the Pooh)

Llevo diez años entrenándome en el noble arte de la paciencia. Yo, de fondo muy impaciente, he aprendido a tolerar la frustración, a esperar que se cumplieran promesas, descubriendo que tenía razón quien dijo que “El secreto de la paciencia es estar haciendo otra cosa mientras tanto” y observando mis propios ritmos mientras respeto los ajenos. Quizá empecé a entrenar esa capacidad antes o como dijo Guy Kawasaki, sólo aprendí a ocultar mejor mi impaciencia.

La paciencia es el arte de ocultar tu impaciencia.-Guy Kawasaki.
(¿Evangelista tecnológico?)

O percibía tantas dificultades que dejé de rebelarme contra ellas. Vaya usted a saber…

Aprender la paciencia es no rebelarse contra cada dificultad.-Henri Nouwen.
(Sacerdote católico muy espiritual él)

La cosa es que desarrollé el músculo de la paciencia y le saqué partido. Por que pasé de la primera acepción de la palabra, que la define como “Capacidad de sufrir y tolerar desgracias y adversidades o cosas molestas u ofensivas, con fortaleza, sin quejarse ni rebelarse” a la segunda: “Calma o tranquilidad para esperar”. Ya no toleraba adversidades de molestias, lo bueno de la paciencia es que empiezas a relativizarlo todo. Y claro, el relativismo te da una calma muy rica que casi llega al conformismo. Pero, yo, mientras esperaba, iba cocinando. Como cocinar un puchero a fuego lento. Tú no haces mucho (a lo más pones lavadoras o te estudias una carrera mientras) pero el cocido va haciéndose, la legumbre se va ablandando y las verduras van soltando su juguico. Que parece que todo está quieto, pero no, todo bulle, aunque sea despacio.

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Y entonces llega ese momento. El guiso está listo y toca decidir si lo comes en el momento o sigues esperando. Las dos opciones son válidas, depende del estómago que tengas. Y decides. La decisión siempre es el final de un período de paciencia. Tomas una decisión y toda esa paciencia desaparece. No es que te metas en un torbellino de impulsividad. Sino que aparece la confianza.

La confianza es una cosa muy rica, casi más que una fabada. Es fácil confundirla con la paciencia por que los síntomas son los mismos: serenidad, calma, aceptación, tranquilidad. Pero hay un matiz en la mirada. Ya no hay anhelo. Ya no giras la cabeza rápidamente al primer síntoma de un final de ciclo. Miras al frente. Sonríes. Sabes que algo llegará. No sabes qué será. Ni siquiera espera que sea bueno. Por que ya no te creas muchas expectativas. Pero tienes un calorcito dentro de ti. Algo que te dice que sea lo que sea, estás lista. Que venga. Que meta la cuchara en tu plato estrella. Que tú puedes compartirlo o cocinarte otro si te lo roban. Todo está bien. De alguna manera ya no necesitas ser paciente, no hace falta esperar. Basta confiar. ¿En la vida? Puede. ¿En una misma? Seguro. Si he sido capaz de descubrir lo que oculta la paciencia, de moverme estando quieta, de disfrutar de una tensa espera creando una vida interior como quien crea un hogar, ¿qué puede amenazarme?

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Ya no necesito que me salven he crecido
Cuando doy es porque así lo elijo
sin esperar nada a cambio
No deseo que me llenen los vacíos
Mis locuras y mis miedos se sientan en mi mesa 
y a veces lloran conmigo
He aprendido a estar sola
sin morirme de frío
Ya no espero halagos
no me hacen sucumbir tus reproches
no me crean culpa los vampiros
ni discentir con sobradoras voces
No le escapo a mi sombra
que a veces se muestra desquiciada
sé que es mi maestra
y me agudiza la mirada.
Sé lo que necesito, sé donde a veces caigo
puedo hacer lo que guste sin sentir que me delato
viajo liviana en la coherencia de sentir lo que pienso
y traducirlo en estas letras
Ya no me salgo de mi sendero
Me siento completa.

Alejandra Baldrich