Publicado en Emociones

Prima tristeza

Recuerdo la primera vez que leí en mi libro de Psicología de la Emoción que la tristeza y la ira tenían funciones adaptativas. Resulta que son emociones y como cualquier emoción la evolución nos las ha puesto ahí por algo.

También recuerdo algo muy curioso que me dijo un psicólogo para el que trabajé: no se puede estar triste y enfadada a la vez. Son emociones antagónicas. De esto no he encontrado mucha literatura, aunque lo tengo bastante comprobado en la práctica.

De lo otro si guardo algún apunte que ahora no encuentro y varios enlaces que sí se encuentran por internet. Por lo visto, la tristeza tiene una función social y otra más introspectiva. La función social es la de conseguir ayuda y consuelo. Es imposible no ser más amables con una persona que está triste, aunque la odiemos un poco o mucho. Una persona que está triste da pena y fomenta nuestra compasión. Y cuando estamos tristes también sentimos apatía, con lo que nos dejamos ayudar más fácilmente. Hay personas que nos acostumbramos a no dejarnos ayudar o no sabemos pedir ayuda y cuando llega la tristeza aprendemos algo nuevo. No sólo a pedir ayuda, sino también a aceptarla con alivio, a sentirnos vulnerables sin miedo. Reconozco que empiezo a acostumbrarme a que me cuiden, me abracen y a decir que no a planes porque sólo tengo ganas de llorar. Ser vulnerable me hace sentir más fuerte. No me siento menos capaz por estar triste, al contrario, siento que poder estar triste es un regalo.

VÍDEO: El poder de la vulnerabilidad

En la tristeza se da una bajada de la energía y nos volvemos hacia dentro. Analizamos todo, repasamos cada detalle, nos volvemos un poco locas y lloramos y miramos al suelo. Es la parte introspectiva, la que nos va a dar claves para superar la situación que ha causado la tristeza. También nos paraliza. Nos obliga a dormir, a no quitarnos el pijama, a hibernar un poco y a coger fuerzas. Mientras el resto del cuerpo para, el cerebro no descansa. Se aprecia un aumento de la actividad neurológica. Y es que cuando estamos tristes no paramos de darle vueltas a eso que ocurrió hace 10 años, a lo que no hicimos el año pasado, a lo que no tendremos en unos meses…

Cunningham considera que la tristeza tiene la función de fomentar el auto-examen constructivo y se valoran otros aspectos de la vida que antes de la pérdida no se les prestaba atención.

La atención se vuelve hacia dentro, ya no prestamos atención a cosas externas y estas pierden importancia. De hecho, cuando estoy triste estoy menos estresada, cosas que serían un problemón en otro problema de repente me la sudan bastante. También me ocurre que vuelvo mucho a mi adolescencia, a ese momento en el que la tristeza estaba guay. No me pilló el movimiento “emo”, pero casi. La tristeza entonces era poética, lírica, daba bien en cámara… Así que ahí estoy, volviendo a escribir poesía, rescatando libros adolescentes y comiendo galletas oreo. Y tiene su punto. En serio. Me quejo mucho de estar triste, pero es en este agujero donde algunas estrellas lucen más y los ruidos del exterior apenas llegan. Hay que saber llevarlo y cuesta, cuesta mucho, pero saber que sirve para algo y tener con quien reírte de ello, ayuda. Mucho.

sad-girl
Ilustración de SantaSuki

 

 

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