Publicado en Emociones, Te cuento mi vida

Miedo, tengo miedo

Tengo miedo. Tengo los ovarios en la garganta, el estómago en el pecho y el corazón callado. De nuevo, he tomado una decisión que nunca antes había tomado, no sé qué viene después. Lo veo todo de mil colores, veo multitud de caminos, tantas opciones a mi alcance que me paralizo. Y paralizarme me aterra. Así que vuelvo a lo conocido, a los cursos, los libros, la acción, dejarme llevar… Mis vísceras me gritan, ¡para! Y yo les susurro “callad, sólo un poco más, sólo hasta que esté segura”. Pero nunca lo estoy. Y según veo nunca lo estaré.

Decidir ser, más allá de hacer, conseguir o querer, es muy arriesgado. Todo se vuelve del revés. He decidido hacer caso a alguien que no tiene ni idea de la vida, A MÍ. ¿Y ahora qué? He dado otro paso alejándome de lo que ya no quiero, pero cómo estar seguro de que me acerca a lo que quiero. ¿Cómo me aseguro de que lo que quiero es lo que quiero? ¿Y si mañana cambio de idea, tendré que desandar el camino?

Es cierto, que noto una extraña confianza en la vida y en mí misma. Pero, claro, esa sensación también es nueva. Y cuando algo es nuevo, suelo pensar que trae algo oculto. Así que ante la confianza me muero de miedo por pensar que es temeridad o ingenuidad. Y vuelta otra vez.

vintage scared woman

Sólo conozco dos manera de superar ese miedo y a ellas me aferro. La primera es el deseo. Si no tengo muy claro hacia donde tirar, voy a hacer lo que me apetezca, que por lo menos voy a disfrutar mientras tanto. Esto lleva implícito también la acción, aunque estoy aprendiendo también a parar y vaciarme, para llenarme de deseos renovados. No sé por qué pero esto funciona de una manera mágica. No me da de comer, pero me llena de tranquilidad y de momentos muy especiales.

La otra manera es admirar a personas que también han tenido miedo. Tengo la enorme suerte de estar rodeada de mujeres maravillosas que han atravesado sus miedos o los están atravesando y no ocultan nada del proceso. No me ayudan nada los casos de éxitos, los “la crisis me ayudó a conocer mi vocación y triunfar”. No, a mí me gusta cuando gente que hace lo que quiere explica que ser autónoma da lo justito para pagar el alquiler, pero te regalan entradas para conciertos. Me gusta cómo lo cuenta Diana Aller en su blog, me gusta cuando Erika Irusta cuenta la de vueltas que ha dado para crear su gran proyecto Soy1Soy4 o para compartirse en “Diario de un Cuerpo”, me gusta cuando mis mejores amigas se sienten perdidas y agobiadas ante proyectos que yo sé que son más que capaces de llevar a cabo o cuando deciden perderse a propósito yendo a Santiago. Me gusta ver a mujeres capaces enfrentando sus inseguridades y los obstáculos que nos pone esta sociedad. Así no me siento engañada. No he elegido un camino fácil, no he elegido hacerme rica, he elegido intentar vivir como yo quiero y eso no va a ser sencillo. Pero las veo a ellas, veo a Amelia sonriendo en tras dar una charla, a Patricia inventando cada día una nueva manera de mejorar el mundo y luego tomándose su merecida caña o Fátima creando un proyecto tras otro e insuflando fuerza a todas quienes le rodeamos desde su modesto piso de alquiler y sé que puede merecer la pena. Sé que a ellas les merece la pena.

Sigo muerta de miedo, ellas me han contado todo el esfuerzo que requiere vivir a la manera de una. Sin embargo, me siento muy acompañada en ese miedo y eso da fuerzas. Muchas.

Anuncios
Publicado en Emociones, Te cuento mi vida

Mi madre no llora

f8b5208d84b87243af00215c283d008e

Mi madre no llora.

