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Quería invitarte a comer

-¿No sales aún?

-No, hoy es viernes. Los viernes metemos una hora más.

-Quería invitarte a comer.

-Salgo a las dos.

-Yo entro a las tres.

-Otro día.

-Sí, otro día. Quizás.

-¿Quizás?

-Bueno, no sé si me volverá a apetecer. Esto ha sido un impulso.

-¿Apetecer? El qué, ¿verme o comer?

-Las dos cosas a la vez.

-O sea, ¿puede que no te vuelva a apetecer comer conmigo?

-Bueno, no te pongas así, nunca se sabe lo que puede pasar ni lo que sentiremos mañana.

-¿¡¿Cómo?!? Vamos, que mañana igual ya no te gusto, ¿no?

-O yo no te gusto a ti.

-Tú a mí cada me gustas más. O me gustaba. Ahora mismo me estás jodiendo un poco.

-¿Ves? Nunca se sabe lo que vamos a sentir

-¡No me toques los huevos! Vienes de sorpresa a invitarme a comer y cinco minutos después crees que voy a dejar de gustarte.

-¡Eh! Para el carro. No he dicho que vayas a dejar de gustarme, pero podría pasar. También se puede acabar el mundo. O me pueden atropellar. Es una actitud vital.

-¿Una actitud vital? No saber si te gusto o  no es una actitud vital. ¡Claro!

-Está claro que ni lo entiendes ni te gusta. Y si no te gusta cómo me tomo la vida la que no va a gustarte mañana soy yo. Y si mañana vas a pasar de mí, esta historia no tiene sentido. Suerte en la vida.

-¡Lo flipo!

invitarte-a-comer
Invitándome a comer en el restaurante vegetariano Artemisa en Madrid
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