Mi madre, que de niña soñaba con casarse y hoy está divorciada, no llora.
Mi madre, que se sentía fuerte cuidando y hoy le ayudan a ducharse, no llora.
Mi madre, que enjugó nuestras lágrimas y ahora ve como caen por ella, no llora.
Mi madre, que siempre escuchó a todo el mundo y ahora tiene un teléfono mudo, no llora.
Mi madre, que luchó por mi independencia y ahora depende de mí, no llora.

Mi madre no llora y lloro yo por ella.

Son tantas sus lágrimas reprimidas que me ahogan la garganta,
me llenan el estómago,
se derraman por mi útero,
asfixian mis pulmones.

Lloro sus lágrimas.
Porque mi madre no llora.

Mi madre no llora porque la llamaron tonta y se lo creyó.
Mi madre no llora porque la dejaron sola y no supo por qué.
Mi madre no llora porque recuerda y sabe que hizo bien.
Mi madre no llora porque cada mañana es su lucha.

Mi madre no llora.
Porque para llorar hay que poder.

Y yo le escupo lágrimas de impotencia.
Y yo le lanzo lágrimas de desesperación.
Y yo le acerco mis lágrimas de culpa.
Y yo le suplico lágrimas.

Le mojo su piel seca.
Le empapo su pena. Que es la mía. Empapadas se confunden.
Le inundo su no vida.

Me derramo y me vacío.

 

Lloro.
Mi madre no llora.

Publicado en Emociones, Te cuento mi vida

Yo, ¿soy?

Entrada publicada hace un tiempito ya en El Camino Rubí.

Yo. ¿Soy? ¿Quién soy? ¿Soy la que lloró los tres primeros años de su vida sin parar? ¿Soy una veces la “campeona” que alcanzaba la cima y la “falsa” que se quejaba antes de hacerlo? ¿Soy la que necesitaba que su madre la cuidara o la que la cuidaba a ella? ¿Soy la que sacaba buenas notas? ¿Soy vaga? ¿Soy la que se volvió loca a los 18 años? ¿Soy la madura y centrada que aprovechó esa locura para aprender a no quejarse?

Soy la que se reconstruyó para poder romperse ahora de nuevo. Soy la que no para de apuntalarse, destrozarse y volverse a levantar. La que teme mirar de frente sus ruinas. La que se siente atraída por ellas.

Ante mí, un precipicio. Me atrrae y me aterra (sí, “atrrae” con doble r, con las misma letras que “aterra” porque para mí siempre han sido sinónimos, ¿o no? ¿o me estoy inventando un “siempre” que me de la coherencia que ninguna vida ni personalidad tiene?).

El precipicio que más miedo me ha dado desde que aprendí a descubrir mis precipicios. Aquel al que siempre me asomo y al que nunca salto.

Llega el momento. Se acabaron las excusas. Toca conocerme. Y estoy muerta de miedo.

Lo que más miedo me da de mí es no gustarme, decepcionarme, odiarme, perder mi derecho a ser querida (mi terapeuta me dijo que en el momento en que existimos ya merecemos amor, sólo por existir, ¿os lo podéis creer? Nacer y que te quieran sin haber hecho nada aún, sin haber logrado nada. Lo fuerte es que yo fui querida, pero nunca creí que fuera por existir. Es algo que aún no me entra en la cabeza. ¿Así, amor gratis, sin pagar nada a cambio?).

Llevo años construyendo un sistema de apoyos, recursos y herramientas propias que yo misma me he construido para ser feliz, para que las cosas no duelan tanto, para vivir en la fantasía de que yo soy lo que yo construyo, que yo me merezco ser querida porque “mira mamá, mira papá, ya no doy problemas, ya soy autosuficiente, autónoma, os cuido y ¡hasta os riño!” ¿Y si en el fondo no quiero esto, o no soy así, y si yo sólo quiero…? ¿Qué quiero?

Vale, venga, voy a por ello, me descubro, me conozco y me responsabilizo.

¿Me responsabilizo? Uuuhhh, eso no sé si me mola tanto. Hasta ahora si algo salía mal, como lo había hecho por no decepcionar a mi padre, o por cuidar a mi madre, o para calmar a mi tía, o para defenderme de mi hermana, podía eludir la responsabilidad, tenía un motivo para haberla cagado, haber hecho daño, culpar a otras personas, fustigarme por ser “demasiado buena”. ¡¡¡EXCUSAS!!! Ahora ya no las tendré. Cuando me conozca, tocará aprenderme, luego quererme y finalmente responsabilizarme. Ya no habrá motivos, sólo uno: YO LO DECIDIRÉ TODO MÁS LIBREMENTE. ¿Asusta o no?

Sin embargo, me muero de ganas. Me impaciento por ver qué decido, qué elijo, cómo manejo mi vida desde la mayor libertad a la que puedo aspirar. ¿Me atreveré? ¿Se romperá mi mundo? ¿Me romperé yo? ¿Me reconstruiré igual o tomaré otra forma?

Sigamos con este arranque de sinceridad. Venga, en voz alta:

ME DA MIEDO NO GUSTAR A NADIE. ME DA MIEDO QUE ME IMPORTE NO GUSTAR A NADIE.

Tantos años trabajando para que la opinión ajena me resbale, cuidando mi autoestima, disfrutando la soledad, pero me sigue dando miedo exactamente lo mismo. Es más, en mi más absoluta falta de modestia diré que me aterra (y ahora no me atrae) no ver nada extremo en mí, ni bueno ni malo. Descubrirme como una persona plana, tibia, mediocre, del montón. Ese tipo de persona a quien yo siempre he despreciado desde mi pedestal de barro de creer que debajo de mí brilla algo distinto.

Pero vamos a pensarlo bien. ¿Conozco a ese tipo de personas que digo despreciar? ¿Ni una? ¿Por qué tengo tanto miedo a no ser especial, o a que todas las personas seamos especiales y por lo tanto ser especial sea lo común. ¿Qué es ser especial? Especial es el antónimo de común, y común es cuando algo se repite, con lo cual, tanto especial como común necesitan de otras personas, de la comparación con ellas. Si dejamos de compararnos ambas etiquetas pierden sentido. ¿Es posible dejar de compararnos? Como seres sociales que somos siempre vamos a relacionarnos con otras personas, incluso la no relación es una manera de interactuar. ¿Implica eso necesariamente la comparación?

Volvamos a mí, que entre lo que me cuesta usar la primera persona y lo que me gusta filosofar, sigo bordeando el precipicio. Miro mi cuerpo. Este cuerpo que cambia cada año, engorda, adelgaza, se tonifica, se ablanda, se quiere, se odia. Hace meses, cuando entré en esta maravillosa casa, descubrí que soy un cuerpo. Y ahora me escucho. Y sé que soy más sabia. Y cuando no quiero estar conmigo sé que algo va mal. Pero también soy algo más que cuerpo. Puede que el cuerpo sea el puente, pero no sé cómo bajarlo, no sé cómo cruzarlo aún. (Cómo bajarme, cómo cruzarme) Chirría y se mueve. (Chirrío y me muevo) Muchas veces cambia de sitio. Puede que esa sea yo, un ente en constante cambio. También puede que cambie tanto para huir de quien soy. En serio, esto no puede ser tan difícil. Estoy llorando y me siento absurda, me siento perdida.

Ahora no quiero saltar el precipicio, no quiero hacer el esfuerzo para encontrarme algo que no me guste.

Sí, quiero saltar. Estoy inquieta, efervescente, huidiza, replegada en mí, abierta al mundo. Un fuerte impulso late, me pide que salte al precipicio. Ya he deconstruido mi educación, a mi madre, a mi padre, puedo seguir deconstruyendo todo mi alrededor y luego volver a construir todo un poblado junto al precipicio. Pero tengo que saltar, tengo que mirarme cara a cara, abrazarme, arriesgarme a deconstruirme yo misma. No sé cómo hacerlo. Exorcizar estos miedos me parecía el primer paso lógico. No me siento mejor, no me siento peor. Me siento yo.

Yo siento. Yo siento. Yo siento.

il_340x270.1198155281_nl14

 

Publicado en Emociones, Feminismo, Magia, Poesía

Hoguera

No he quemado nada.
No tengo nada que echar a una hoguera.
Sólo a mí
y lo que me ha dado la forma que ahora soy.

Me quemo en las llamas
me caliento en las brasas
me seco en las cenizas
soy yo la llama que me quema
la brasa que me calienta
la ceniza seca.

Soy yo el fuego
que decide si mañana seré carbón o ceniza.
Soy llama alimentándome de mi madera
ceniza que será el abono de ese árbol
madera que dará el fruto que cocinaré en mis brasas.

Soy el humo
que transforma el aire
que seré lluvia
que regaré el terreno fértil de mi ser.
Florezco en lenguas de fuego
me retuerzo y me devoro
creando juegos artificiales
y fuegos auténticos.

Ardo, soy hoguera,
madera y fuego,
ceniza y brasa,
humo y lluvia,
abraso y vivo.

Publicado en El Mono Revista Cultural, Emociones

Odiar sabe rico

Artículo publicado en Nº 50 Especial Odio de Revista El Mono

Odiar, odiar… odio según me da. Normalmente cuando me pongo a odiar me meto hasta el fondo, vale ya de cosas a medias. Últimamente odio mucho ese rollo de tener que estar feliz siempre, la mierda esa de la ley de la atracción y del “tú piensa mucho en lo que quieres que llega”. Pues no. El otro día yo deseaba mucho que me lo comieran bien comido, hasta movía la pelvis a lo Elvis para que las señales fueran correctas. Pues no. Dos lamidas y ¡ala, bonita! tú ejercítate el tríceps y la mandíbula a saco chupándola que yo me canso de sacar la lengua a pasear (ya os dije en el número anterior que estoy enfadada con el porno).

Pues eso, que no por mucho madrugar patada en los cojones ni por desear mucho algo te va a caer del cielo. Que sí, que te enfocas en lo bonito y todo es maravilloso entonces. Pero ya te estás olvidando de algo: la lírica del odio. Esa mirada de asco que lanzas cuando ves al gilipollas de turno en el bar al que vas siempre. Esas cañas con colegas poniendo a parir al profe que os amargó el último mes de instituto. Ese cotillear un instagram mientras ríes feroz ante el declive de tu alma enemiga. Esa creatividad que desarrollas en maquinar venganzas y desgracias.

Odiar sale de dentro, y no es como la bilis esa del 15 de julio que te amarga la siguiente quincena. No, es un saborcico como a eructar tras beberte la caña de trago. Amargo, gaseoso, pero liberador.

A mí no me comparéis poner a parir a quien odias con la frasecita de “el karma le pondrá en su sitio”. No duermes igual. Y que yo no quiero que le ponga el karma en su sitio, quiero hacerlo yo, con mirada por encima del hombro, sin mover un dedo, sólo mirando su caída, con la elegancia de una gata. Y luego sonreír y largarme. Ahí sí veo yo felicidad. Y cañas. Y una buena juerga. Y luego que venga el karma o dios o quien sea y me odie a mí. Qué queréis que os diga, amigas, a mí que me odien me pone mucho. El odio genera energía. Odiemos. Venguémonos. Insultemos. Y echemos buenos polvodios, que del odio a una follada con ganas van dos tiros bien echados en un baño.

Publicado en Emociones

¿Paciencia o confianza?

Se ha hablado mucho de la paciencia. De sus dulces frutos y de ser la madre de la ciencia.Hay cientos de frases y proverbios alabando los resultados de ser paciente.

Los ríos lo saben: no hay prisa. Vamos a llegar algún día.-A.A. Milne.
(El creador de Winnie the Pooh)

Llevo diez años entrenándome en el noble arte de la paciencia. Yo, de fondo muy impaciente, he aprendido a tolerar la frustración, a esperar que se cumplieran promesas, descubriendo que tenía razón quien dijo que “El secreto de la paciencia es estar haciendo otra cosa mientras tanto” y observando mis propios ritmos mientras respeto los ajenos. Quizá empecé a entrenar esa capacidad antes o como dijo Guy Kawasaki, sólo aprendí a ocultar mejor mi impaciencia.

La paciencia es el arte de ocultar tu impaciencia.-Guy Kawasaki.
(¿Evangelista tecnológico?)

O percibía tantas dificultades que dejé de rebelarme contra ellas. Vaya usted a saber…

Aprender la paciencia es no rebelarse contra cada dificultad.-Henri Nouwen.
(Sacerdote católico muy espiritual él)

La cosa es que desarrollé el músculo de la paciencia y le saqué partido. Por que pasé de la primera acepción de la palabra, que la define como “Capacidad de sufrir y tolerar desgracias y adversidades o cosas molestas u ofensivas, con fortaleza, sin quejarse ni rebelarse” a la segunda: “Calma o tranquilidad para esperar”. Ya no toleraba adversidades de molestias, lo bueno de la paciencia es que empiezas a relativizarlo todo. Y claro, el relativismo te da una calma muy rica que casi llega al conformismo. Pero, yo, mientras esperaba, iba cocinando. Como cocinar un puchero a fuego lento. Tú no haces mucho (a lo más pones lavadoras o te estudias una carrera mientras) pero el cocido va haciéndose, la legumbre se va ablandando y las verduras van soltando su juguico. Que parece que todo está quieto, pero no, todo bulle, aunque sea despacio.

frases-paciencia

Y entonces llega ese momento. El guiso está listo y toca decidir si lo comes en el momento o sigues esperando. Las dos opciones son válidas, depende del estómago que tengas. Y decides. La decisión siempre es el final de un período de paciencia. Tomas una decisión y toda esa paciencia desaparece. No es que te metas en un torbellino de impulsividad. Sino que aparece la confianza.

La confianza es una cosa muy rica, casi más que una fabada. Es fácil confundirla con la paciencia por que los síntomas son los mismos: serenidad, calma, aceptación, tranquilidad. Pero hay un matiz en la mirada. Ya no hay anhelo. Ya no giras la cabeza rápidamente al primer síntoma de un final de ciclo. Miras al frente. Sonríes. Sabes que algo llegará. No sabes qué será. Ni siquiera espera que sea bueno. Por que ya no te creas muchas expectativas. Pero tienes un calorcito dentro de ti. Algo que te dice que sea lo que sea, estás lista. Que venga. Que meta la cuchara en tu plato estrella. Que tú puedes compartirlo o cocinarte otro si te lo roban. Todo está bien. De alguna manera ya no necesitas ser paciente, no hace falta esperar. Basta confiar. ¿En la vida? Puede. ¿En una misma? Seguro. Si he sido capaz de descubrir lo que oculta la paciencia, de moverme estando quieta, de disfrutar de una tensa espera creando una vida interior como quien crea un hogar, ¿qué puede amenazarme?

quotes-solitude-virginia-woolf-600x411

 

Ya no necesito que me salven he crecido
Cuando doy es porque así lo elijo
sin esperar nada a cambio
No deseo que me llenen los vacíos
Mis locuras y mis miedos se sientan en mi mesa 
y a veces lloran conmigo
He aprendido a estar sola
sin morirme de frío
Ya no espero halagos
no me hacen sucumbir tus reproches
no me crean culpa los vampiros
ni discentir con sobradoras voces
No le escapo a mi sombra
que a veces se muestra desquiciada
sé que es mi maestra
y me agudiza la mirada.
Sé lo que necesito, sé donde a veces caigo
puedo hacer lo que guste sin sentir que me delato
viajo liviana en la coherencia de sentir lo que pienso
y traducirlo en estas letras
Ya no me salgo de mi sendero
Me siento completa.

Alejandra Baldrich

 

Publicado en Emociones, Te cuento mi vida

Prima tristeza

Recuerdo la primera vez que leí en mi libro de Psicología de la Emoción que la tristeza y la ira tenían funciones adaptativas. Resulta que son emociones y como cualquier emoción la evolución nos las ha puesto ahí por algo.

También recuerdo algo muy curioso que me dijo un psicólogo para el que trabajé: no se puede estar triste y enfadada a la vez. Son emociones antagónicas. De esto no he encontrado mucha literatura, aunque lo tengo bastante comprobado en la práctica.

De lo otro si guardo algún apunte que ahora no encuentro y varios enlaces que sí se encuentran por internet. Por lo visto, la tristeza tiene una función social y otra más introspectiva. La función social es la de conseguir ayuda y consuelo. Es imposible no ser más amables con una persona que está triste, aunque la odiemos un poco o mucho. Una persona que está triste da pena y fomenta nuestra compasión. Y cuando estamos tristes también sentimos apatía, con lo que nos dejamos ayudar más fácilmente. Hay personas que nos acostumbramos a no dejarnos ayudar o no sabemos pedir ayuda y cuando llega la tristeza aprendemos algo nuevo. No sólo a pedir ayuda, sino también a aceptarla con alivio, a sentirnos vulnerables sin miedo. Reconozco que empiezo a acostumbrarme a que me cuiden, me abracen y a decir que no a planes porque sólo tengo ganas de llorar. Ser vulnerable me hace sentir más fuerte. No me siento menos capaz por estar triste, al contrario, siento que poder estar triste es un regalo.

VÍDEO: El poder de la vulnerabilidad

En la tristeza se da una bajada de la energía y nos volvemos hacia dentro. Analizamos todo, repasamos cada detalle, nos volvemos un poco locas y lloramos y miramos al suelo. Es la parte introspectiva, la que nos va a dar claves para superar la situación que ha causado la tristeza. También nos paraliza. Nos obliga a dormir, a no quitarnos el pijama, a hibernar un poco y a coger fuerzas. Mientras el resto del cuerpo para, el cerebro no descansa. Se aprecia un aumento de la actividad neurológica. Y es que cuando estamos tristes no paramos de darle vueltas a eso que ocurrió hace 10 años, a lo que no hicimos el año pasado, a lo que no tendremos en unos meses…

Cunningham considera que la tristeza tiene la función de fomentar el auto-examen constructivo y se valoran otros aspectos de la vida que antes de la pérdida no se les prestaba atención.

La atención se vuelve hacia dentro, ya no prestamos atención a cosas externas y estas pierden importancia. De hecho, cuando estoy triste estoy menos estresada, cosas que serían un problemón en otro momento de repente me la sudan bastante. También me ocurre que vuelvo mucho a mi adolescencia, a ese momento en el que la tristeza estaba guay. No me pilló el movimiento “emo”, pero casi. La tristeza entonces era poética, lírica, daba bien en cámara… Así que ahí estoy, volviendo a escribir poesía, rescatando libros adolescentes y comiendo galletas oreo. Y tiene su punto. En serio. Me quejo mucho de estar triste, pero es en este agujero donde algunas estrellas lucen más y los ruidos del exterior apenas llegan. Hay que saber llevarlo y cuesta, cuesta mucho, pero saber que sirve para algo y tener con quien reírte de ello, ayuda. Mucho.

sad-girl
Ilustración de SantaSuki